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Otras opiniones

Instituciones Penitenciarias: Para que se joda

Octubre 8, 2012

Le escribo estás líneas mientras contemplo como unas cien personas patinan sobre hielo. Algunos, los menos, culebrean y aprovechan los huecos para deslizarse con gracia y agilidad entre los que torpemente tratan de sostenerse agitando ansiosamente hacia delante y atrás los brazos buscando el equilibrio. Si desenfoco la vista, la suma de individuos se convierte en una masa que gira y gira y gira cansina y rítmicamente en sentido contrario a las agujas del reloj.
 
Esta imagen coloca en el primer plano de mi cerebro un asunto que un conocido de mi mujer me relató hace unos días. Le sitúo. Un individuo comete un delito en 1994. Diez años después en 2004 le condenan a cuatro años de cárcel. Pero entre unas cosas y otras, el ya condenado no ingresa en prisión hasta hace un mes. Si la memoria no me falla estamos en el año 2012, es decir, que entra en prisión casi veinte años después de cometer el delito y ocho después de ser sentenciado. Le confieso que mi primera reacción fue encogerme de hombros y simplificarlo todo en una expresión soez: “¡Que se joda!”. ¿No había cometido un delito? Pues que lo pague hasta el último segundo.
 
Una cerveza de mas
 
Me había tomado una cerveza y quiero pensar que mi escasa afición al alcohol hizo mella en mi proceso lógico de pensamiento. Porque si uno se detiene a pensarlo, la valoración no es tan sencilla. En los siguientes minutos de conversación me enteré de que el sujeto en cuestión sólo había cometido ese delito, que reconoció los hechos, que pidió perdón y que poco después de escoger la senda equivocada de la vida, regresó al camino del bien, creó su propia empresa, dio trabajo a vecinos de su pueblo y tuvo dos hijos que ahora siguen siendo menores de edad.
 
Aún así, el condenado cuando recibió la notificación de que tenía que ingresar en prisión no huyó, sino que se presentó voluntariamente en la misma puerta. Entregó el papel y pidió que le dejaran entrar. ¡¡¡Y le recuerdo que estamos hablando de una prisión, no de un hotel de cinco estrellas!!! A los pocos días, la junta de tratamiento y el propio director de la cárcel vieron que aquello no tenía mucho sentido. En una de sus celdas había un tipo que entró en la delincuencia puntualmente dieciocho años atrás y la había abandonado. Desde entonces vivía en sociedad. ¿Qué reinserción le iban a enseñar en la cárcel? ¿Qué educación nueva era necesaria meterle en la cabeza? Y si lo miramos desde un punto de vista estrictamente económico, ¿por qué el Estado debe gastarse dinero en tener a este hombre en la cárcel cuando ya nada tiene que aprender? No había matado ni asesinado ni violado ni había agredido a un menor ni deformado a golpes la cara de un inocente… Así que le dieron el tercer grado. Cumpliría su pena en semilibertad.
 
Castigo tardio
 
Todavía estaba por ver si como castigo por el delito cometido debería ir a dormir todas las noches a la cárcel o llevar puesta una pulsera de localización. Porque alguna “reprimenda” debería tener. No obstante, si Beccaria, ilustre penalista, levantase la cabeza, después de darse con la tapa, nos recordaría que para que el castigo tenga su efecto debe ser inmediato y no veinte años después. Se imagina que su hijo se porta mal de bebé y cuando alcanza la mayoría de edad le dice: “Este fin de semana estás castigado. No puedes salir por lo que hiciste de pequeño”.
 
Llegan los necios
 
Le aviso que hasta aquí llega la lógica de esta historia, porque llega entre fanfarrias y vítores un nuevo personaje, un nuevo protagonista que se llama Instituciones Penitenciarias. Dentro de este órgano político del Estado que controla a los presos, como en todos los trabajos, algún necio debe haber, aunque sólo sea estadísticamente. El problema es que a diferencia de Los Euromillones, este necio sí toca. Y sin leerse probablemente ningún papel, nada de la vida del condenado, que usted ya conoce, le quitan la razón a la junta de tratamiento y al director de la cárcel y dictaminan. “No se infiere en el interno circunstancias personales y penitenciarias que le capaciten en estos momentos para llevar un régimen de vida en semilibertad, apreciándose factores que justifican su clasificación en régimen ordinario”.
 
Dicen que no sabe vivir en semilibertad, pero ¿no lleva toda la vida libre? ¿Qué tiene que aprender? ¿No se ha reinsertado ya? ¿No ha creado una empresa y puestos de trabajo? ¿No tiene dos hijos? ¿No han pasado ya veinte años del delito? Y lo más importante ¿No ha perdido perdón y no ha vuelto a delinquir?
 
Tengo la sensación que para algunos trabajadores de Instituciones Penitenciarias los presos son como churros. No les observan patinar por la prisión en su individualidad, sino que desenfocan la vista y se convierten en una masa, todos malos. Y de paso me ahorro el trabajo. Corto y pego escritos sin fijarme en demasía.
 
Y para rematar la historia, este digno Organismo va y cambia al condenado de cárcel. Su mujer y los niños vivían en la misma provincia en la que se ubica la prisión, pero Instituciones Penitenciarias ha decidido meterlo entre rejas a 300 kilómetros de distancia. Algo que ya no hace ni con los terroristas. ¿Y para qué? Para que se joda. O esa es mi impresión.
 
Nacho Abad
nachoabad@extraconfidencial.com