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¡Qué fuerte!

Impertinentes que se cruzan en nuestras vidas

Abril 14, 2011

Estamos rodeados de impertinentes. Siempre que viajo en AVE tengo la inmensa suerte que se siente al lado, o en un sitio próximo, algún tipo molesto y arrogante que se empeña en contar su vida a voz en grito para que todos los que estamos alrededor nos enteremos. Seguro que piensa que es muy interesante y fascinante, pero se equivoca. Suelen ser personajillos creídos y tontos, egocéntricos que tienen la necesidad de exhibir su conducta y apariencia a los demás.

Los hay de dos tipos. Los que hablan por el móvil sin parar y los que aburren al que tiene enfrente. Los del móvil son ellos los que realizan la llamada porque no hay Dios que les llame por no soportar tal plasta lingüística. El señor del teléfono, haciéndose el ignorante y obviando que debe salir a hablar a la plataforma, vocifera con su interlocutor sobre trabajo, papeles, reuniones, mudanza y algún que otro compañero al que pone a parir. De paso, si puede nombrar a algún famosillo para tirarse el pisto y llamar más la atención, pues mejor.

Nada que hacer con ellos

El otro modelo de espécimen suele encontrarse con alguien conocido al que hacía tiempo que no veía. El conocido se comporta educadamente, habla bajo y de manera respetuosa ya que no tiene más remedio que sacrificar su momento de descanso en el viaje por culpa de este personaje que se dedica a contarle su vida y milagros sobre los preparativos de su maravillosa y cara boda, sobre el coche que se ha comprado, sobre lo mucho que trabaja al tener ese gran puesto de responsabilidad y de paso, criticar, esto siempre y que no falte, a otro compañero.

Normalmente, el que tiene que aguantar la charla pasa un rato de vergüenza ajena que no puede evitar y no ve el momento de que el tren llegue a destino. No hay nada que hacer con estos impertinentes, ni las miradas asesinas pueden con estos petardos que se creen interesantes.

Otros impertinentes con los que me he cruzado esta semana han sido varios conductores. En una rotonda, una mujer se me echa encima, literalmente, y casi hace que me suba a la circunferencia como si fuera un monumento al invadir mi carril. Le pito para que rectifique su trayectoria y encima ¡se enfada y me increpa! ante mi asombro y estupefacción.

Levantando piernas y enseñando interioridades

En la siguiente rotonda, esperando a incorporarme, veo aproximarse al macho men de la carretera, al amo del asfalto. Calculo y compruebo que me da tiempo a introducirme pero se enfada, me pita y me vuelve a increpar por haberle hecho reducir un poquito su excesiva velocidad impropia para una rotonda.

Continúo mi camino sin dar crédito a tal mosqueo por parte de estos ciudadanos amargados e intolerantes que ocupan nuestras vías. Y topo con el capullo; aquel que, cuando le vas a adelantar porque va demasiado lento, acelera para que no lo hagas porque le fastidia o… a saber por qué. Y para rematar la faena, después de aparcar, realizar mi jordana laboral y salir para irme a casa, me encuentro con el torpe que ha pegado su coche al mío de tal forma que no hay manera de abrir la puerta del conductor para entrar. ¿Cómo pretende que entre? Y, ¿a ver dónde lo busco? Entonces tengo que introducirme por la puerta del acompañante, levantando piernas y enseñando interioridades para alegría de los transeúntes.

Dependientas de Harvard

Mis últimos impertinentes de la semana son algunas dependientas que se creen que han estudiado en Harvard la carrera de despachar, y lo dice una que ha despachado más que nadie en su vida. Te miran mal porque perturbas su “no hacer nada” o su charla con la compañera de sección y te lanzan una mirada asesina. Si se trata sólo de indicar vale, pero si tienen que enseñarte o sacarte alguna talla es como si les fastidiaras la tarde.

Conozco otro impertinente dentro de este sector. Se trata de un encargado de un restaurante. No he visto en mi vida a un hombre con tan mala sombra como este. En un local de la Plaza de Santa Ana en Madrid el susodicho te mira con cara de perro, perdonándote la vida y como si te estuviera haciendo un favor a la hora de darte mesa, una mesa cutre, estrecha e incómoda pero que para él debe valer como las del mismo comedor del Rey, por decir algo.

Con lo fácil que sería el trato agradable, amable y cordial entre la gente para hacernos unos a otros la vida más fácil, llevadera y sencilla.

Rosana Güiza

rosanagüiza@extraconfidencial.com