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Otras opiniones

Jueces que ven televisión: Belén Esteban y Rouco Varela no son lo mismo

Abril 9, 2012

Los abogados que, de forma habitual, nos ocupamos de asuntos relacionados con los derechos fundamentales al honor y a la intimidad -asistiendo profesionalmente a personajes públicos más o menos populares-, nos hemos encontrado, una y otra vez, con la dichosa frase. Un Juez que -mirando seriamente tanto al compañero de la adversa como a este que suscribe-, nos dispara, a bocajarro, un riguroso “les advierto que yo no conozco a sus clientes… les advierto que yo no veo la televisión”. Es entonces cuando sabemos que el pleito va a ser trabajoso. Es entonces cuando somos conscientes -con la tremenda certeza de los que saben, de verdad, de lo que hablan-, del hecho de que el proceso vaya a complicarse más de lo normal. Sobre todo si defiendes al demandado: al que ha expresado las frases concretas que se analizan en el juicio. Es decir… al malo.

La razón es muy simple. Los honestos y probos ciudadanos -y los otros también-, que ven la televisión saben, como dato público, notorio, manifiesto e incontestable, que no es igual lanzarle un improperio a alguien en el programa Redes que en el Sálvame Diario o en el Sálvame Deluxe… Que no es igual pelearse a muerte, y sin cuartel, por la mañana en Ana Rosa que por la noche en el programa de Cine Español de Cayetana Guillén. Cosas del contexto.

Belén Esteban, Rouco Varela… no es lo mismo

El contexto y su importancia esencial en esta clase de procesos. Dónde se dice algo y quién lo dice. Porque no es igual ser sometido a las filípicas, por ejemplo, de una Belén Esteban o de una Paqui la Coles a serlo -pongo por caso y por nombrar a gente especialmente simpática y querida-, de un Monseñor Rouco Varela o de una Fátima Báñez.

Esa importantísima combinación entre las expresiones proferidas, las personas que las expresan y el lugar y ocasión en las que se profieren marca la diferencia. Todos esos datos deben ser adecuadamente valorados por el Juez que tenga que conocer de la bronca televisiva en cuestión, y resolver en consecuencia. Analizar el caso concreto en función del contexto -y valorando todas las circunstancias concurrentes-, es una exigencia legal de esta clase de procedimientos.

Esta es la razón por la cual tememos la frase de marras. Porque no ver la televisión significa que el Juez no sabe cuál es el tono general de esa clase de programas o cuál es el exacto perfil del personaje popular que estamos defendiendo. En consonancia con ello, tenderá a uniformizar la intensidad de un eventual insulto. Valorará las cosas que se han dicho atendiendo -por lo general-, al sentido gramatical exacto de las palabras. Sin mayores esfuerzos.

Y le será plenamente indiferente si estas expresiones se han dicho en mitad de una trifulca en Sálvame, oen medio de la virulencia propia de un debate político o viniendo referidas -por ejemplo-, a personas que carecen de cualquier interés o relevancia pública. Uniformizar, en definitiva, y considerar que un improperio es un improperio sea cual sea la ocasión en el que se produzca. Trabajo adicional que tendrá el letrado en cuestión, intentando mostrar correctamente a Su Señoría cuál es el contexto real de la situación fáctica enjuiciada.

A veces, la Ley no es suficiente
El problema excede a las simples cuitas -vulgarmente conocidas por lloros-, de los abogados de este peculiarísimo sector del Derecho, y se adentra, de lleno, en un debate antiguo pero siempre de viva actualidad. En un punto esencial para la buena marcha de nuestro sistema normativo. El de si los Jueces deben basar sus fallos en una aplicación rigurosa -aritmética-, y formalista de las leyes o si, lejos de ello, se han de adecuar -de una forma más o menos flexible-, a los ritmos sociales imperantes en cada momento. Un Juez aislado en un conocimiento profundo y aséptico de las leyes -alejado del pie de calle-, o un Juez sumergido en las cosas de su tiempo, en los hechos sociales que nos ha tocado vivir. Nada nuevo bajo el sol, dado lo dispuesto en el artículo 3 de nuestro Código Civil, que impone la obligación de aplicar las leyes conforme a la realidad social del tiempo en que han de ser aplicadas. Miles de ensayos, comentarios y glosas al respecto se han escrito sobre este tema apasionante.

Y es que, dejando al margen las preocupaciones propias de nuestro muy concreto y cansino sector profesional, no hay duda de que esta cuestión es esencial para el buen funcionamiento de una democracia saneada. No sé ustedes, pero yo creo que nuestros derechos serán siempre mejor defendidos por Jueces implicados que conozcan, de manera perfecta, nuestras realidades sociales y los resortes propios de una sociedad en constante cambio. El automatismo no es bueno en lo tocante a las relaciones humanas. Y es que, a veces, la ley no es suficiente. Hay que ajustarla al caso concreto. Ser aplicada, a ser posible, por Jueces que ven televisión.

Ignacio Toledano es abogado