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A QUIÉN CORRESPONDA

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Otras opiniones

Garzón, ese otro Gran Hermano

Febrero 7, 2012

Los fieles de una religión suelen decir que, para poder ser considerado como un integrante consecuente y pleno de la misma, el seguidor en cuestión debe aceptar íntegramente el credo y las premisas de la confesión de que se trate. Sin fisuras. Según esto, no cabría un catolicismo a medida o un hinduismo a la carta porque -en su misma esencia-, se encuentra implícita la idea de una asunción total de sus valores propios. Creer no es otra cosa que prestar una aceptación indivisible a una determinada concepción del mundo. La Fe, así entendida, está constituida por un todo o nada místico que, forzosamente, determina nuestra jerarquía de valores morales.

Viene esto a cuento porque, del mismo modo que no se puede hablar de creer sólo un poquito en Buda o sólo un poquito en Jesucristo, también podemos decir que no podemos creer sólo un poquito en el Estado de Derecho. El Estado de Derecho está integrado por un conjunto de valores, principios y usos que, de forma íntima y estrecha, se encuentran relacionados entre sí. Estos principios condicionan decisivamente nuestra existencia en sociedad y nuestro marco de derechos y obligaciones frente al invasivo Estado moderno.

Cuestión de fe

Si no creemos en alguno de estos principios, difícilmente podremos creer en los demás. Están interrelacionados: si desarrollamos uno, desarrollamos los restantes. Y si no lo hacemos, estaremos desequilibrando el sistema por defecto. Debemos defender una aceptación completa de este sistema de garantías, aunque nuestra imperfecta democracia esté reclamando un mayor desarrollo que profundice el contenido de nuestros derechos y libertades

No se puede creer en sólo una parte de los elementos de un Estado de Derecho y orillar sus demás aspectos. Eso nos lleva siempre a contar con un Estado de Derecho nominal e ilusorio. Y podemos permitirnos el lujo de creer un poquito en Jesucristo o de creer en retales de Brahma, pero no podemos permitirnos el lujo de creer parcialmente –un poquito– en el Estado de Derecho. Porque mientras Jesucristo o Brahma pertenecen al mundo místico de los valores espirituales y personalísimos del ser humano, los resortes del Estado de Derecho son un pilar fundamental de nuestra vida social práctica y cotidiana. Por eso, no podemos creer un poquito en el Estado de Derecho. Porque si no lo aceptamos como un todo nos acaba estallando en la cara.

Creer un poquito ene el Estado de Derecho

Viene todo esto a cuento a causa de uno de los procesos en los que se está juzgando a Baltasar Garzón. Aquel que versa sobre las escuchas a los abogados de la llamada trama Gürtel. Especialmente espeluznante. Abogados que, preparando una adecuada defensa de sus respectivos clientes, son intervenidos en sus conversaciones profesionales y privadas. Un Instructor que, durante esa fase crucial del proceso, conoce de primera mano las líneas maestras de la defensa de los imputados. La peor de nuestras pesadillas. El conocimiento exacto y minucioso de nuestros ejes de actuación profesional en el caso concreto, así como de la versión de los hechos que nos está dando nuestro cliente.

Se han levantado voces que disculpan estas actuaciones. Voces de apoyo incondicional al magistrado. Se ha opinado en favor de intervenir nuestras conversaciones profesionales en algunos casos tasados y concretos. Creer un poquito en el Estado de Derecho cuando, como es el caso, el derecho de defensa es uno de aquellos derechos sagrados e inviolables del individuo. El derecho de toda persona a defenderse en un proceso con todas las garantías. El derecho a preparar con tu abogado una defensa adecuada y digna. El derecho a hacerlo de manera confidencial y privadísima. El derecho a defenderse frente a imputaciones públicas y privadas, en definitiva. El derecho por cuya vulneración se está juzgando al juez Garzón.

En esto, como en tantas y tantas otras cosas, se está librando una batalla. Otra batalla en la guerra de la preservación de nuestros derechos fundamentales frente a la omnipotencia de los poderes públicos. La persona -o lo que va quedando de ella-, frente a Gran Hermano. A un todopoderoso Gran Hermano que poco, o nada, tiene que ver con el concurso de la televisión.

Ignacio Toledano es abogado.