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Mensaje en una botella

Gravity

Marzo 5, 2014

Siempre quise estar aquí, aunque sólo pueda escuchar el silencio. A 600 kilómetros sobre el planeta Tierra, no hay nada que transporte el sonido. Mis pensamientos parecen hablar en medio de la quietud de este espacio infinito en el que estoy flotando. No estoy solo en esta incierta misión: me acompaña la doctora Stone, pero ahora estoy buscándola porque la he perdido. Sé que está cerca, tan cerca como mi deseo de alcanzarla. Ya casi la tengo. Casi puedo sentirla a mi lado. Pero es tan grande el espacio y parecen tan infinitas las distancias…

Mientras sigo con la búsqueda, echo un vistazo a La Tierra. Sé que estoy mirando hacia mi hogar, aunque a 600 kilómetros sobre el planeta, cualquier hogar cobra un sentido muy diferente. La sensación de que ahí está mi casa resulta muy extraña aquí arriba, en el espacio. Para empezar, decir que estoy aquí arriba no es probablemente lo más correcto. Es posible que esté aquí abajo o aquí al lado, porque la perspectiva de la bola terráquea es cambiante. Pero Houston y yo nos hemos acostumbrado ya; y hemos convenido seguir situándome aquí arriba.

Me desplazo con los propulsores situados junto al tanque de oxígeno que cargo como mochila salvavidas. En verdad son mi salvavidas, junto al traje y al casco que me envuelven. Estaría perdido sin ellos, más perdido de lo que estoy ahora mientras sigo el rastro de la doctora Stone. Pero ella no lo sabe porque hace tiempo que perdimos el contacto entre nosotros, casi a la vez que perdimos el contacto con Houston. Ahora sé lo que sintieron los astronautas del Apolo XIII cuando se escuchó el mítico: “Houston, tenemos un problema”.

Pero hasta los problemas se contemplan de forma distinta aquí arriba. Mientras floto en el espacio, pienso en los problemas de los que me lamento cuando camino por la calle ahí abajo. Y me doy cuenta de que su gravedad es muy teórica. Gravitando aquí arriba, aprendes a despojar de gravedad a todo lo de ahí abajo. Haber perdido la  comunicación con Houston, mientras flotas en el espacio, sí que es un problema. Sentirse solo y abandonado en un lugar en el que no hay presión del aire ni oxígeno, a 600 kilómetros sobre La Tierra, no es un problema: es el problema. 

La segunda revolución 

Nadie va a venir a salvarme porque nadie sabe dónde estoy. Estoy desplazándome a gran velocidad en busca de mi compañera porque sé que la doctora Stone me necesita para sobrevivir. Pero lo más importante es que yo mismo, el teniente Kowalski, también la necesito a ella. Lo supe en el momento en que le pregunté qué es lo que más le gustaba del espacio. “El silencio. Podría acostumbrarme a él”, me respondió.

Sólo soy un personaje de ficción que trata de llevarte de viaje hasta el espacio y de provocarte emociones a través de ese séptimo arte llamado cine. La película Gravity, de cuyo elenco formo parte, ha recibido importantes premios en las últimas semanas. El más sonado y reciente es el Oscar al mejor director para Alfonso Cuarón, que es una de las siete estatuillas concedidas por la Academia de Hollywood.

Sólo soy el personaje de una película que ha asombrado al autor de este artículo que estás leyendo. Tengo entendido que le parece revolucionaria por la forma en que consigue trasladar el espacio a la gran pantalla y por cómo logra transportar al propio espectador a la película hasta convertirlo en parte de ella. Dice que es la segunda revolución del cine ambientado en el espacio, después de La guerra de las galaxias (1977).

Y mientras tanto, yo sigo aquí arriba. Tengo una misión por delante. Es tan incierta como apasionante. Es tan apasionante como silenciosa. Pero no importa. Porque siempre quise estar aquí, aunque sólo pueda escuchar el silencio.

 

Juan Diego Guerrero es director de Noticias Fin De Semana en Onda Cero

Sígueme en Twitter: @juandiguerrero