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Otras opiniones

En 18 días acaba el mundo y yo perdiendo el tiempo en la Cienciología

Diciembre 3, 2012

Según los mayas se acaba el mundo. Pero ya, además. El 21 de diciembre. Y a mí no se me ocurre otra cosa que perder el tiempo entrando en la Cienciología. Pues sí, hoy paseando por el centro no he podido evitar entrar de nuevo en la Iglesia de la Cienciología, a la que ya había ido varias veces con mis alumnos, para mostrarles sobre el terreno todo lo que ya les había explicado en clase. Hoy he entrado yo sola para comprobar si seguía en pleno apogeo, sobre todo después de haber recibido una invitación a un coctel para el día 12 de diciembre (9 días antes de que acabe el mundo) por el quinto  aniversario de la inscripción de la Iglesia de la Cienciología de España en el Registro de Entidades Religiosas del Ministerio de Justicia. Una vez fuera y cargada de las mismas promesas, folletos y patrañas de siempre, mi inquietud acerca de la impunidad con la que este y otros grupos actúan en nuestro país, me anima a escribir esta semana unas líneas sobre ello. No voy a centrarme en la Cienciología, según los expertos una secta destructiva de la personalidad, ni tampoco voy a opinar sobre ella en concreto, y mucho menos voy a hablar de los mayas que aquí nada pintan. Solo voy a reflexionar acerca del fenómeno de las sectas en general y su panorama político criminal en España. 

Libertad religiosa en España

Lo primero que debemos saber es que la libertad religiosa viene proclamada en el artículo 16 de la CE. Y, en principio, no hay discusión político criminal al respecto, salvo en lo relativo a legalización o no de ciertos grupos o al debate en torno a si los poderes públicos deben entrar o no a regular el fenómenos de las sectas.

Debate de rabiosa actualidad hace una década, ya que llegaba el nuevo milenio y las sectas milenaristas, en nombre de Dios, del Diablo o de los extraterrestres, vendían pasajes para “el último viaje” a precios de temporada alta, pues no había tiempo que perder.

No recuperados de la decepción -seguimos aquí y creo que seguiremos a pesar de la creencia escatológica maya-, y aunque el debate está más calmado, la baza vuelve a ser ahora de los “iluminados” (exitosas y oportunistas publicaciones les ayudan, y al contrario). Las tendencias retornan al Siglo XVIII, el Siglo de las Luces, del racionalismo exacerbado y del gnosticismo, contexto aprovechado por numerosos movimientos que ofrecen sabiduría y conocimiento (gnosis) para desarrollar el potencial humano como punto de partida de la eterna felicidad. En este contexto es en el que se sitúa la Cienciología, por ejemplo.

Debate sin soluciones

Y, digo que el debate está más calmado, o mejor dicho superado, quizá por la imposibilidad de llegar a soluciones que de una manera convincente atajen el problema. Y ello, por la dificultad de tomar medidas restrictivas contra estos grupos que, desde los 70, se han ido implantando en nuestro país, sin atentar contra principios constitucionalmente proclamados como la libertad religiosa y de culto (precisamente fue la CE del 78 la que supuso un caldo de cultivo para la implantación de estos grupos, al proclamar como valor superior la libertad).

La represión, a través de una normativa específica que limite la acción de estos grupos, no parece acorde con los principios de libertad religiosa e igualdad y no es aconsejable por la dificultad que entraña distinguir entre las sectas y otros grupos con finalidad religiosa. Además, se atentaría contra la neutralidad del Estado frente al fenómeno religioso, ya que en este caso se favorecería la religión dominante y este no debe conformarse con garantizar la libertad en abstracto, sino que debe intentar que el pluralismo de creencias sea real.

Defenderse de las sectas

Ante esto, ¿cómo puede la sociedad defenderse de las sectas? Pues bien, el Estado deberá actuar contra estas cuando sus actividades sea ilegales, pero no contra sus creencias. En España, el único dato válido para declarar a un grupo ilegal es mediante una declaración judicial firme, para lo cual, evidentemente, se necesitan denuncias, y esto es difícil debido al control mental o “lavado de cerebro” al que, en numerosas ocasiones, son sometidos los miembros y debido al cual jamás denunciarían aquello que les otorga paz, felicidad o su salvación. 

Según Pepe Rodríguez, una secta destructiva es “todo aquel grupo que en su dinámica de captación y/o adoctrinamiento, utilice técnicas de persuasión coercitiva que propicien:

-La destrucción (desestructuración) de la personalidad previa del adepto o la dañen severamente.

El que, por su dinámica vital, ocasione la destrucción total o severa de los lazos afectivos y de comunicación afectiva del sectario con su entorno social habitual y consigo mismo.

– Y, por último, el que su dinámica de funcionamiento le lleve a destruir, o conculcar, derechos jurídicos inalienables en un estado de derecho”.

El porqué de este sin sentido religioso hemos de buscarlo en el sentimiento de indigencia del hombre, que constantemente se pregunta: ¿De dónde procedo? y ¿a dónde me dirijo? El exceso de materialismo actual, de consumismo, la pérdida de valores, el “todo vale”, están creando una huella profunda en el hombre que busca algún sentido a su vacía vida, panorama que aprovechan estos grupos para crecer y hacerse fuertes, prometiendo el amor, la paz y, sobre todo, aquello que todos buscamos: nuestra salvación espiritual.

La naturaleza de las sectas

Esto, en principio, parece tentador, sobre todo si se desconoce la verdadera naturaleza de las sectas. En primer lugar, todo lo prometido cuesta una fortuna, que va a parar a las arcas del líder de turno y que, o bien se dona por parte del prosélito, o bien lo gana trabajando para la secta. En segundo lugar, se produce un progresivo distanciamiento de la familia, entorno, etc, para acabar viviendo por y para el grupo “obedezco, luego existo y existo con vosotros”. Pero esto al adepto ya captado no le importa, es más, le glorifica, porque preso de esa ilusoria felicidad que proviene del cada vez más sofisticado y nada desdeñable lavado de cerebro del que ha sido víctima, se está ganando ser uno de esos pocos elegidos para disfrutar, junto con sus compañeros, y a las ordenes de su gurú, del paraíso.

Los interrogantes que deberíamos hacernos, y que debería hacerse el legislador son: ¿Debido a ese lavado de cerebro al que ha sido sometido el adepto (vaciado de cabeza y posterior llenado con nuevos contenidos) su libertad de obrar está intacta? ¿Piensa libremente? ¿Ha sido libre a la hora de escoger su ideología, su religión, su forma de vivir?; y por último, ¿es libre a la hora de declarar que vive feliz con su grupo y que el grupo no ha atentado contra él?

Como dijo Ramón y Cajal¡razonar y convencer, qué difícil, largo y costoso!; ¿sugestionar?¡qué fácil, rápido y sencillo!”.

Bárbara Royo