Menú Portada
Rope-a-dope

Huérfanos de soluciones, rebosantes de amor

Mayo 25, 2017
Tributo Manchester

La célebre cita de la sesuda y reflexiva niña salida del grafito del humorista argentino Quino, Mafalda, ya ha pasado a la historia. El mundo sigue enfermo, mucho. Pero al mundo ya no “le duele el Asia”. Al mundo le duele el Asia, el África, la Europa, la América, la Oceanía y la Antártida. Al mundo le duele todo. Al mundo le duele allá donde se produzca la alteración del orden, la inseguridad, el conflicto, la imposición y la muerte. El terror se ha instaurado como un candidato político más aprovechando el barullo del siglo XXI, la mala interpretación de las religiones y la exaltada pérdida de moral que nos empuja a la locura.

En la esquina diestra del cuadrilátero se agolpan los partidos de la extrema derecha que han venido para quedarse y que poco a poco sacan tajada de unas urnas electorales astilladas por la desesperada fragmentación política que busca soluciones sin respuesta a tantas encrucijadas que nos asaltan. Las teorías conspiratorias de los iluminados de Baviera, rosacruces o francmasones cada vez suenan con más fuerza y sitúan al terror en campañas orquestadas por el gran conservadurismo para garantizar sus asientos en los parlamentos europeos. Nos encontramos ante una desinformación absoluta tan solo equiparable a la angustia de saber dónde estaremos en la próxima ocasión. El pueblo está perdido, desorientado, groggy. El pueblo ya no sabe que hacer, si apoyar a César o a Pompeyo, ante la desvencijada Roma. El miedo lleva el pánico y del pánico se aprovecha el populismo, que gana enteros y elecciones donde jamás hubiese enraizado. Nadie quiere aceptarlo y todos lo niegan en las encuestas. Pero es lo que ocurre. El terror se ha instaurado como un candidato político y arrasa en todos los comicios a los que se presenta.

La ética filosófica se diluye en un vaso de agua salpimentado con arsénico. El sentido del bien y del mal se tuerce para dar paso al horror. Las masacres se suceden y nadie pone tregua. Porque estamos solos, carentes, huérfanos de soluciones.

La causa es el pésimo devenir de la sociedad contemporánea, la consecuencia el terrorismo islámico que pesca en río revuelto y los primeros responsables las potencias del primer mundo, incapaces de regir los colapsos económicos, las turbulencias del bienestar y la degradación de la esfera pública. Todo ello lleva a la ignominia, al holocausto, a la perdición. En ausencia de Moisés, los israelitas crearon y veneraron a un becerro de oro ante la falta de un líder que los guiara y el temor provocado por la soledad. Europa se encuentra en la misma situación, no hay jefes, no hay hombres y mujeres capaces de restituir el orden tras una Guerra Mundial, derribar un muro o acabar con una Guerra Fría. No quedan paladines como Winston Churchill, Helmut Kohl o Mijail Gorbachov. Todo lo que hay es morralla dubitativa y pusilánime incapaz de terminar con la mayor amenaza que nos enfrenta.

Schengen, el control de los refugiados y los bombardeos a Afganistán y Siria son parches. Cortinas de humo que no van a solucionar ningún problema, mientras los lobos solitarios aúllan en nuestras colinas. El control que se debe llevar a cabo es aquí y ahora. En la puerta de nuestras casas, en el jardín de nuestros vecinos, en las naves de nuestros polígonos industriales. La madre de todas las bombas ya está aquí y nos ha explotado en las manos.

Mientras tanto, los ciudadanos de a pie nos seguiremos dedicando a disfrutar, amparados o desamparados. Toca llenar los cafés y los teatros un viernes de madrugada, toca bailar al son del plenilunio en las noches más largas de verano y toca cantar las infinitas bondades que la vida nos ha regalado, asidos de aquellos que nos aman. Porque no cuesta tanto comprender que, como en la popular parábola india, aquí abajo todos somos ciegos y Dios, un elefante.