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Otras opiniones

La abandoné por otra

Octubre 13, 2010

Lloré desconsoladamente. Por mis mejillas rodaron lágrimas y lágrimas. Lloré amargamente. De repente, pensé que había enloquecido. Pero no. Me di cuenta de todo aquello que dejaba atrás. Muchos años de sentimientos, broncas, sexo, amor, desamor, tensiones, felicidad. En definitiva, gran parte de mis primeros años en Madrid. Cuando pensaba en abandonarla jamás imaginé que me apesadumbraría tanto. No creí que fuera tan importante para mí. Quizás porque para mí no tenía excesivo valor tenerla en el centro y en un gran barrio. A veces era fría, a veces excesivamente cálida, pero cuando me refugiaba en ella sentía que estaba protegido, seguro, en mi territorio.
A todos mis amigos les gustaba. Se sentían cómodos. Pero era muy costosa. Excesivamente costosa, quizás. A veces, incluso, no me gustaba. Me agobiaba la idea de permanecer con ella toda mi vida. Ahora me he dado cuenta de que es una tontería. Es curioso, pero lo que en el momento me escamaba y me producía rechazo, el día de mi despedida me resultaba agradable y hasta apetecible. Ironías del destino. La dejé porque quise. Quería cambiarla. Pintar un futuro con otra.
Transformarla en una más pequeña y apacible. Hasta que lo conseguí. Ahora, mientras recuerdo los mejores momentos vividos, dejo que mis sentimientos afloren. Sí, era mi casa. Esa, que a pesar del paso del tiempo, siempre será mi casa. Pese a quien le pese. Y viva allí quien viva. Y eso que, el otro día, una de mis mejores amigas con la que reflexionaba sobre estos mismos pensamientos me dijo que las casas sólo deberían ser bienes materiales. ¡Ay!

Saúl Ortiz es periodista y novelista