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Otras opiniones

Harto de las vacaciones

Septiembre 1, 2010

Si les digo que estoy harto de haber vuelto de las vacaciones, quizás podrían decir de mí que estoy loco. Que la sangre no me llega al cerebro. Que soy un adicto al trabajo. Sin embargo, todo tiene una explicación. Cada año la misma cantinela. El verano no le sienta bien a nadie. Al llegar el mes de septiembre todo son kilos de más, complejos e inseguridades. De hecho, hace unas semanas no tardé en ir a uno de los gimnasios de moda de Madrid para que me hicieran todas las ofertas posibles para ponerme en forma: “el típico cliente que se apunta hoy y…” me pareció escuchar a la amable comercial que me atendió. En ese momento me di cuenta de que no tenía sentido que intentara batallar contra el efecto secundario de las comilonas diarias. Y es que sí, la gimnasia es maravillosa, pero nadie parece haberse parado a pensar cuánto puede afectar el querer ser un adonis de la belleza.
 
Ir al gimnasio se convierte en una auténtica pesadilla. No sólo porque resulta más que fatigoso enfrentarse a una cinta larga, estrecha y con un sinfín de programas y botones, sino porque los cuerpos que algunos lucen en el vestuario desmoralizan a cualquiera. Disfruto ver cómo el sudor rueda por los cuerpos musculados de los jóvenes que se machacan durante horas en la misma sala en la que yo no consigo más que deleitarme con la estampa. Incluso quitarse la ropa ante tamaños monumentos resulta una ardua tarea. No sé si será algo habitual, pero lo cierto es que provoca cierta timidez, quizás vergüenza, ver cómo mis michelines intentan hacer la competencia a: piernas musculadas cual columnas, abdominales sobresalientes del cuerpo, brazos con los que poder escalar montañas y un egocentrismo de quienes se saben guapos.
 
No sé, pero ayer, mientras corría y corría como si al otro lado fuera a encontrar a ese enano de los arcoíris que si lo encuentras te entrega una pócima de la eterna juventud, me sentía observado. Y no porque me reconocieran por salir en televisión, sino porque parecía como fuera de juego. Todos parecían esculpidos por el mismo Dios. Suerte que, al momento, llegó una anciana de melena cardada que me devolvió la sonrisa. ¡Ay, qué esfuerzo!
 
Saúl Ortiz es periodista y novelista