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Atando cabos

Fracaso escolar, pero de profesores y padres

Mayo 19, 2013

Año tras año España sale en todos los rankings educativos como uno de los países europeos con mayor fracaso escolar. Y los últimos datos oficiales de 2012 no han sido una excepción: uno de cada cuatro jóvenes españoles entre 18 y 24 años no cursaba ningún estudio. Según los datos de la oficina estadística europea, Eurostat, la cifra dobla la media europea y sitúa a España a la cabeza del Viejo Continente en fracaso escolar o abandono educativo temprano, el que mide el porcentaje de alumnos que no prosiguen sus estudios más allá de la secundaria obligatoria.

Es incontestable, en este aspecto, la necesidad de una nueva Ley de Educación que acabe con estos datos. Pero las razones de este fracaso no son exclusivamente legales. No es porque exista una Ley u otra. Desde el inicio de la democracia ha habido numerosas, demasiadas leyes de educación, todas ellas promovidas, por cierto, por el mismo partido político (PSOE), y ninguna ha logrado romper los malos resultados. Todas las leyes hasta ahora han tenido, además, un objetivo absurdo: erradicar como valores caducos el esfuerzo, la excelencia, la disciplina o el respeto a la autoridad del profesor.

El problema es de mentalidad. El problema es no tener claro que la Educación y el sistema educativo debería ser la prioridad en prestigio y recursos. El oficio de maestro o profesor debería ser en nuestro país algo mucho más valorado, al que accedieran los más preparados y, por supuesto, que estuviera bien remunerado.

No existe el fracaso escolar del niño

El niño no tiene fracaso escolar. El niño sufre a consecuencia del “fracaso escolar”, pero ni lo crea ni lo difunde, ni lo provoca. El niño se limita a sufrir las consecuencias del fracaso escolar, que no es sino el fracaso de alguna acción educativa. El niño tendrá, muy posiblemente, una dificultad para algún tema escolar. Por ejemplo: le costará fijar la atención, o le resultará especialmente difícil el aprendizaje del cálculo, pero el problema es lo que rodea al niño.

Si en su escuela o en su casa, se dan cuenta a tiempo de que el niño tiene dificultades, podrán estudiar esas dificultades y poner en marcha las acciones necesarias para superarlas: una mayor atención, unas clases especiales, una adaptación de los objetivos educativos, etc…Si nadie repara en las dificultades del niño, o si no se les da la necesaria importancia, el niño tendrá trastornos en sus aprendizajes, que, en el peor de los casos, se irán acumulando a cada curso que el niño haga.

La culpa no es del niño. El niño es el eslabón más débil de la cadena. Primero porque es niño, y segundo porque el niño no es un técnico ni en pedagogía, ni en psicología, ni es maestro, ni ninguno de los profesionales que, se supone, son quienes trabajan para enseñarle y conducir sus aprendizajes. A estos son a los que hay que proteger. A estos son a los que hay que darles más recursos y prestigio. El mal llamado fracaso de los niños es, sin duda, el de sus profesores y padres, por lo que es necesario recuperar el valor del esfuerzo, el mérito y la satisfacción por el trabajo bien hecho. 

Juan de Dios Colmenero es Redactor Jefe de Nacional de Onda Cero Radio