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¡Qué fuerte!

Hay una fiesta en el cielo

Enero 23, 2014

En agosto se desmayó en su tienda de chuches. La llevaron al hospital y le detectaron un tumor en la cabeza. En septiembre le escribí unas líneas de cariño deseándole que se recuperara lo antes posible porque Aldeaquemada no podía vivir sin ella. Ahora le vuelvo a escribir, pero para recordarla y rendirle un pequeño homenaje. El pasado jueves 16 de enero, cinco meses más tarde, después de luchar contra un maldito cáncer, a los 60 años, Antonia se fue para siempre. Nunca se casó. Tuvo algún pretendiente, es cierto, pero por ninguno sintió eso que debe sentir una mujer para dar el paso, así que no lo dio y se quedó soltera. Tampoco tuvo hijos. Aunque no le hicieron falta. Todos los niños del pueblo de varias generaciones hemos sido hijos suyos de alguna manera. Era lista y sabía que era una tontería conformarse con el amor y el cariño de uno o dos pudiendo tener el de todos. A través de su tienda de chucherías siempre se ganó a los más pequeños pero también a los mayores. Jamás supe que discutiera o tuviera algún problema con alguien del pueblo. Nunca oí hablar mal de ella, al contrario, Antonia era una institución en Aldeaquemada. Hablo en pasado de ella y no me acostumbro, se me hace raro y se me encoje el corazón, se me eriza la piel y lloro. No me lo puedo creer. Antonia ya no está. Jamás volveré a verla con su flor en el pelo en las tardes de verano. Ya no volveré a oírla reír contando sus cosas siempre divertidas. No volveré a verla luchar con sus niños poniendo orden en la tienda. No volveré a verla disfrazada en carnaval… le encantaba… era la Reina del Carnaval. Siempre tenía una sonrisa puesta en los labios. Era positiva, divertida, alegre, buena, honrada, amable, fiel… Antonia era simplemente maravillosa.

Uno recoge lo que siembra

Y ya no está. Hace una semana la enterramos en una tumba fría y húmeda, arropada por cientos de flores y con más de una veintena de cartas que todos los niños le escribieron para que se pusiera buena pronto. Jamás he visto un entierro igual. La iglesia se desbordó de gente, incluso en la calle se agolparon para despedirla. Llevada a hombros por los hombres de su familia y amigos entró en su plaza, dónde entregó su vida al negocio detrás de un mostrador. Allí la estaban esperando todos los niños del pueblo, con una rosa cada uno, que tiraron a su paso y, una vez vacías las manos, rompieron en un fuerte aplauso entre llantos, suspiros y sollozos para dar el último adiós a quién tanto les dio, a su otra madre. Así que Antonia se fue al cielo como seguro habría soñado, rodeada de niños. Ella es un claro ejemplo de que en esta vida uno recoge lo que siembra.

Ella sembró cariño, amor, dedicación y sonrisas y así la hemos despedido todos sus niños, con amor, cariño y sonrisas camufladas con lágrimas. Pero la vida es caprichosa y, no contenta con llevarse injustamente a Antonia, a los 5 días se ha llevado también a su madre. El corazón, a veces, no puede soportar tanto dolor y María Antonia decidió que ya no quería vivir más sin su hija, sin esa mujer que ha estado toda la vida a su lado, de la que no se separó ni un segundo y ha muerto de pena. Sí, se puede morir de pena. Madre e hija, mi tía y mi prima, siempre juntas, siempre riendo y haciéndonos reír, siempre alegrándonos y haciendo más fácil la vida. Es dura la pérdida de un familiar pero la de dos en tan poco tiempo en más duro todavía. Ahora ellas caminan de la mano entre nubes de azúcar, regaliz y chicles de fresa, haciendo felices a todos los que estén allí. A partir de hoy, todos los días, en el cielo hay una fiesta.

Rosana Güiza Alcaide