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Mi Tribuna

La bandera de Pedro Sánchez es la del interés a corto plazo

Junio 28, 2015

A vueltas con la bandera, parece que lucir la enseña nacional es como un delito en este país salvo cuando el fútbol nos une y desata tantas pasiones que no vemos más color que los goles envueltos en rojo y gualda. Pero desde la exhibición de Pedro Sánchez se ha desatado un intenso debate sobre la utilización de nuestros símbolos. Intenso y estúpido. La bandera es de todos, pero estamos tan acostumbrados a sus vejaciones que convertimos algo normal en absurdamente extraordinario


El líder del PSOE acertó plenamente con esa puesta en escena. Siempre que aludimos a la bandera miramos hacia Estados Unidos donde las barras y estrellas son sagradas. Cualquier político, de cualquier condición, presume de ella; se enorgullece con ella. Cualquier ciudadano la venera y respeta. Las casas ondean de manera permanente esa bandera que es símbolo de unión de un país tan diverso como el norteamericano. Aquí no. En España presumir de bandera es atribuirte una especie de condición facha que, todavía hoy, suena a retrógrado.

Es lo que tenemos: políticos que no la reconocen, que desconocen su historia, que la retiran de los edificios públicos e incluso consienten actos donde se quema. Y lo peor, nunca pasa nada. No hace mucho hemos vivido un episodio concreto de ataque a otro emblema nacional como es el himno, donde por supuesto, en Estados Unidos nadie se plantea abuchear por una simple cuestión de cultura de país, al margen de considerarte Demócrata o Republicano.

Algo inusual

Pedro Sánchez acercó su proyecto hacia una visión nacional que es lógica en un Partido Socialista Obrero Español. Es su bandera, tan legítima en su opción política como en el PP, IU, Ciudadanos o Podemos. Fue un gran gesto que, por inusual, ha desatado una tormenta de reacciones interminables. Esa es la cuestión. Que fuera algo inusual en los socialistas.

Pero a ese gran gesto le falta una importante coherencia, que es por donde se encauzaron las principales críticas. Sánchez ha jugado en las últimas semanas un papel de trilero en busca de pactos o alianzas imposibles que ha conseguido transformar en posibles a corto plazo. ¿Dónde está su límite? Está en entenderse con aquellos que desprecian la bandera, que no la reconocen y cuestionan su legitimidad. Está en buscar un rendimiento político a cualquier precio frente a posturas contrarias a aceptar los puntos en común de una nación. Con los que juegan al fútbol exhibiendo camisetas republicanas. Simplemente, son anti españoles.

Política fraccionada en función de sus intereses

Es entonces cuando aparece una disyuntiva difícil de encajar en la legítima utilización de la bandera en un acto público del PSOE. Si Sánchez cree en ese emblema que copó el escenario del circo Price, no debe renunciar a ella cuando se trata de hacer política. La política también es de todos, no se puede fraccionar en pedazos interesados para buscar un rédito a corto plazo. 

Sería interesante escuchar a Pedro Sánchez decir que su bandera no fue una pose para la galería. Que cree en un proyecto nacional sin divisiones y que sus aliados deben respetar esos símbolos por encima de ideologías. Pero lo tendremos difícil; prevalecen otras prioridades que ahora, a las puertas de unas elecciones generales y con el ambiente caldeado, se imponen por encima de lo que debería ser aplicar la normalidad. Por eso, el paso adelante que pareció dar su partido en la escenificación de Sánchez como candidato a La Moncloa se ha vuelto en su contra con un torrente de críticas basadas en mirar alrededor y preguntarse el porqué de un gesto, el para qué ese gesto si luego se mira hacia otro. Es lo que tiene hacer política con la nariz tapada.

Félix Ángel Carreras
Director de Tribuna Valladolid