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Los puntos cardinales

Irak vota sin marines

Abril 30, 2014

Cuando estas líneas aparezcan en sus pantallas, los colegios electorales de Irak ya habrán abierto sus puertas. El resultado que arrojen las urnas determinará quién se sentará en los trescientos veintiocho escaños del nuevo Parlamento que se disputan alrededor de nueve mil candidatos de diferentes formaciones de este país árabe cuyos ciudadanos acuden a votar por primera vez como una muestra de soberanía desde que en 2011 volviesen a casa las tropas de Estados Unidos. El político más conocido internacionalmente de los que concurren a la carrera electoral es el actual primer ministro, el chiíta Nouri Al Maliki, que aspira a un tercer mandato.

Los iraquíes quieren normalizar sus vidas y sus instituciones, pero este proceso electoral se desarrolla en el peor momento del terror sectario, con cifras de muertos que no se recordaban desde el bienio 2006-2008, cuando la barbarie batió todos los récords. Para que se hagan una idea del grado de violencia que ha caracterizado el tiempo previo a la votación piensen en las treinta y una personas que perdieron la vida el pasado viernes durante un acto electoral chiíta en Bagdad, una matanza cuya autoría no tardaron en atribuirse grupos vinculados a Al Qaida. O en la veintena de fallecidos de Bakuba el lunes. Y añadan los veintiséis policías y militares salvajemente asesinados en la votación anticipada para agentes de seguridad.

Chiitas y suníes

Porque estos comicios convierten a Irak en un laboratorio para conocer con certeza hasta qué punto la convivencia interreligiosa entre comunidades musulmanas es posible. De paso, sabremos también de qué modo se nota la influencia extranjera. El sur iraquí es fundamentalmente chiíta y apenas una brazadas de agua separan Basora de la orilla iraní. La comunidad chiíta es consciente de los recursos que genera el petróleo y que, según ellos, siempre acaban en manos del poder central. Y en el otro bando está la comunidad sunní, con todo el respaldo económico y religioso de Arabia Saudí. Porque Irak es el escenario en el que Teherán y Riad se disputan la preminencia del islam en todo el mundo.

Hay un territorio en Irak que está al margen de cualquier institución, hasta el punto de que no podrán celebrarse los comicios por ausencia de estructuras del Estado y por el enorme grado de inseguridad. Es la provincia de Anbar, a merced de la brutalidad yihadista y tribal. Su frontera con Siria es totalmente porosa y ello la convierte en una zona sin control, a la que llegan habitualmente suministros de combustible, armas y municiones proporcionados por grupos radicales que combaten contra las tropas de Assad. De hecho, el pasado domingo una patrulla área del ejército iraquí neutralizó uno de estos convoyes de abastecimiento en su camino hacia Anbar.

Sin embargo, hay otra parte de Irak en la que la vida es distinta a las demás y donde se respira un ambiente de razonable próspera tranquilidad, el Kurdistán. La paradoja es que quienes a finales de los ochenta sufrieron los instintos genocidas de Sadam Hussein parecen haber logrado unas condiciones mejores que el resto de sus compatriotas. Han transcurrido ya once años desde la invasión liderada por George Bush y el futuro que auguró aquel equipo republicano de la Casa Blanca dista mucho de las justificaciones grandilocuentes de Cheney o Rumsfeld. Irak se dispone hoy a pasar la prueba definitiva para saber si será capaz de dirigir su destino.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.