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Los puntos cardinales

Gavrilo y Francisco Fernando reabren las heridas balcánicas

Julio 1, 2014

Tengo la impresión de que los países europeos, y el nuestro especialmente, viven una suerte de ensimismamiento que los hace perder la perspectiva del pasado más reciente. Metidos de lleno en las tensiones entre Bruselas y Londres, el alto el fuego fracasado en Ucrania, el asesinato de los tres adolescentes israelíes y, por estos pagos, en los avales de los candidatos del PSOE, el centenario de la primera gran guerra pasa casi inadvertido. Y por multitud de factores debería servir para realizar una reflexión profunda y muy sosegada sobre el siglo que cambió el mundo.

El atentado de Sarajevo tuvo una inspiración previa en las ansias del nacionalismo serbio del coronel Dragutin Apis y su grupo, la Mano Negra. El sueño de Apis era sumar a todos los pueblos de los Balcanes, incluido el de Macedonia, bajo la dirección de Belgrado. Para ello había que asestar un golpe a la corona de Austria. Al no poder acabar con Francisco José I, fue su heredero Francisco Fernando quien moriría acribillado por las balas de Gavrilo Princip, un joven atormentado y enfermizo cuyo cerebro fue literalmente lavado por Apis. El atentado dio paso a un juego de alianzas. Las lecciones de la postguerra están ahí. No puede entenderse, por ejemplo, el origen del nacionalsocialismo alemán sin las consecuencias de las condiciones acordadas en Versalles.

Principios territoriales

La historia de la Yugoslavia unificada por el croata Josip Broz Tito fue la de un modelo de convivencia y de gestión que durante años se mantuvo al margen de los órganos de decisión de la URSS y abrazó la causa de los no alineados. Pero al final, los principios territoriales irrenunciables y el modelo económico fracasaron. Luego, lo que ocurriría a comienzos de los años noventa es algo bien sabido. Europa contempló estupefacta cómo tenía lugar a sus propias puertas el enfrentamiento civil más sanguinario y con mayor número de muertos después de la Segunda Guerra Mundial.

En 1995, la comunidad internacional se reunió en la ciudad de Dayton, en el estado de Ohio, para redactar los términos del final de la contienda. Se rediseñó el mapa de la península balcánica con un abigarrado sistema de fronteras y de integración entre las distintas comunidades étnicas y religiosas. En estos diecinueve años transcurridos las cancillerías occidentales han temido por la fragilidad de un juego de equilibrios cuyas costuras parecían a punto de saltar a cada poco. Los actos de conmemoración del centenario del atentado de Sarajevo han mostrado al mundo esa fragilidad que algunos no querían ver.

Católicos croatas, musulmanes bosnios y ortodoxos serbios han optado por vivir cada uno a su manera la conmemoración de este siglo transcurrido, sin una celebración conjunta que hubiese confirmado que la guerra y sus secuelas eran simplemente parte de los libros de historia. Porque el problema es que incluso en esos textos que estudian los jóvenes balcánicos, la historia, la literatura y la geografía están sujetas a los criterios e intereses políticos de las diferentes administraciones y, en última instancia, a la interpretación del personal docente. Con semejante sistema, lejos de recuperar la necesaria unidad, las diferencias continuarán siendo irreconciliables para las nuevas generaciones que no sufrieron la guerra pero que parecen ser un vivero de manipulación y odio por parte de quienes parecen contemplar permanentemente cómo supuran las heridas. Para algunos, Gavrilo Princip no fue más que un idealista tuberculoso borracho de ideas ajenas. Para otros, un nombre que merece su descanso como héroe en una capilla ortodoxa de Sarajevo. Como si un siglo no fuese nada.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero