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A renglón seguido

Festas y bestas

Junio 21, 2017
sabucedo

¿Qué tienen en común animales tan heterogéneos como pulpo, caballo y toro? Pues que han sido los verdaderos agonistas, siempre contra su voluntad, de las todavía humeantes actividades zoo-culturales de las que sólo el équido sale indemne, en tanto que el cefalópodo y el cornúpeta pierden su compatibilidad con la vida formando, por ese orden, parte del culinario paisaje y lienzo de sanguino estoque.

Algunos trepas se suben por las paredes a toda costa, y el pulpo, o polbo de lugareños, se ha encaramado, y no por su propio pie sino de la mano del hombre, a las mesas de Mugardos para ser devorado (a festa), con sumo gusto, en plato o ´en panada´, ad líbitum, como marca la tradición por esos pagos del noroccidental terruño.

Por su parte, y continuando con el galaico periplo, los mozos proceden, un año más, a cercar temporalmente a un buen puñado de montaraces equinos para desproveerlos de su alisada melena, una antiparasitaria e higiénica medida practicada sobre sus crines, y cuya ceremonia pasa por conocerse como A rapa das bestas en Sabucedo.

Llueve sobre mojado, y continúan los tocamientos en San Fermín. Aunque no se encuentra la descerebrada ´Manada´ en los encierros por estar encerrada tras la preventiva puerta del penal en el que penan por los supuestos hechos de acoso, derribo y vejación, la ´Costilla de Adán´ tiene que lidiar por las calles y plazas pamplonesas con los nada mansos rezagados mentales, que pretenden sobar, cuando no hincar la puya, la dignidad de las amazonas que cabalgan a lomos de la fiesta. Otros bípedos actúan cual octópodos vista su jadeante actividad de caricias y cachetes en grupa: como auténticos ´tienta-culos´.

Pero también llueve sobre secano, con consecuencias sobradamente conocidas unas y sorprendentes e inexplicables otras, y algunas de las inanimadas víctimas han sido la “T4” del ex-Barajas, la estación de Chamartín y los intestinos del Metro. Las copiosas lágrimas del grisáceo algodón, fruto de un cúmulo de nimbos en diversos estratos, inundaron los recintos y las ilusiones de turistas y viandantes: llovía por tierra y por aire a mares.

No obstante, los pluviómetros, dada la intermitencia de su actividad, podrían decidir, a gota alzada, darse el bote a la vista de los acontecimientos, y, por si demoraran su retorno post vacacional, dejarían indicaciones para contactar con el “112” (emergencias) para mediciones de urgencia.

A su modo, los pantanos ponen el grito en el cielo clamando por colmar su enclenque despensa, y así dar por anegado el aljibe de sus sedientas rogativas, mismas que, ante la ausencia de líquido elemento, podrían sustentarse en el episodio de perplejidad vivido por aquel invidente, quien le participaba a otro su anhelo: –¡Ojalá lloviera!; –a lo que replicó el contrario–: –¡Ojalá viera yo!

Nunca llueve a gusto de todos. Consecuencia más directa: el mal sabor de boca que nos puede llegar a dejar; especialmente si no podemos enjuagarnos el gaznate, lo cual deriva en un profundo, notable y constatable desaliento.

Paco de Domingo