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Otras opiniones

Escraches y legítima defensa

Mayo 8, 2013

Por una vez, unanimidad total en el arco parlamentario: todos los partidos piensan que la esfera personal y la intimidad de los políticos deben ser inviolables y consideran absolutamente intolerables, tanto los escraches, como las referencias personales en las redes sociales y las protestas directas ante los políticos reunidos en el Congreso. Dicha unanimidad se traslada también a los medios: varía en estos la valoración sobre el motivo de estas protestas, pero ninguno justifica el modo de realizarlas; así que voy a tratar de hacerlo yo.

Es totalmente comprensible que los políticos que, ante la ruina y el desamparo absoluto de gran parte de los españoles mantienen impávidos sus privilegios, consideren que lo que deben hacer los ciudadanos es votar cada cuatro años y abstenerse de molestar mientras tanto; no me parece tan normal que los medios piensen lo mismo, pero incluso los que defienden los motivos de la protesta, condenan su forma y es que lo de respetar la intimidad constituye un  mantra de la actual sociedad burguesa que ya nadie osa discutir (en mi juventud sí lo hacíamos, pero las comunas de ahora las impone la crisis).

Al pobre y al gorrión: perdigón

Naturalmente, a los que no tienen casa, ni trabajo, ni ordenador, ni cuenta en Facebook y viven hacinados en albergues, de la caridad de sus familias o como buenamente pueden, que cada vez, gracias a sus inviolables señorías, son más, cuando oyen hablar del respeto a su intimidad y a la de sus hijos les da la risa floja (algunos, incluso se enfurecen) pero ello no es sino una demostración de su embrutecimiento y falta de sensibilidad hacía valores más elevados que los puramente materiales; así que, como siempre, al pobre y al gorrión: perdigón.

Pecando de absoluta incorrección reconozco que al ver ayer en la tele las airadas protestas de un grupo de políticos ante los escraches a los que eran sometidos, no pude evitar el acordarme de la respuesta que me dio un señor en Bilbao el día de los derechos humanos de hace ya bastantes años cuando, al salir del céntrico hotel donde me hospedaba y ver el follón que había en los alrededores, le pregunté que qué pasaba y me contestó, “son los del tiro en la nuca que piden derechos humanos” (vaya huevos, no me conocía de nada).

Pues ahora, no son los del tiro en la nuca, pero sí los que han dejado sin trabajo, sin casa, sin esperanza y sin dignidad a millones de españoles los que piden derechos humanos.

Son los del despilfarro y las obras faraónicas sin utilidad alguna, los del cobro de comisiones a las empresas para repartirse sobresueldos millonarios, los de las preferentes, los que mantienen cinco niveles de administración superpuestos y miles de inútiles entes públicos porque les sirven para garantizarse su colocación y la de los suyos, los que suben los impuestos y bajan las prestaciones sociales y las pensiones, los que, cuando les hablan de renunciar a alguno de sus privilegios, miran hacia otro lado, los que propician que nos echen de  nuestras casas y se niegan a la dación en pago (no les basta con que perdamos la casa, nuestra ruina debe ser para siempre), los que se han cargado la educación y pretenden hacer lo mismo con la sanidad, los que, ¡con 7 años de cotización!, tienen garantizada la pensión máxima y los que, actuando como brazo armado de la patronal, han aprobado una reforma laboral que básicamente consiste en la práctica en que las empresas, por grandes que sean sus beneficios, pueden echar y echan en masa y todos juntos (eso son los ERES) a los mayores de 50 años, los que están preocupadísimos porque los ciudadanos no respetamos sus derechos humanos.

Sin arrepentimiento

Pero quizá lo peor sea el que jamás les veamos un signo de arrepentimiento ni de rectificación (no digamos ya de disculpa, aquí no se ha disculpado ni Zapatero); todo lo contrario, la culpa jamás es suya, no se han equivocado en nada y como están ungidos por la baraka de su brillante destino jamás rectifican ni dan su brazo a torcer, así que ya sabemos, y no tienen empacho en recordárnoslo, lo que nos espera: más de lo mismo, perseverancia en el disparate, esa es la solución; y el que con ella se vaya consiguiendo incrementar cada día niveles de paro y deterioro social que parecían insuperables para nada les arredra: la culpa siempre es de otros y, en medida muy importante, de los ciudadanos, que protestamos, ponemos trabas a nuestra inmolación y les hacemos escraches.

Después de llevar a millones de personas a la ruina y a la desesperación y de proseguir sin descanso su tarea de demolición, les indigna que vayamos a su casa a protestar, a violar su sagrada intimidad y a pedirles que rectifiquen; es intolerable y, además, podemos molestar a sus hijos, aunque quizá debieran pensar en la multitud de niños a los que nadie va a molestar a su casa, porque les han echado de ella junto con sus padres, o en los millones de españoles que no tienen, como ellos, que soportar manifestaciones ante su lugar de trabajo, porque carecen de él y en los que, cada día y merced a su egoísmo, mezquindad e incapacidad, pasan a engrosar las filas de los anteriores.

Impunidad de los políticos

Me niego a aceptar la impunidad de los políticos que defienden únicamente sus propios intereses y beneficio y que su único castigo sea el que en la siguiente legislatura no les votemos y los escraches me parecen una actuación de legítima defensa de los ciudadanos extremadamente moderada; la situación de los millones de personas a las que han dejado  sin trabajo, sin casa y sin esperanza de ningún tipo probablemente justificaría medidas más enérgicas; el que la oposición al sistema lo constituyan los inofensivos y desideologizados “indignados” que, sin cuestionar sus bases ni plantear alternativas radicales, se limitan a hacer escraches pidiendo medidas concretas más que razonables, debería ser para los miembros de los intercambiables e impresentables partidos políticos un motivo de celebración y no de queja.

Lo que resulta asombroso, aunque revelador de la prepotencia y desprecio a los ciudadanos de nuestra clase política, es que, conociendo quienes son los que protestan, por qué lo hacen y cuál es su situación, los políticos se permitan las airadas condenas y descalificaciones que vienen realizando. El sólo hecho de que esté planteado el debate y este artículo haya tenido que ser escrito, ya me parece escandaloso.

Adolfo Barrio