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El mayordomo

La elegancia, nuestra mejor tarjeta de visita

Noviembre 21, 2009

Siempre se ha dicho que el hábito no hace al monje y no seré yo quien mantenga lo contrario. No obstante, un cuidado aspecto puede decir mucho de quien se ha tomado la molestia de que su presencia refinada le distinga.

Hoy en día el despreocupado e incluso a veces abandonado aspecto de las grandes fortunas mundiales hace preguntarse quienes son los señores que verdaderamente triunfan en el mundo empresarial o financiero. Esto no mucho tiempo atrás era prácticamente impensable.

Este hecho es particularmente notorio en los caballeros cuyas fortunas se han amasado en muy poco tiempo o en aquellos otros que no la han sabido asimilar por no haber crecido en un ambiente donde el dinero fuera la menor de las preocupaciones de su hogar.

Un claro ejemplo de todo esto es Francisco Hernando quien de vaciar alcantarillas pasó a ser el propietario de una de las mayores fortunas del país y hasta no mucho tiempo atrás podía presumir de contar con una flota de aviones privados y con uno de los yates más grandes de España.

Pues a pesar de su radical cambio de status social, de albergar en su guardarropa prendas de la exclusivísima casa Italiana Loro Piana y de contar con el mismo sastre que el Príncipe Felipe o Enrique Ponce, su falta de gusto siempre le impedirá poder ser clasificado como una persona elegante.

Otro buen ejemplo es Amancio Ortega, una de las personas más ricas del mundo, quien hace un año hizo de guía a los Príncipes de Asturias por la fábrica de Inditex de Coruña y no tuvo ni la deferencia hacia sus invitados de vestir, como hacían todos ellos, de corbata.

Si bien el dicho popular de que el hábito no hace al monje es una realidad no lo es menos el que afirma que bienaventurado el que tiene talento y dinero, porque empleará bien este último. Y el talento qué duda cabe que muchas veces puede ser sustituido por elegancia.

A pesar de poder enumerar muchos ejemplos similares a los anteriores también debemos reconocer que esto cambia cuando acudimos a las familias de toda la vida quienes si bien se caracterizan por contar con una posición económica acomodada, en absoluto se acercan a las anteriormente nombradas.

La primera imagen que se llevará nuestro interlocutor de nosotros le vendrá dada por nuestro atuendo. Según pasen los minutos nuestra imagen irá cambiando en la retina de quien comparta su tiempo con nosotros. De ahí que siempre resulte más fácil afianzar en él una buena imagen de nuestra persona si esa primera impresión fue positiva.

Si bien es importante nuestra vestimenta, donde se debe poner mayor esmero es en el aseo de la propia persona y esto, no es cuestión de dinero; todo el mundo puede y debe hacerlo. Uñas sucias o mal cortadas, el cabello en desorden, etc., no solo no molestan a la vista sino que además destruyen el buen efecto que un buen traje haya podido producir.

Como ya hemos apuntado en otras ocasiones, la elegancia es sencillez. No es necesario gastar grandes cantidades de dinero en nuestro vestuario. Debemos por el contrario hacerlo con sumo gusto y guardar un mínimo de maneras. Se debe evitar por ejemplo, el nudo de la corbata caído, el botón del cuello de la camisa abierto, desprenderse de la chaqueta durante las reuniones o en los restaurantes, llevar ropa mal planchada, los puños de la camisa rozados etc.

Pensemos por un momento en el Mario Conde de los años 80 y 90. Seguramente la mayoría de los españoles nunca intercambiaron ni una palabra con él pero la imagen que la gran mayoría de ellos de él tenían era la de un hombre tremendamente exitoso en los negocios y perteneciente a los círculos sociales más exclusivos.

Si nunca habían hablado con él y Mario Conde no era el único banquero exitoso por aquel entonces ¿por qué asociaban a él más que a ninguna otra su persona al mayor éxito?. Pues sencillamente porque lo que veían en él no era otra cosa que una indumentaria perfectamente cuidada, de corte exquisito y fabulosamente bien combinada.

La importancia de la primera impresión

En un estudio, Michael Sunnafrank y Artemio Ramírez, de la Universidad de Minnesota, analizaron el comportamiento de 164 jóvenes que no se conocían entre sí. Después de reunirlos en parejas, los dejaron conversar durante tres, seis o diez minutos, y a continuación les pidieron que rellenaran un cuestionario. El objetivo era estimar la relación que cada uno de ellos estaría dispuesto a llevar con el otro, sabiendo que coincidiría con él, o ella, cuatro veces por semana.

Dos meses después, el 95% de los jóvenes acabaron desarrollando con el otro la relación que habían previsto tras la breve conversación inicial. Además, cuanto más positiva era la primera impresión, más aumentaba la proximidad alcanzada con el compañero o compañera del experimento. Y el mismo fenómeno se producía en sentido inverso, en todos los casos.

Así que, Sunnafrank y Ramírez concluyeron su investigación constatando el hecho de que una gran mayoría de jóvenes pudo determinar a primera vista cuál sería la calidad de las relaciones con la otra persona, lo que ratifica la validez de la primera impresión como instrumento de regulación de las relaciones interpersonales.

Hay muchos más ejemplos que demuestran que el ir bien vestido abre mucha puertas. En breve empezará la época de compras Navideñas y con ella muchos caballeros visitarán las boutiques de moda o las principales joyerías de las calles más céntricas de las grandes ciudades. Con total seguridad el vigilante jurado nos abrirá la puerta con una mayor sonrisa si nuestra indumentaria es elegante y consecuentemente podemos ser un cliente potencial del establecimiento.

Y esto ocurre en toda clase de ámbitos. A pesar de que nosotros seamos los mismos, seguramente si acudimos a la discoteca de moda un viernes en jeans, camiseta y con zapatillas de deporte no nos dejaran pasar. Sin embargo, si al día siguiente lo hacemos con una blazer cruzada, una camisa a rayas, unos chinos y unos mocasines de Gucci seguramente la respuesta que encontremos por parte de la puerta será bien diferente.

Que la elegancia es nuestra tarjeta de visita es una afirmación sobre la que se podrá estar o no de acuerdo pero lo que nadie podrá negar es que hoy en día esto es una realidad. Ir elegantemente vestido lleva implícito una serie de presunciones como éxito, dinero, gusto y posición social.

Es por todo ello por lo que el primer impacto es el que más cuenta. Si consigues impresionar la primera vez, conseguirás que se interesen por ti. Piensa muy bien como presentarte ante tu entorno porque la imagen que cree tu vestimenta te acompañará hasta que las circunstancias demuestren lo contrario.

Si tenemos ocasión de estar en una reunión de trabajo con diferentes personas que son desconocidas para nosotros observaremos que al comienzo de la reunión, y de forma implícita, se presta más atención a aquel caballero que destaca con su indumentaria sobre el resto. El motivo no parece ser otro que si esa persona viste un elegante traje y una camisa perfectamente elegida y bien combinada y que destaca visiblemente sobre la vestimenta del resto de los participantes, intrínsecamente pensaremos que esa es la persona con mayor estatus en la mesa de negociación.

Si bien es cierto que es más fácil vestir bien cuando el dinero no es quien dicta a qué tiendas o a qué sastres podemos acudir, más exacto es todavía que solo la cuna, el gusto o el conocimiento sobre las pautas básicas de la indumentaria masculina son las verdaderas responsables de que nuestro aspecto rezume elegancia y estilo.

Según otro estudio llevado a cabo por Frank Bernieri, jefe del departamento de Psicología de la Universidad de Oregón, “hoy parece pesar más el cómo que el qué. Y no pueden ni imaginarse el impacto que tiene la vestimenta en la primera impresión”. Dicho estudio asegura también que borrar esa primera impresión resulta luego muy costoso.

En definitiva, una buena presencia solo puede ayudar a establecer una opinión favorable hacia nuestra persona de todo nuestro entorno.

Jeeves
elmayordomo@extraconfidencial.com