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Otras opiniones

En contra de las lecciones de ética periodística

Julio 29, 2013

Cada día que pasa, me cuesta más escribirle. Se me hace un mundo subir de la piscina, interrumpir la lectura de “El poder del Perro” o simplemente levantarme de la tumbona y dejar de contemplar el paso de las nubes para trasladarle unas líneas. Así que le aviso de que no habrá más misivas. Es como si usted y yo estuviéramos en la barra de un bar de carretera, escaso de luz, donde la música ha dejado de sonar y la que tenemos en la mano fuera la última cerveza.

Entre trago y trago, le confieso que en los últimos días observo con enorme perplejidad como rompen las tormentas de ética, moral y buen hacer periodístico en las redes sociales. Defiendo la libertad de expresión desde el respeto, la educación y la crítica constructiva, jamás desde la descalificación, el insulto o el acoso. A los que siguen esa línea les invito a dejar sus trabajos, estudiar Ciencias de la Información y ponerse a escribir desde la trinchera, la que ocupamos muchos de nosotros desde hace años, cada uno con nuestra idiosincrasia empresarial a cuestas. Asumo que se cometen errores a diario, que hay buenas y malas decisiones. Yo mismo, no estoy de acuerdo con algunas elecciones que he hecho a lo largo de mi vida. Marraba más el tiro en mis primeros años vida laboral. Ahora, a veces, lo sigo haciendo. Un dato incorrecto, un mal enfoque, a veces por falta de tiempo para la reflexión, otras por un impulso inadecuado, etc. Somos humanos y, por tanto, el fallo es inherente a nuestra condición. La única forma de tratar de no salirse de la senda es la experiencia, la prudencia, el estudio (conocer derecho, estudiarlo o preguntar a las personas adecuadas, y digo adecuadas, es básico), la reflexión y eliminar el pánico a reconocer los propios errores.  Un tabú muy extendido en nuestra profesión.

<p align=”justify”>Seré imbécil, pero no me da miedo ni me hace peor periodista asumir que he ofrecido un dato erróneo, que me he equivocado en el enfoque o lo que sea. Todos erramos alguna vez en nuestro trabajo, usted también. Por eso, me enferman especialmente las lecciones que desde la superioridad moral dan unos periodistas a otros. Tengo hartazgo de periodistas inmunes al fallo que dan lecciones de ética y que se lanzan como depredadores, con las garras afiladas tratando de hacer sangre y destruir, sobre compañeros, que ellos consideran, han cometido un error del tipo que sea, normalmente ético. 

La tragedia de Santiago

Ha habido enorme controversia sobre el enfoque que algunos medios y algunos profesionales han dado a la terrible tragedia de Santiago de Compostela. Le reconozco que he seguido las noticias a diario, pero que he agradecido no tener que informar sobre el asunto. Hace años tuve en mi ordenador el video del accidente del Spanair, el del aeropuerto de Barajas. Se lo comuniqué a mis jefes, ellos lo vieron y, a continuación, les expliqué por qué creía que no debíamos emitirlo. Se respetó mi criterio, aunque hubo compañeros que no entendieron la decisión. Lo más importante es que yo dormí tranquilo, abrazado a mi conciencia, con respiración pausada. Un mes después de aquello, el video fue publicado en el diario El País.

Recibió críticas, pero menos de las que probablemente habríamos acumulado nosotros si lo hubiésemos emitido en televisión. El País tiene un prestigio que la basura (piensan algunos) de la pequeña pantalla no atesora y por tanto tiene menor margen de maniobra. Al menos, yo lo veo así, pero es tan solo mi opinión. Jamás critiqué la decisión de la publicación de aquel video. Alguien tomó una decisión, ni mejor ni peor que la mía, diferente.

El periodismo de sucesos es el más difícil por infinidad de razones. Así lo han reconocido a lo largo de la historia profesionales de todos los países. Para mi, una de las claves a la hora de informar es que mi yo inquisidor no despierte y me laceré la espalda por una mala decisión. Aún así, asumo que, a veces, marro. Jamás daré públicamente una lección de periodismo a nadie. No me convertiré en el Gran Maestre de la ética, ni impartiré clases magistrales al resto desde mi cuenta de twitter o desde cualquier otro púlpito. Los que sí lo hacen, a mis ojos, son unos necios y quienes los siguen y los alientan, más, por no pararse a pensar por si mismos.

Antes de decirle adiós, le dejo varios deseos para los próximos meses, tengo miles, pero sólo le voy a destacar algunos, entiéndalo, por falta de espacio:

1-     Que las víctimas y los familiares de los fallecidos del accidente de Santiago se recuperen, encuentren la paz y logren Justicia.

2-     Que Antonio y Eva, por fin, tengan el cuerpo de su hija, Marta del Castillo. Espero que ocurra antes de terminar el año. Sólo me queda preguntarme si la Justicia será capaz de reconocer los enormes errores que ha cometido en este proceso, comenzando por el juez instructor Francisco de Asís. La policía tuvo sus fallos pero al menos ellos de forma tácita lo han reconocido y se están dejando la piel buscándola. Mi elogio y reconocimiento.

3-     Que los recursos del caso de José Bretón se resuelvan rápido, en el sentido que sea pero respetando que somos un estado democrático y de derecho, para que le entreguen a Ruth los huesos de sus hijos y ella pueda enterrarlos.

4-     Que regrese a la carrera fiscal, Juan Antonio Frago. Su jefa, la fiscal Jefe de A Coruña le abrió un expediente y logró que lo apartaran. Antes, él había denunciado que habían falsificado su firma y no se cuántas cosas más. El Fiscal General del Estado se ha alineado con los poderosos y el pobre currito hace tiempo que está en su casa a la espera de que se resuelva su recurso (expulsión rápida, revisión lenta) y que imperé la razón y pueda regresar a sus funciones. Le prometí que investigaría este asunto y lo he hecho. Sólo estoy esperando el momento apropiado para contarle el resultado de mis pesquisas. Alguna se va a quedar con el culo al aire. Pero eso, amigo mío, será en otro momento.

 
¡Sea feliz este verano!
 
Nacho Abad