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Otras opiniones

Jerusalén, energías complejas

Julio 24, 2012

No hace muchos meses embarqué rumbo a un pequeño país que, por su complejidad e historia, siempre será grande. Israel es un nuevo Estado -fundado el 14 de mayo de 1948-, y de los más pequeños e influyentes que existen en el mundo; cabría en poco menos de la distancia que hay entre el norte y el sur de Extremadura y de ancho en unos 80 kilómetros, aunque muchas partes no superan los 20. Esta singular geografía lo hace especialmente vulnerable a los ataques de los vecinos a los que no les gusta demasiado celebrar el Xabbat y que carecen de salida a las costas del Mediterráneo.

País de imprecisas fronteras cambiantes por antojo de gobiernos expansionistas con poco tacto y una nula diplomacia, Israel es un matraz de laboratorio donde se mezclan un número elevado de imbatibles fuerzas místicas y de poderosas fuerzas armadas, armadas hasta los dientes, por cierto. La Paz, en los últimos 4.000 años, no ha llegado aún a la región pese al empeño de judíos, musulmanes y de algún cristiano palestino, de convivir de manera solidaria y armónica, algo que ya ocurre incipientemente en Jerusalén.

Jóvenes aprendiendo a defender a Israel

Y es sólo en este radiante lugar, estratégicamente ubicado en las proximidades de la nada del Mar Muerto, donde se mastica la compleja energía que te envuelve nada más llegar y te hace creer, paseando por la Ciudad Vieja, que ya perteneces a ese lugar. Pero de verdad nadie puede pertenecer a “Jerusalem” porque nadie puede pertenecer a tres o cuatro ciudades a la vez que tienen grandes diferencias incluso en su día de descanso semanal.

Las vides del Kibbutz de Tzuba, en las cercanas montañas de Judea, lugar sagrado para muchos viticultores australianos, se hayan dispersas entre un cementerio ortodoxo, un barrio árabe y el costado de la explanada de las mezquitas. Éstas descansan sobre el ultra-judío Muro Oeste, mal llamado Muro de las Lamentaciones, porque más que lamentos, los judíos celebran allí infinidad de bellos eventos y grandes finales de etapa. Por ejemplo, la de los jóvenes licenciados del servicio militar obligatorio donde las chicas y chicos soldados pasan dos y tres años respectivamente aprendiendo a defender Israel.

Jerusalén, atracción para todos

Jerusalén atrae a personas de todo el mundo. En mi estancia allí visitando el Jardín de la Tumba, donde se cuenta que Jesús fue sepultado en una cueva después de la crucifixión, me encontré con un rubio y ancho norteamericano que había prometido a su difunto padre explorador, que en cuanto muriera, viajaría a Israel a llevar su maletín de cuero marrón de “Indiana Jones” para fotografiarse con él en la entrada del sepulcro.  El padre no había podido visitarlo al encontrarse el jardín ocupado por los árabes antes de la Guerra de los Seis Días.

Mi buena amiga Ronit, una de las fundadoras del grupo Women of Vision (Mujeres de Visión), hizo de guía entonces para nosotros. Éramos un fantástico grupo multi cultural, multi confesional, ateos y agnósticos incluidos, pero con la debida y suficiente sensibilidad como para poder percibir las corrientes eléctricas que emanaban de entre las vastas y ciclópeas piedras que nos rodeaban.

Descubrí de repente que desde un punto elevado de las afueras, frente al Monte de los Olivos, la ciudad se percibía más deseada, si cabe, y la cúpula dorada de una de las mezquitas brillaba como un faro en medio del Oriente Medio. Era ahora cuando empezaba a entender por qué ese lugar era tan disputado por tantísimas religiones a lo largo de los tiempos, pese a no existir referencias en El Corán, bastantes en La Biblia y más de quinientas en El Talmut.

Una ciudad marcada por mil convulsiones

Aquella noche regresé a la cosmopolita, libertina, moderna, inquietante y segura Tel Aviv y me senté a cenar con mis viejos amigos israelíes, que conocía desde 1989, en la populosa Calle Ben Yehuda. Sentí haber olvidado en Jerusalén una parte de mi historia que quería recordar y compartir y que, sin lugar a dudas, seguiré escribiendo en el momento en el que vuelva a pisar la ciudad por la que pasaron Babilonios, Persas, Cristianos, Árabes y Judíos dejando un enorme y rico legado a la Humanidad.

Desde el Decreto del Rey Ciro II de Persia (hacia el 500 a. c.), que permitió a los judíos establecerse y reconstruir sus templos en Salem (Ciudad de Paz), hasta los aguerridos Cruzados del cristianísimo rey francés Luis VII que, a golpe de espada, no dudó en reconquistar aquellas piedras, la Ciudad Vieja de Jerusalén ha sufrido mil convulsiones y algún que otro paro cardíaco quedando las brechas del pasado envueltas en el magnetismo infinito que la posee y poseerá por los siglos de los siglos. Así sea.

Antonio Lambea Escalada. Arquitecto y Perito colegiado 14758 COAM.