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¡Qué fuerte!

Hoy quiero confesar

Abril 18, 2013

Hoy quiero confesar… nunca el título de una canción fue tan apropiado para su cantante. Esto es, precisamente, lo que tendría que haber hecho Isabel Pantoja, confesar ante el juez su implicación en el blanqueo de capitales por el que se la ha condenado. Estaba cantado, nunca mejor dicho y, lo que todos sospechábamos ha resultado ser verdad. El juicio paralelo que se hace en estos casos ha coincidido con el veredicto, pero ha decepcionado a todo el mundo ya que, lo que más se esperaba y lo que más morbo daba era ver hacer el paseíllo a la Pantoja hacia la cárcel. Pero no ha podido ser. Al final, aunque condenada a dos años de cárcel y a pagar un millón cien mil euros, no pisará una celda. Además, no tendrá problemas para pagar la multa que se le ha impuesto ya que el dinero que ha robado le servirá de sobra. Total, una tontería de condena. Pero, ¿por qué a ella se le impone menos condena que al resto? Está claro que el cabecilla es Julián Muñoz pero, y la ex mujer de éste, ¿por qué ella si irá a la cárcel y su multa es mayor? Ambas se han beneficiado de toda esta trama, ambas sabían lo que había y han participado en la estafa, ambas se han aprovechado y han robado. Una vez más, la justicia en si demuestra que todos no somos iguales. Con lo cual, se podría deducir que hay que ser tonadillera, torero, bailaor o princesa para que la justicia te trate con beneficio y benevolencia.

El desmayo

La Pantoja siempre ha dado qué hablar, para bien o para mal. Normalmente más bien para mal; desde que se convirtió en la viuda de España tras la muerte de Paquirri, sus idas y venidas amorosas han sido tan sonadas casi como sus canciones. Siempre bajo la sospecha de la homosexualidad, la tonadillera ha paseado del brazo de bigotudos enamorados de ella hasta las trancas. Esa arrogancia que siempre ha mostrado ante las cámaras, esa superioridad y ese halo de estrella coplera oculto tras su larga melena recogida en coleta y sus gafas de sol le han hecho creerse a sí misma que era intocable. Pero esta semana se ha venido abajo cuando la justicia la ha declarado culpable. Todo un circo mediático que ha saltado a las portadas de todos los periódicos, que ha ocupado los minutos más importantes de todos los informativos; la Pantoja desmayada al salir del juzgado después de oír su sentencia. Patética imagen. Normal que, ante el agobio de gente y la presión que en esos momentos se formó, debida la gran expectación, se viniera abajo pero, es curioso que, mientras robaba, no le dieran esos mareos y esos desmayos por el delito que estaba cometiendo.

Por su popularidad ha tenido tantos privilegios y, ahora, por su popularidad, que aguante su condena. No le tembló el pulso, no se desmayó, no dudó en robar. ¿Por qué habría de darnos pena ahora ante un desmayo? Toda esa gente que en su momento la jaleó, después la increpó y la insultó. Aunque todavía hay quién la defiende, sus más fervientes admiradores. Estamos en un país de frikis que van, tanto a alabar como a apedrear, a las puertas de los juzgados mientras gran cantidad de periodistas provocan avalanchas sobre la condenada para obtener una imagen o una declaración. Y si no, vean las imágenes de nuevo y fíjense bien en quién provoca tal espectáculo. La pena es que esta mujer no vaya a la cárcel como el resto de los imputados ya que, mientas ella miraba al resto del mundo con superioridad, por encima del hombro, disfrutando de tantos lujos gracias a un dinero robado, los ciudadanos de a pie, trabajan, los que pueden, sin descanso para ganar un mísero sueldo honradamente.  

Rosana Güiza Alcaide