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Otras opiniones

Guerra de sexos

Diciembre 9, 2013

Después de un proceso evolutivo de miles de años, el macho mamífero está biológicamente programado para sentir de manera continuada el impulso de extender su especie tratando indiscriminadamente de preñar a cuantas hembras le resulte posible; obviamente, el hombre no es una excepción, así que nuestra promiscuidad y nuestra obsesión por lo “unico” no necesitan disculparse, responden a nuestra naturaleza y nuestro deber biológico es resistir las alienantes presiones culturales y sociales que tratan de imponernos lo contrario.

Nosotros somos así desde siempre, en cambio, las mujeres se han hecho poco a poco a sí mismas y lo peor es que nadie sabe el resultado; en el resto de los mamíferos, lo normal es que la sexualidad de las hembras resulte puramente pasiva y esté circunscrita a los periodos de celo en los que las resulta posible la concepción, pero las mujeres…..hay que joderse con las mujeres, nadie sabe como son.

Es evidente que, afortunadamente para la sociedad y desafortunadamente para nosotros la sexualidad de las mujeres es diferente a la de los hombres ¿ustedes se imaginan lo que ocurriría si sus impulsos sexuales fueran con carácter general los mismos que los nuestros?: lo de Sodoma y Gomorra se quedaría en un puritano juego de niños y la organización social sería drásticamente diferente a la que conocemos. Vale, la sexualidad de las mujeres es diferente, pero ¿cómo es?; todos tenemos hipótesis (al final incluyo la mía) pero no creo que nadie lo sepa a ciencia cierta.

La  nuestra suele ser mucho más simple: todo lo que hay en el monte es caza, nos dice nuestra naturaleza. Es verdad que cuando nos enamoramos preferimos una a las otras, pero es raro que ello no tenga una fecha de caducidad temprana y, en todo caso, el deseo es siempre el núcleo duro de nuestro amor y la única prueba de que este persiste es que ella nos siga pareciendo más deseable que las demás y eso no suele durar mucho; las otras, aunque sean peores, siempre tienen un plus por eso, por ser otras. En todo caso está claro que la cama es el termómetro y, si esta va bien, para nosotros todo funciona y, si va mal, el que ella sea Teresa de Calcuta con la inteligencia de madame Curie y el físico de Angelina Jolie sirve para muy poco.

Pero las mujeres ¿quién sabe como son? ¿quién comprende sus enfurruñamientos, sus  ahora no pero sí, ahora sí pero no, sus cabreos si lo intentamos y si no lo intentamos, sus dolores de cabeza el día que tenemos más ganas? ¿por qué no valoran como es debido nuestra potencia y habilidad y, sobre todo, la enormidad de nuestro instrumento? ¿por qué tienen tantas ganas de hablar y de hacer preguntas comprometidas después de “hacerlo” cuando nosotros no estamos para nada ni para nadie?; si no fuera porque tienen tetas y se aprovechan desvergonzadamente de ello las iban a dar dos duros.

 En cambio a los hombres resulta fácil entenderlos y que nos entiendan y con ellos no tenemos que fingir ser lo que no somos; a diferencia de las mujeres, no nos regañan porque el pantalón no conjunte con la camisa, porque nos haya caído una mancha en esta, porque hayamos dejado levantada la tapa del retrete ni por decir que esa chavala que pasa está muy buena mientras la miramos el culo y, además, podemos hablar con ellos de cuestiones cruciales como son el futbol y otras mujeres. Si los hombres tuvieran tetas y nos sirvieran para lo otro ¿quién iba a querer ir con las mujeres?

Además, ahora, con esto de la igualdad, nos tienen a mal traer. ¿Es que no se dan cuenta de para qué las queremos y de que no sólo no nos atrae sino que nos jode cantidad que sean más inteligentes, más cultas, ocupen puestos más importantes y ganen más que nosotros?. Nuestras compañeras de trabajo debieran comprender que, por listas y eficientes que sean, para nosotros su máximo valor es otro. En las descripciones de las redes sociales y de los portales de encuentros, si dijéramos la verdad en lugar de las mentirosas cursiladas románticas con las que nos vemos obligados a describimos a nosotros y a la mujer de nuestros sueños, deberíamos poner algo parecido a “Yo, macho ibérico; busco hembra no muy lista que esté buena y que se deje”; pero la necesidad manda y hace que disimulemos, sabiendo que el que mejor lo hace es el que se lleva la gata al agua.

Cuando me separé tenía el firme propósito de quitarme para siempre de las mujeres, pero después de unos meses de aparentemente gratificantes partidas de mus y de tenis y de distendidas comidas y charlas con mis amigos, poco a poco, y pese a intensificar mis solitarios sin baraja, fui echando de menos de una manera irresistible “lo único” y rompiendo todas las promesas que me había hecho, con el mismo sentimiento que el que reincide en el tabaco, el alcohol o la droga, volví a caer en las mujeres.

Y en esas estoy, cabreado conmigo y, sobre todo, con ellas; no puedo perdonarles el “mono” que, pese a lo mal que me hacen sentir y a que sé que no me convienen, su falta me produce, así que para vengarme poniendo al descubierto sus vergüenzas, y dejando claro que como habrán visto trato de hacer un análisis objetivo y nada machista del asunto, he reflejado mi visión sobre esos incomprensibles y contradictorios seres con los que, para nuestra desgracia, compartimos especie, en este

                                 MANUAL DEL CONQUISTADOR

 
Háblale de su hermosura
por lista, la felicitas
dile, que es la más pura
y en el chichi… frieguecitas.
 
Pondérale su candor
sus dones, se los recitas
y mientras le hablas de amor
en el chichi… frieguecitas.
 
Habla del alma, del cielo
de santidad, de eremitas,
del más elevado anhelo
y en el chichi… frieguecitas
 
Todas buscan un San Juan
un arcángel solicitan.
No te dejes engañar
no creas lo que predican,
porque para hacer amar
a matronas y mocitas,
nada vale si no es dar
en el chichi…frieguecitas.

 
 
Adolfo Barrio