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Otras opiniones

José Tomás, entre el petardo y la gloria

Septiembre 28, 2011

De hacer caso a Pedro Romero, prácticamente uno de los primeros inventores del toreo, el diestro José Tomás, más que un maestro, sería poco menos que un petardo, término coloquial taurino que define el fracaso en la plaza. Dijo el histórico torero rondeño: “Cualquier cogida es un defecto de maestría”, para que las nuevas generaciones de toreros perfeccionaran al máximo su burla ante el toro. Romero, miembro de una dinastía taurina – formó parte de la cuadrilla de su padre Juan, su abuelo Francisco fue el primero que empleó la muleta y la espada en la lidia y muerte del toro, su hermano José también fue torero—no era precisamente un advenedizo en su profesión, allá por la mitad del siglo XVIII. Sus contemporáneos le apodaron El Infalible porque desarrollaba su talento, a la hora de entrar a matar, con gran exigencia personal. El último toro lo lidió en 1831, con 77 años, brindándoselo a la reina Isabel II. En total mató más de 5.000 toros y nunca tuvo una cornada. Además, eran toros en estado puro, sin apalear en los chiqueros, sin afeitar en las ganaderías, pese a lo que sostenía mi amigo Juan Martínez Encarnación, un magnífico empresario taurino—llevó a El Cordobés y a Palomo Linares como Los Guerrilleros– padre de torero—Juanito Martínez, cinco tardes seguidas en Madrid sin cortar una oreja, lo que demuestra el cariño que se le tenía en la capital-. Decía Juan Martínez, que también era un avezado “barbero”, que el afeitado—según su experiencia– había arruinado muchas corridas pero salvado, también, muchas vidas: el toro no daba ni una.

Pedro Romero perfeccionó la lidia, puso orden en un barullo de capotazos, saltos y huidas, y su estilo—lo que se conoció como Escuela de Ronda– fue tomado por sus colegas como precepto en la plaza. Retirado, traspasó su arte –un toreo estático, sobrio, muy valiente—a sus contemporáneos: por mandato real dirigió la Escuela de Tauromaquia de Sevilla, donde tuvo como discípulos nada menos que a Francisco Arjona Herrera “Cúchares” y a Francisco Montes “Paquiro”, dos de los más grandes de la historia del toreo. Fue un torero elegante, que Goya inmortalizó en un magnífico retrato.

Dicen las crónicas que impuso un estilo de toreo de capa y muleta muy reposado, serio y tranquilo, sobrio, centrando la importancia de la lidia en el empleo de los brazos. “… el que quiera ser lidiador—decía—ha de pensar que de cintura para abajo carece de movimientos… El toreo no se hace con las piernas, sino con las manos”.

¿Qué hubiera dicho Pedro Romero ante la trayectoria del torero madrileño José Tomás, cuya carrera está jalonada por el tremendismo de la cornada y la sangre cada dos por tres? Entre los años 1994 y 2008 llevaba unas 15 cogidas graves, que se abrían y culminaban como novillero y matador en Aguascalientes (México). Lesiones musculares, fracturas óseas, paros cardiacos, hemorragias tremendas, demasiada sangre derramada. Una tragedia pública mascándose cada tarde. Cornadas de caballo, como se dice en el argot taurino, que sobrecogían a los tendidos. Todo, porque el maestro ese día echaba un borrón, según el legendario Romero. Demasiados borrones, porque no había corrida sin cogida.

Los forofos de José Tomás –tiene forofos, como los futbolistas, que le siguen en peregrinación, con el corazón en un puño—sostienen que se arrima como nadie, que pisa los terrenos que nadie pisa y que encima hace un toreo único. José Carlos Arévalo, director de la revista 6Toros6, lo calificó como un alfa y omega del toreo. Llegó a escribir que terminaba el siglo XX con José Tomás, «un torero que lo resume y a la par anuncia el toreo por venir». Lo podría haber escrito en papel higiénico y la trascendencia taurina habría sido la misma. Como si Belmonte, Joselito, El GalloManolete, Chicuelo, Paco Camino, Ordóñez o Luis Miguel, por citar algunos clásicos, hubieran lidiado desde los tendidos.

Esta temporada, desde su vuelta, tras la última cogida casi mortal en Aguascalientes, dicen que ha perdido la emoción y que ya no provoca la pasión y la locura colectivas de siempre. “Incluso le ha abandonado el morbo”, decía un crítico, sin explicar muy bien el motivo. ¿Su careto trágico es el morbo? ¿Los misterios y bulos sobre su vida privada, que nos importan un comino? ¿La leyenda de sus problemas psicológicos? ¿La extraña planificación de su temporada huyendo de numerosas plazas, con ganaderías fáciles y con carteles de relleno? ¿El dineral que se embolsa en cada corrida? Le llaman “el torero de los ricos” porque donde torea, a los económicamente débiles -pensionistas, parados y jóvenes aficionados, entre otros colectivos- les resulta imposible conseguir una entrada por sus elevadísimos precios. La única posibilidad –la televisión— no la quiere el torero o las televisiones se niegan a darle el pastón que pide por prestar su eximia figura. ¿O porque las cámaras descubrirían las imposturas del mito y acabaría derrumbándose pronto?

El torero José Tomás, como un producto de marketing, tiene fecha de caducidad, salvo que los que dirijan el fenómeno—la tomatosis, una multitud de devotos idiotizada con su ídolo– no cesen de programar trascendencias extra taurinas a su alrededor. Así puede durar el mito. Es también un dato objetivo histórico que los toreros de esta época son bastante vulgares comparados con los de hace treinta años, por ejemplo. Así es que en el país de los ciegos… Hay muchos caminos para continuar explotando el fenómeno.

Pero, ojo, en el cierre de la plaza Monumental de Barcelona, además de la clausura del coso, hubo otra noticia: José Tomás no fue cogido. El día que esto sea la normalidad, el mito empezará a caerse por los suelos.

Sebastián Moreno