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Mensaje en una botella

Esto es el fin del mundo

Marzo 19, 2014

Abrió los ojos y se sintió como si fuera la primera vez que lo hacía. Todo a su alrededor estaba envuelto por el infinito manto del silencio. No alcanzaba a escuchar nada. El viento ululaba ahí fuera y no se veía un alma. Salió a la calle en busca de una explicación o en busca de alguien que pudiera dársela. Pero no había nadie. La calle estaba desierta, sin viandantes, sin coches, sin motos y sin bicicletas. Desolador.

Probó a volver a cerrar y abrir los ojos. Su reencuentro con la realidad fue el mismo que había experimentado minutos antes. Él era ahora mismo Eduardo Noriega en la secuencia de Abre los ojos en la que deambula por una Gran Vía completamente desierta. Pero él no era un personaje de una película de Amenábar. Él era un hombre de carne y hueso. O eso creía. Hasta ese momento.

Decidió caminar. Según avanzaba, podía escuchar el resonar de sus pasos por la calle vacía. La ciudad, que había enmudecido, se convirtió en una inmensa caja de reverberación que le devolvía el sonido de sus zapatos al contacto con la acera. No daba crédito a lo que pasaba. No encontraba una justificación a lo que ocurría. Era incapaz de hallar respuesta a lo que estaba sucediendo.

La incredulidad dio paso a la inquietud. Y la inquietud comenzó a tornarse en miedo. Un escalofrío le atravesó el cuerpo y paralizó sus miembros. Las piernas no le respondían y se quedó inmóvil, como si su cuerpo luchara en medio de arenas movedizas que amenazaban con engullirle. Se sintió solo, más solo de lo que nunca había imaginado. Y el pavor que le provocó esa soledad hizo que su mente se quedara en blanco. 

¿Qué futuro le esperaba? 

No sabía qué hacer. No tenía ni idea de cómo salir de aquella inesperada situación. Se sentía impotente, en mitad de la nada, en medio del silencio. No estaba preparado para aquéllo. No contaba con que pudiera pasarle algo así. Siempre había encontrado a alguien a su alrededor, por muy solo que hubiera querido estar a veces. Pero una cosa era querer estar solo y otra tener que estar solo. Cuando quería estar solo, sabía que era fácil dejar de estarlo. Ahora no sabía cómo dejar de estar solo porque no encontraba a nadie que le previamente le hiciera desear  dejar de estarlo.

Esto es el fin del mundo”, se dijo a sí mismo. Luego lo dijo en voz alta. Pero nadie respondió. El eco de su voz devolvía cada sílaba de sus palabras. Nadie podía imaginar cómo se sintió en aquel momento. Y lo triste es que nadie llegaría a saberlo porque no podía contárselo a nadie. ¿Qué futuro le esperaba? ¿Qué final le habría reservado el Destino? ¿Cuándo llegaría el desenlace? Allí, inmóvil en medio de la calle, ya no sabía qué pensar. Fue entonces cuando sonó la alarma de su teléfono móvil.

En un acto reflejo, sus dedos se desplazaron por la pantalla táctil del smartphone casi sin prestar atención. Pero sólo casi. Porque unos segundos le bastaron para leer las palabras que aparecieron bajo el cristal del teléfono: “10 minutos para el Madrid-Barça”. Entonces lo comprendió: se había quedado dormido después de un día agotador y, al despertar, comprobó que las calles estaban desiertas. Las calles se habían vaciado 15 minutos antes del Madrid-Barça y a él sólo le faltaban 10 para llegar al bar en el que había quedado para ver El Clásico. “Esto es el fin del mundo”, repitió una y otra vez mientras volaba más que corría hacia el bar.

¿Cree que exagero, mi querido y paciente lector? Asómese usted a la ventana este domingo a las 20:45, a las 19:45 si vive  en Canarias. Y ya me lo cuenta si eso.

 

Juan Diego Guerrero es director de Noticias Fin De Semana en Onda Cero

Sígueme en Twitter: @juandiguerrero