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Otras opiniones

España, parque temático de los nuevos pobres

Febrero 15, 2012

Hay una nueva realidad en España, que un argentino residente entre nosotros no tarda en notar. Me lo dice como si él tuviera un doctorado en esto de países que se desaguan y esperanzas que se desfondan, en crisis que castigan y en pasaportes que irrumpen como única alternativa. Lo hace con gracia, con una pizca de picardía porteña, y con recursos que no conseguirían inventar los “gallegos”: los españoles son nuevos pobres.

Todos conocemos la expresión “fulano es un nuevo rico”, que acarrea una connotación, invariablemente negativa: se trata de un enunciado derogatorio, cargado de estereotipos que denotan a un ciudadano poco propenso a la discreción y al buen gusto. El nuevo rico ha triunfado tan rápido que no le ha dado tiempo a asimilar su nueva condición. Es un triunfador, sí, pero también su caricatura.

Contrafigura del nuevo pobre

Su contrafigura es el nuevo pobre. Tampoco éste ha tenido tiempo de asumir la no querida pobreza. Pero -a diferencia de aquél-, no es ostentoso, acaso porque en la escasez no hay mucho que exhibir y sí algo que ocultar. Son ciudadanos de clase media, que durante los últimos años han conseguido comprar casa, cambiar el coche cada dos ó tres años -coche extranjero, no precisamente barato-, cuyos veraneos eran de un mes entero, cuyos hijos estudiaban inglés en Londres o en Estados Unidos … Abreviando: eran españoles que -durante quince años-, se creyeron franceses . Desde hace algunos años, ya no cambian el coche: lo llevan al taller.

No son pobres consolidados -tampoco fueron ricos consolidados-, y ahora descienden, resignados, hacia su nueva realidad: clase media que se endeudó, que descubrió el erotismo de la sociedad de consumo, al que ahora tiene que renunciar. Nunca consiguieron ser del todo lo que aspiraban ser, pero le habían tomado el gusto a la cosa.

Gestionar los recursos del naufragio

 

Ahora que la tarjeta de crédito tirita de frío en el bolsillo, ahora que su propietario no llega a fin de mes, siente añoranza del ayer. Y nadie le defiende. El Gobierno hará recortes, y generará más pobreza. Anda en busca de su alma y gestiona los restos del naufragio.

Dice Borges que no hay más paraísos que los paraísos perdidos, y el nuevo pobre vive entre la nostalgia de lo que ya no es -ni volverá a ser-, y lo que no es todavía, pero se insinúa ya en los recortes salariales, en la subida de la luz, del gas y de la gasolina, en la cuenta del hipermercado, y en los restaurantes en los que entraba y que ahora contempla desde la acera de enfrente.

El nuevo pobre puede estar peor de lo que estas líneas sugieren: acaso lleva sin trabajo tres años, y su mujer también. ¿Y los hijos? Han perdido su trabajo -nunca lo han tenido-, y acaso piensan en emigrar a otro país europeo, a Brasil o a la Argentina. Los datos cantan: el 48,7% de los menores de 25 años no tiene trabajo. Ni lo tendrán.

Algunos ya se fueron a Buenos Aires o Brasil o Noruega. No son como los que llegaron a principios del siglo pasado: aquellos eran antiguos pobres, y algunos nunca vieron la palabra “pobre” en el periódico, porque nadie les había enseñado esa rara habilidad, la lectura. Estos son pobres que están aprendiendo el guión.

Saben leer, y no pocos llevan un título universitario bajo el brazo. Ya no llevan boina. Y bajo el ala del sombrero acaso sienten la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser.

Esther Codina