Menú Portada
Mensaje en una botella

Estudia, que algo queda

Junio 23, 2011

Ser algo en la vida. Ése es el objetivo que siempre me señaló mi Madre. Desde joven aprendí que sólo el esfuerzo me permitiría conquistar el sueño de ser periodista. Y desde joven comprendí que aquel esfuerzo requería sacrificios. Estudiar no fue un sacrificio, aunque llevara acarreado un esfuerzo. Un par de décadas después, escribo este artículo desde la Universidad Menéndez Pelayo de Santander. Ahora, mientras contemplo la inmensidad del Cantábrico desde el deslumbrante Palacio de La Magdalena, recuerdo que hubo un día en que estuve a punto de dejarme vencer y renunciar al estudio.

No es que yo sea viejo, sino que empecé joven. Comencé a trabajar a temprana edad porque me corría prisa ganarme yo solito las habichuelas. Se aprende mucho viviendo en un barrio obrero y aplicándose en los estudios para lograr una beca que permita liberar a tus padres de una parte del gasto que conlleva tener un hijo con aspiraciones periodísticas.

Por eso empecé a trabajar siendo muy joven. Compaginaba los estudios de Ciencias de la Información con mis primeros empleos como becario o como redactor en prácticas. El hambre de Radio me hizo pegar mordiscos a la ilusión desde joven y, cuando quise darme cuenta,  trabajaba a pleno rendimiento sin haber acabado la carrera. Sólo me quedaba una asignatura para acabarla. Y un día, bajé los brazos.

El brillo de la esperanza

Estaba decidido a renunciar al título. Total, ¿qué importaba una asignatura? No sería licenciado pero ya era periodista. Eso era lo verdaderamente importante. Así pensaba cuando andaba cruzando el ecuador de la veintena a la treintena. Me había dado por vencido. Había renunciado a colgar el título universitario en la pared. Era infinitamente más importante poder volver a casa cada día con la sensación de ser periodista. Hasta que un día todo cambió.

Todo cambió gracias a una mujer que nació en el año en que comenzó la Guerra Civil, que no tenía estudios y que había aprendido a leer y a escribir  por su cuenta. Esa mujer era mi Madre y fue ella quien consiguió hacerme ver que el saber no ocupa lugar. Ella me arrastró a acabar la carrera. Ella hizo que ahora pueda escribir en mi curriculum vitae que soy licenciado en Ciencias de la Información. Ella consiguió que ahora sea algo en la vida.

Ahora, cuando me dirijo a los alumnos del curso que impartimos varios periodistas de Onda Cero en esta universidad, veo en sus ojos el brillo de la esperanza. Esa esperanza es la de aprender, formarse y prepararse para el futuro incierto que se avecina. Probablemente ellos lo tengan peor que los de mi generación para encontrar trabajo. Pero hacen bien en estudiar. No por sus padres sino por ellos mismos.

Un tesoro

Todavía recuerdo el día en que me presenté en casa con el título universitario en las manos y se lo entregué a mi Madre como regalo. Ella lo custodió durante años como si se tratara de un tesoro. Aquel pergamino era la expresión de un sueño hecho realidad, la consecución de un logro que antes parecía inalcanzable. Aquel trozo de papel cuelga ahora en mi habitación y, al verlo cada noche al acostarme y cada mañana al levantarme, me ayuda a recordar que soy algo en la vida.

Hoy he recomendado a los alumnos del curso de la Menéndez Pelayo que estudien. Uno de ellos me ha preguntado a la salida del aula cuál era la razón última que debía llevarle a seguir mi recomendación. Sólo he necesitado cuatro palabras para responder a la pregunta. Las mismas cuatro palabras que tantas veces repitió mi Madre para convencerme a mí: “Estudia, que algo queda”.

 

Juan Diego Guerrero es director de Noticias Fin De Semana en Onda Cero

jdguerrero@extraconfidencial.com