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Otras opiniones

Había amistades que estaban por encima de la distancia y del tiempo

Diciembre 25, 2014

Y ellos lo sabían y disfrutaban de cada minuto compartido, atesorando las cosas que se contaban, sabedores que pasaría tiempo antes de volverse a ver


CLASES SOCIALES

El plato presidia la mesa y le hacía de confidente durante la comida. A su lado, una pareja de amigos compartían sus últimas andanzas, con un estar propio de quien se consideraba por encima de los demás. Con su voz grave y autoritaria, ella le decía: “pero te he alegrado el día, ¿no?”, mientras que él contestaba en tono quedo “con visa” al ser preguntado sobre el medio de pago. La superioridad sobre el servicio del restaurante era manifiesta. En la mesa del fondo, una familia que había entrado con un anciano en silla de ruedas, almorzaba. Mientras, la joven que empujaba el carrito del minusválido, hacía lo propio en otra mesa de espaldas a ellos. Al menos, comía en el mismo restaurante.

Supongo que eso es lo que agradecen los inmigrantes cuando vienen a nuestro país. Salir de esta dualidad de estratos. Ser tratados como extranjeros, pero iguales. Clase media. Aunque haya excepciones.

AMISTADES

Resultaba emotivo verlos juntos después de tanto tiempo. Había amistades que estaban por encima de la distancia y del tiempo.  Y ellos lo sabían y disfrutaban de cada minuto compartido, atesorando las cosas que se contaban, sabedores que pasaría tiempo antes de volverse a ver.

       Voy a montar una empresa en enero – le decía uno al otro.

Y éste último sabía que era el deseo más ferviente que su amigo había perseguido durante años, en silencio. Cuando conoces bien a alguien, cuando sabes sus más profundos anhelos, compartes cada momento de alegría y de tristeza.

       Pronto tendré varias personas a mi cargo – le decía el otro.

Y así se entrelazaba el tejido que les unía, cada fibra del tapiz que representaba su vínculo. La amistad, ese regalo que nos es dado y es misterio de las relaciones humanas. 

NAVIDAD

Con alegría volvía a ver las mismas caras en la mesa. Lo conocido le producía cierto remanso de paz. La tranquilidad de sentirse en casa. Y los comentarios inalterados ante el paso de los años.

       Yo sólo digo que no es justo – reivindicaba el más joven la mesa, posiblemente con conocimiento de causa, pero con poco pragmatismo.

       Es que la culpa la tiene el gobierno – alegaba en otro momento la más radical.

Y entonces, se hizo un poco de luz entre tantas tinieblas y alguien dijo: quizás sería más productivo actuar en vez de quejarse. Como si hubiera pasado un ángel, callaron todos unos instantes. Fue un conato de cambio. Entonces alguien dijo:

       Insisto en que no es justo, deberían repartir mejor el dinero público.

Y así fue trascurriendo la comida de Navidad.  

TRANSCULTURACIÓN

       Cuando vi por primera vez el jamón serrano, pensé que estaba crudo – dijo el muchacho. – Estaba con mi padre en un bar, recién llegado a España, y le dije que tenían que pasarlo por la plancha. Resultó que luego de probarlo, me encantó su sabor –.

Quedé pensando, sobre la primera vez que me enfrenté yo al cebiche peruano. Pescado fresco aderezado con limón. Me resultó sorprendente la forma en que asumimos la cultura propia sin darnos cuenta. Se lo comenté.

       Bueno, no es lo mismo. Al añadir limón al pescado, éste sufre una transformación química – respondió.

Ciertamente, la cultura es un velo que nos ciega. Jamás había considerado el jamón serrano como un alimento crudo, pensé mientras me comía otra loncha ibérica de uno de los manjares de nuestra gastronomía.

PLANES TRUNCADOS

       Mi abuela y mi tía vienen a cenar en Nochevieja -.

Una frase. Una sola sentencia, que arruinaba la romántica velada que tenían planeada. Él, dolido, abordó el tema desde la raíz. – No me has preguntado. Quizás deberías haber pensado que la decisión me incumbe -.

Ella, sabedora que él tenía razón, pero incapaz de dominar los impulsos que habían motivado tal decisión, respondió: – Es una causa de fuerza mayor. No tienen con quien estar -.

Sus argumentos hicieron mella en él, y la culpa entró por la puerta de detrás. De pronto, se sintió sin fuerzas para contrarrestar. Vio hacer aguas su tesis inicial, aquella de no haber sido consultado. Y aun perdiendo más entereza, su voluntad se vaporizó y los radicales gaseosos de lo que había sido su personalidad impregnaron su lucidez. Se tambaleó como una hoja al viento.

       Cenaré en casa de mis padres-.

© Javier González Cantarell