Menú Portada
Los puntos cardinales

Fidel y Ahmadinejad leen a Arniches: por la boca muere el pez

Febrero 15, 2011

A media que van cumpliendo año biológicos y en el poder, los dictadores se reafirman en su formas más abominables de pensar. No es extraño. Al estar permanentemente rodeados de palmeros, sus verdades, -las suyas-, pasan a ser tan infalibles como los razonamientos del Papa porque nadie tiene el coraje de contradecirlos. Lo que pasa es que, cegados por esa sensación de epicentro cósmico que les caracteriza, sólo ven los errores ajenos.

Hace un par de días, Fidel Castro lamentaba en un texto publicado en “Reflexiones” que el depuesto Hosni Mubarak se hubiese dedicado a oprimir y saquear al pueblo egipcio. A Fidel, como al resto de la especie autoritaria, se le llena la boca de “pueblo”, en un gesto de conmiseración loable, si no fuese porque quien se pronuncia en esos términos siempre acaba cogido en la trampa. De manera que, según el comandante cubano, Mubarak era un cómplice de Israel y Obama el amo de una corrala que no para de intentar influir a los líderes de otros países. Habrá que recordarle al anciano ex presidente caribeño que desde 1959 él solo se ha preocupado por lo suyo y que, puesto a dar doctrina a otras naciones, tuvo al Che como embajador de su causa revolucionaria por las cuatro esquinas de Latinoamérica.



Engullidas por sus contradicciones


Como digo, las dictaduras acaban siendo engullidas por sus propias contradicciones. El pasado viernes, el ayatolá Ali Khamenei y el presidente iraní, Mahmud Ahmadinejad, veían en el levantamiento de la población egipcia el amanecer de un Oriente Medio islamizado. Se conmemoran estos días treinta y dos años de la revolución que acabó con el sha Reza Palevi y el régimen iraní calificó con sobresaliente el espíritu y la movilización de la Plaza Tahrir. Pero, por paradojas del complicado juego de las tiranías, los iraníes se han echado a las calles, no para alentar la caída de Mubarak, sino para exigir el fin de un sistema que ha hecho del Corán la mordaza de millones de inocentes y donde las Fuerzas del Estado se han dedicado a cultivar la delación y la denuncia.

De esto podemos extraer alguna conclusión. Que los sátrapas, independientemente de la parte del mundo en la que gobiernen, tienen demasiados elementos comunes. Y que la gran diferencia en los dos casos que acabamos de comentar es que mientras los iraníes son capaces de acabar en un charco de sangre para cumplir su sueño de libertad, los cubanos prefieren esperar a que la inexorable cita de sus ancianos mandatarios con la señora de la guadaña acabe por hacer realidad el cambio.

 

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero