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A renglón seguido

La discordia del Concordia

Enero 27, 2013

Se ha cumplido este mes de Enero el primer aniversario -y al paso que van “lo que te rondaré morena”-, del accidente de un barco-crucero en las costas del mar Tirreno. Su nombre es Costa Concordia, aunque desde un principio más bien fue, y sigue siendo, una ácida manzana; pero de la discordia a la vista de la investigación que debería aclarar, como el agua marina, y de forma transparente, como aguamarina, los hechos que desembocaron, no en la boca de algún puerto, sino en el encallamiento de la nave de recreo en una escollera de la isla de Giglio con el resultado final de treinta fallecidos.

Cabe recordar que, al parecer, el desenlace tuvo lugar al efectuar el capitán una audaz maniobra de aproximación a la costa, con el único fin de divertir al pasaje propio y al paisanaje ajeno de tierra; el resultado, un alto inesperado de cabotaje continental en la singladura, con zozobra de la pericia del más alto oficial y de la embarcación.

Un barco cadáver

Si Valle Inclán recuperara su salud de antaño, tiraría de la esperpéntica realidad de la oploteca del refranero como posible ampliación de su obra, al observar cómo se cumplió a “raja tabla”, que “más vale ser cabeza de ratón, que cola de león”; especialmente por la actitud del gerifalte del buque que “se dio el bote”. Se sabe; las ratas son las primeras en abandonar el barco, y él lo hizo a la cabeza -sin esperar a la cola-, que como todo el mundo sabe, al salir de estampida, es la que primero cruza la meta en tierra firme.

El “cadáver” se encuentra en la actualidad escorado por estribor -¡por “babor”, que alguien lo remolque!- en ángulo de 45 grados, fruto del agua que inunda su vientre, descansando como si sesteara medio sumergido sobre  las  rocas costeñas  con  medio cuerpo al aire. El impacto visual que

 
 

ofrece,  recuerda  al de la estatua de La Libertad semienterrada en la arena del film El Planeta de los Simios.  

Patrimonio acuático de la humanidad

Al paso que vamos, el inmenso hotel flotante será declarado patrimonio acuático de la humanidad, dado que, aunque no goce de vida propia, sí se la procura en régimen de pensión completa a los escamados ocupas que han decidido instalarse en sus bodegas y habitaciones, disponiendo, sin salir de casa, de incursiones gratuitas por el medio marino, tan buscado por sus anteriores  huéspedes a pulmón, pero mediante precio.

Al hilo de lo expuesto, esperaremos llegar al ovillo de la verdad; no solo de la peripecia italiana, sino de la del Prestige después de diez años; ya saben, el petrolero que daba carrete hacia la superficie de la costa gallega a unos marianistas “hilillos de plastilina”; no dieron puntada sin hilo al aflorar a la superficie, acabando por devastar, como una bobina sin fin, la lana del litoral cantábrico, generando una creciente madeja de responsables aún no señalados por la tricotosa judicial, incapaz de tejer una sentencia.

Paco de Domingo