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Los puntos cardinales

La encrucijada egipcia tras su “annus mursibilis”

Julio 2, 2013

Ha transcurrido un año desde que el mundo se acostumbró a que un barbudo de rostro amable se convirtiese en el primer presidente islamista del Egipto republicano, lo que a la postre se traducía en el resultado de la revuelta en el país más importante del mundo árabe. Mohamed Mursi ofrecía una imagen distinta para contrarrestar el temor que sus Hermanos Musulmanes generaban en las cancillerías occidentales. Porque, de acuerdo, Hosni Mubarak era un sátrapa, un dictador, pero incapacitado para poner en marcha cualquier aventura visionaria al estar tutelado por Occidente y sujeto a las generosas aportaciones de sus amigos americanos. El ejército, con las competencias absolutas que heredó desde el naserismo, era el garante de la estabilidad. De hecho, la hermandad musulmana pasó a ser un foco proscrito desde mediada la década de los cincuenta y directamente un grupo de apestados tras el asesinato de Anuar El Sadat en Octubre de 1981 durante una parada militar.

Así que los ojos del mundo se fijaban en lo que Mursi fuese capaz de hacer tras el derrocamiento de Mubarak y el renacimiento de ese nuevo Egipto. Sin embargo, los Hermanos Musulmanes han demostrado un ansia desmesurada de acumulación de poder, la bolsa de valores ha tocado suelo y tampoco se vislumbra ningún horizonte de recuperación económica. Para colmo, en las calles la división social es cada vez más alarmante y polarizada, agrupando en dos extremos fenómenos variopintos. En el lado de la contestación civil contra el sistema se registra una extraña amalgama de laicos, profesionales de la justicia, mujeres o estudiantes, el sector más joven del país y con las expectativas más oscuras. En el otro, el islamista, se aglutinan todos los sectores de “barbudos” conocidos, algunos incluso contrarios al actual Gobierno, al que acusan de blando o demasiado poco ortodoxo respecto de la aplicación estricta de la sharia, la ley islámica.

Se agotan los plazos

Ayer concluyó el plazo dado por el movimiento Rebelión para que Mohamed Mursi abandone el poder y permita que el proceso político acabe desembocando en unas elecciones presidenciales abiertas a todos los sectores de la población y perfectamente homologables. Se espera, además, que ese proceso sea encabezado transitoriamente por alguna figura destacada y con experiencia. Los militares, por su parte, dan por vencido el plazo a las cinco de la tarde de hoy. Se sienten la verdadera conciencia de Egipto y exigen al Gobierno que escuche y respete las exigencias de los ciudadanos que han tomado las calles en número superior incluso al movimiento que hace más de dos ocupó la Plaza de Tahrir y acabó con la era Mubarak. Los uniformados avisan con poner en marcha su propia hoja de ruta y los mecanismos oportunos para vigilar que se cumplan los plazos y los objetivos. El ejército asume el poder de garante de la estabilidad que ya tuvo desde los años posteriores al derrocamiento de la monarquía y, sin necesidad de asonadas, pone sobre la mesa un golpe de estado en toda regla. El problema es que, para los Hermanos Musulmanes, la imagen de los oficiales de las fuerzas armadas es la de espectros aterradores a los que hay que exorcizar por todos los medios, incluida la violencia. Egipto ha perdido, pues, un año valiosísimo en un experimento que, por lo menos, y dada la importancia del país, debería servir de lección.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.