Menú Portada
¡Qué fuerte!

Injusticias de la vida y de la Justicia

Noviembre 4, 2010

A Antonio Meño no le gustaba su nariz. Un joven de 20 años acomplejado por un rasgo de su físico, como tantos otros jóvenes que, en una edad difícil, nos hemos preocupado en algún momento de nuestra vida por narices, boca, orejas o a saber qué tipo de tonterías. Tonterías que pueden llegar a ser frustrantes por culpa de esta sociedad de perfección en la que se han establecido unos cánones de belleza que nos han envuelto y embaucado absurdamente. El caso es que Antonio decidió pasar por el quirófano para quedarse más tranquilo y a gusto consigo mismo. Antonio salió del quirófano, pero jamás pudo ya mirar si su nariz le había quedado bien o no. Entró en coma y así lleva ya 20 años. Hoy tiene 42 y seguramente, si pudiera dar marcha atrás en el tiempo, estaría encantado con su irregular nariz.

Sucedida esta desgracia, la familia decidió tomar cartas en el asunto y comenzó un proceso legal de denuncias, juicios y recursos. Ganaron la primera batalla y el anestesista fue condenado pero, en los siguientes recursos les quitaron la razón y perdieron. Pero esto no es lo peor, lo grave es que Antonio y su familia se quedaron en la calle porque todos sus bienes fueron embargados para poder hacer frente y pagar las costas de los juicios. Antonio y sus padres llevan viviendo un año y cinco meses en una tienda de campaña en la Plaza de Jacinto Benavente, frente al Ministerio de Justicia exigiendo precisamente eso, justicia. Viven allí por dos razones; la primera porque no tienen casa ya que se la quitaron para pagar lo que costó el pleito y la segunda, para reivindicar que se haga justicia con ellos. Parece ser que hubo una negligencia médica que en su día no se puedo demostrar pero que, ahora, gracias a la aparición de un nuevo testigo, podría cambiar el rumbo de toda esta historia.

Soy de las que piensan que todos somos humanos y, como tales, cometemos errores. Nadie es perfecto, todos, absolutamente todos nos hemos equivocado alguna vez. Aunque también cometemos el error, algunas veces, de no reconocer cuando lo hacemos. Seguramente, sea le caso del anestesista. Pero, independientemente de esto, que ya se encargará la Justicia de ordenarlo todo, si es capaz, lo que es indignante es que una persona se quede literalmente en la calle porque ha perdido un juicio y que encima no se pueda defender porque está en coma y se ha quedado como un vegetal. Este vida es injusta y la Justicia muchas veces también. Porque, digo yo, que, si alguien se para a pensarlo en su día y se plantea el caso no hubieran dado lugar a esto, o sí, depende de la condición de cada uno. El planteamiento es el siguiente: un hombre se opera la nariz. Entra en coma. Hay juicios. Los pierde. El coste de ellos es el valor de su casa. Se la quitan. ¿Y? ¿Ya está? ¿Así de fácil? Es absolutamente irracional e inhumano. Y lo peor de todo es que somos la propia condición humana quién hace esto con nosotros mismos. ¿Qué clase de humanos somos? ¿Todo por dinero? ¿Dónde quedan los valores y la coherencia? Este mundo está loco, bueno, el mundo no, los que lo habitamos.

A ver si con este nuevo testigo del caso, Antonio y sus padres pueden recuperar su casa, por lo menos para cuidar a su hijo en condiciones dignas. Lo demás queda en la conciencia de cada uno y el tiempo hará justicia solo y los pondrá en su sitio a todos.

Rosana Güiza

rosanaguiza@extraconfidencial.com