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Rope-a-dope

La corea de Corea

Septiembre 8, 2017
kim jong un

La palabra corea proviene del latín ‘chorea’ que significa ‘danza en coro’. A día de hoy, es utilizada en medicina para referirse a la enfermedad crónica o aguda del sistema nervioso central, que ataca principalmente a los niños y se manifiesta por movimientos desordenados, involuntarios, bruscos, de amplitud desmesurada, que afectan a los miembros y a la cabeza y en los casos graves a todo el cuerpo. De este estudio etimológico se extrae que la República Popular Democrática de Corea (RPDC) -conocida también como Corea del Norte o Norcorea– tenga su nombre basado en una evidencia científica, porque Corea del Norte también es una enfermedad crónica o aguda, pero en este caso del sistema mundial. Una infección que ataca principalmente a cualquier población ajena a la propia y se manifiesta por movimientos desordenados, voluntarios, bruscos, de amplitud desmesurada, que afectan a los miembros de las comunidades que pueblan la Tierra y en los casos graves a los principales líderes de las potencias que dominan el orbe, buscando una confrontación directa que se justifica a través de la búsqueda de la seguridad nacional. Porque esa es otra paradoja. Norcorea ni es segura, ni es popular, ni es democrática.

Las imágenes del funeral del Querido Líder, Kim Jong Il, en 2011 todavía retumban en las paredes internas de la idiosincrasia occidental. 40 quilómetros de norcoreanos gimiendo un valle de lágrimas bajo una intensa nieve. Una mezcla histriónica de histeria, agonía y esclavitud para despedir por siempre a otro experimento fallido del comunismo estalinista que tras su estela solo deja muertes, campos de concentración, opresión y armas nucleares de destrucción masiva. Una celebración póstuma concurrida por una gran masa obligada a asistir al cortejo fúnebre entre la que se encontraban miles de militares condecorados hasta los topes llorando amargamente el deceso del creador de la filosofía juche.

Pero la controversia de Corea del Norte no está de estreno. Todo parece haber comenzado como una consecuencia más de la ignominiosa Segunda Guerra Mundial cuando el paralelo 38 dividió a la península de Corea en Norte, ocupado por tropas soviéticas, y Sur, tomado por bastiones rusos. No cabe duda de que el eco del ruido producido en 1948 se ha perturbado de forma maquiavélica en Corea.

Entre 1950 y 1953 las dos Coreas se enfrentaron encarnizadamente por defender sus terrenos, la del Norte por anexionar a la del Sur, la del Sur por mantener su autonomía intacta. Corea del Sur fue apoyada por Estados Unidos y la ONU, por lo que de ahí se puede colegir el odio enquistado en lo más hondo del corazón norcoreano hacia la tierra del tío Sam. Sin embargo, Norcorea fue apoyada por la República Popular China y por la Unión Soviética, otras dos naciones que hoy figuran en la lista de enemigos de Kim Jong Un. Aplicar la lógica bélica cuando se habla de Pyongyang, carece de sentido.

Hoy, 67 años después del inicio de esta afrenta Corea del Norte sigue siendo ejemplo de supremacismo: de vanagloria de lo propio por encima de lo ajeno. Japón (quizás por la ocupación de la península desde 1910), China, Rusia y sobre todo, Estados Unidos, parecen ser la némesis de Norcorea. Las continuas amenazas que la “poderosa y próspera gran nación” esgrimen sobre Washington son tomadas a mofa o burla, creyendo que el nuevo inquilino del liderazgo supremo jamás será capaz de accionar el botón que envía la munición a suelo comanche. Sin embargo, las últimas performances del conductor del late night show coreano y sus preocupantes delirios de grandeza llevan a analizar desde una perspectiva más severa sus amonestaciones blandidas.

Resulta cabalístico, que no cabal, el lanzamiento de un misil balístico sobre Japón, sabiendo las desavenencias existentes entre ambos territorios, que acabó por tocar mar a escasos kilómetros de la isla de Hokkaido. Ídem ocurre con la exhibición de poderío realizada por Norcorea cinco días después cuando realizaron una prueba con una bomba de hidrógeno termonuclear de 100 kilotones, equivalente a 100.000 toneladas de TNT y con una potencia mayor que la bomba nuclear arrojada por Estados Unidos sobre Hiroshima. Una bomba capaz de hacer desaparecer el 33% de la población de Madrid en apenas segundos.

La política que subyace a todas estas guerras es el odio y el fascisimo: una población despojada de consumibles tan ordinarios como internet, música o películas extranjeras, sin libertades, con códigos de vestimenta y peinados estipulados, una educación centrada en el antiimperialismo y  una sociedad enormemente militarizada donde no existe la propiedad privada. ¿Qué se puede esperar de una nación que castiga despiadadamente a aquel individuo y a toda su familia de 3 generaciones por darle la espalda a los monumentos que honran la memoria de la saga de los Kim? La religión de Norcorea no es otra que la de sus dictadores -el líder eterno Kim Il Sung, el amado líder Kim Yong Il y el líder supremo, Kim Jong Un-, encarnados en una suerte de Santísima Trinidad en Padre, Hijo y Espíritu Santo. La interpretación extremista de la divinidad otra vez puesta en escena a modo de terrorismo de Estado.

La locura que reina en los imperios del sol naciente se puede resumir en un simple calambur polisémico. El líder de Corea tiene una corea que todo el mundo corea. Hasta que acierte con el objetivo.

Jesús Prieto