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A renglón seguido

¡Hola ola!, no vengas sola

Febrero 16, 2016

No gusta el campo de vestir trajes ajustados, porque, como parte de la naturaleza, nació para ser libre: sin puertas, sin cancelas, sin verjas… Por más que el hombre se empeñe en encorsetarlo, siempre crece a voluntad, y hay que sosegarlo, porque si no se asilvestra con facilidad, tirándose al monte, como la cabra, por su condición de cimarrón.

Pues tres cuartos de lo mismo, a pesar de ocupar siete décimas partes los dominios de Poseidón en comandita con Neptuno, es lo que ha ocurrido recientemente en las costas cantábricas con la mar océana, que de cuando en vez, de la mano de Eolo, busca darse un baño de descarga muscular recordándonos quién manda a toda costa en su mar adentro y en las fronteras costeñas, en un pulso perdedor para la mano del fracasado domador humano.

Gusta el mar de ampliar intermitentemente sus predios; en especial cuando la pleamar empareja con el viento conquistando de forma eventual arenales y muelles. Espigones, rompeolas y paseos marítimos han sido visitados y asaltados a ola armada de forma un tanto inusitada, a juicio de los más noveles, para deleite de paseantes y transeúntes, ávidos de disfrutar del acuoso fenómeno a corta distancia, aún a costa de poner en riesgo su integridad y la de los suyos; si es que van acompañados.

Irresponsabilidad e imprudencia

La irresponsabilidad es un ingrediente con el que sazonamos ocasionalmente nuestro comportamiento, poniendo a prueba nuestra supervivencia y la pericia de los servicios de emergencias. Así, no resulta infrecuente que haya accidentes de los que nos lamentamos tarde, mal y nunca. Mientras las autoridades se afanan en intentar protegernos a través de recomendaciones y barreras de protección, la insensatez nos invade emulando la curiosidad gatuna, y la voraz lengua marina emergente encabezada por la espuma se encarga de llevarse el felino de la imprudencia al agua de la desgracia.

“Las imprudencias se pagan”. Así rezaba una campaña de la DGT in illo tempore. El fruto de su confirmación: la desaparición, por un golpe de mar, de un esperanzado <veintemesino>, quien, en brazos de su abuelo y a la vera de su padre, fue abrazado y arrebatado en medio del temporal por el látigo del Cantábrico que, como sus familiares repartidos por el planeta, no contempla en su castigo distingos discriminatorios por edad, sexo o religión, comportándose de forma más implacable que la Justicia: igual para todos.

Como erguidos testigos del rugido marino los faros: cíclopes   de la luz, centinelas del impetuoso acoso salino que zarandea árboles, arranca farolas, arrastra rocas y barre a los que osan aproximarse al gigante del humedal, que arremete contra su entorno sin miramientos, y sin reparar en las consecuencias de su visita a los pagos de secano.

El mar dispone de memoria, y, obedeciendo la consigna de Marisol: “Ola, ola, ola, no vengas sola”, se presenta disciplinadamente cumpliendo con los sagrados cometidos recogidos en su salado ADN, y se hace la ola para congratularse por su descomunal fuerza.

Paco de Domingo