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Mi Tribuna

La chorrada de las esteladas

Mayo 23, 2016
esteladas

Si el objetivo era encender una caldera, sin duda se ha conseguido. Esta historia de las esteladas que mezcla política con deporte ha vuelto a poner de manifiesto la  enorme torpeza a la hora de plantear una determinación concreta sobre un asunto que no puede tomarse a la carrera. Partiendo de que estoy de acuerdo en el fondo del respeto hacia los símbolos que, precisamente, no hacen ni alientan las autoridades catalanas, es tremendamente absurdo forzar una decisión en la semana previa a un acontecimiento deportivo donde una hinchada concreta, la del Barcelona, mayoritariamente va a exhibir las esteladas porque en los últimos años el Barça se ha convertido en un vehículo más para fomentar el independentismo.

Hace semanas que se conocían los finalistas de la final de la Copa del Rey. Es decir, la clasificación del Barcelona no era de ayer pero sí las urgencias de la Delegación del Gobierno para proponer una prohibición que después ha tumbado un fallo judicial casi en la víspera del partido.

Falta de respeto

Hay demasiados precedentes de falta de respeto hacia el himno español y la bandera nacional. Es cierto. La anterior final de Copa fue un triste ejemplo. Pero quienes estamos en el bando de la racionalidad no podemos jugar las mismas bazas de aquellos que atentan contra esa normalidad. Quiero decir, que ellos prohíben y cuando digo ellos me refiero a esa clase política catalana que ha hecho de las restricciones su particular bandera en contra de todo lo que suponga la convivencia de lo español con lo catalán, como debería ser. Choca, por tanto, que la alcaldesa de Barcelona o ese presidente de la Generalitat surgido de un rebote negociador, anunciaran su ausencia en el palco del Vicente Calderón porque se prohibían las esteladas, al fin y al cabo una bandera no reconocida, y tengan un burdo comportamiento con todo lo español en su territorio. Ejemplos, y recientes, tenemos para avergonzar a unos personajes que presumen de la confrontación o el boicot y no hacen nada para proteger a los que no piensan como ellos; no lo hacen porque son precisamente los que más alimentan esa continua operación de acoso y derribo.

Lo de prohibir las esteladas en la final era un chorrada como un piano, con perdón. Además de difícil de controlar, suponía provocar una rebelión absurda que no tenía mucho sentido. Las esteladas forman parte del decorado que utilizan los antiespañoles desde Cataluña y si no podían meterlas en el estadio las exhibirían fuera con convocatoria incluida para convertir esa restricción en un espectáculo mediático. Como el protagonizado por la alcaldesa Colau y el presidente Puigdemont que, lejos de mantener una actitud institucional acorde con los cargos que representan, se unen a la colla macarra de la rebelión popular. Sencillamente, lamentable.

Una situación sin remedio

Lo peor es que no se aprecia remedio alguno. La deriva de la confrontación permanente se ha convertido en un excelente negocio para algunos, aunque les importe poco o nada las consecuencias políticas que pueda tener. Por eso, cualquier excusa es válida para mantener el fuego encendido y si, además, desde Madrid pretenden atentar contra la utilización de las esteladas, han conseguido el mayor de sus propósitos.

En este caso, el fútbol ha vuelto a ser el vehículo de la exhibición política que pretende escenificar las diferencias entre España y Cataluña. Por mucho que el presidente Bertomeu haya pretendido adoptar un papel más equilibrado, al final acaba engullido por la maquinaria independentista que no puede soportar la universalidad del Barcelona y se convierte en uno más de la banda.

La diferencia está en que no hace mucho, a Felipe VI le vitorearon en una final de la Copa del Rey de rugby celebrada en Valladolid. En este caso no se trata de aplaudir, sino de respetar. En Madrid, medio estadio se sentía protagonista de una ofensa y como el escenario era ideal para demostrarlo, pues eso.

Félix-Ángel Carreras Álvarez

@fcarreras68