Menú Portada
Los puntos cardinales

La campaña rusa se calienta con Bonaparte y el “Putincidio”

Febrero 28, 2012

Dos hombres muy poderosos se ven obligados este año a pasar una dura prueba. En esta ocasión no serán ni la caballería ni el “General Invierno” los que vayan a decidir el curso de la historia. Serán, como por otra parte debe ser, los ciudadanos. Se van a cumplir dos siglos de la gran aventura de Napoleón, cuando se lanzó a conquistar las estepas rusas, aunque la derrota sufrida acabó con su carrera en la Isla de Elba. Ahora, en 2012, el líder francés, Nicolas Sarkozy, al que algunas caricaturas representan como “Le Pétit Napoleón”, no está a merced ni del frío ni de las llamas de Moscú porque son las encuestas las que abren fuego a discreción contra él.

Por parte rusa ocurre algo distinto. Vladimir Putin no escatima esfuerzos para lograr ocupar por tercera vez el despacho mejor amueblado de la Plaza Roja, siempre que sus compatriotas le den los apoyos suficientes el próximo domingo. Los rusos juegan con el antecedente de las Legislativas de diciembre pasado, cubiertas por la negra sombra de la duda, o sea, de las irregularidades. Ese hecho no se le escapa a Putin, como tampoco que desde finales de 2011 decenas de miles de moscovitas se hayan echado a las calles de la capital en un claro e inédito desafío al sistema.

El aspirante a ocupar de nuevo el Kremlin lo sabe, y por ello intenta contrarrestarlo con multitudinarios actos de campaña en los que el mensaje del candidato pone los pelos de punta. Es, por resumirlo de algún modo, la recuperación del discurso de la Guerra Fría, aunque con asistentes ataviados con trajes de la época zarista. Exhibición de orgullo nacional, en suma. En este punto me gustaría establecer una comparación, aunque salvando todas las distancias. En Rusia la gente al menos sabe que existe un modelo de proceso electoral que, al final, y con todas las reticencias, acaba siendo dado por bueno en Occidente.

Buscar el enemigo fuera

En Siria, cualquier imagen de urnas se disipa en una mezcla de sangre y de farsa. Aquí es donde les invito a pensar en las soflamas de los dos amigos, Putin y El Assad. Porque, cuando ambos saben que se enfrentan a un rechazo creciente de sus ciudadanos, se aferran a lo primero que tienen a mano, el riesgo de la amenaza exterior. O sea; las cosas van mal porque los problemas vienen de fuera.

Por eso no es casual que en el último mitin en el que logró reunir a más cien mil asistentes en el estadio Luzhniki, el mismo en el que los jugadores del Real Madrid conocieron el umbral de la congelación, Vladimir Putin optase precisamente por el recuerdo al coraje de los rusos para hacer frente al poder de las tropas de Bonaparte hace dos siglos. Malo es cuando un líder político se ve obligado a fundamentar sus argumentos electorales en las páginas más sobresalientes de la historia, sin ofrecer un programa para el futuro sustentado en datos.

El por ahora penúltimo ingrediente en esta nueva carrera hacia el Kremlin ha sido la información suministrada por los medios oficiales rusos, según la cual dos personas contratadas por un grupo rebelde checheno fueron detenidas en el puerto ucraniano de Odessa, preparadas al parece para atentar contra Putin en cualquier momento a partir de la jornada electoral del próximo domingo. Estaríamos, por tanto, ante un magnicidio frustrado. No obstante, para diferentes analistas de Moscú cada día que se acerca la jornada electoral aumentan las sospechas de que Vladimir Putin se ha visto obligado a aceptar que, a falta de apoyo mayoritario real, incluso la conmiseración resulta útil, aunque sea fruto de un guión de teleserie. 

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.