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Los puntos cardinales

El vestíbulo del Elíseo está en el juzgado

Septiembre 23, 2014

La historia nos ha brindado ejemplos de hombres que se han sentido a sí mismos como salvadores, líderes teóricamente imprescindibles sobre los que descansa la obligación de sacar a los suyos del desánimo, devolviendo a sus respectivos países al lugar que les corresponde. Aquí tuvimos en el siglo XIX a Fernando VII, al que se incorporó el apodo “El Deseado”. Más recientemente, José María Aznar confesó su disposición a volver a la primera línea justificando que un político que lo ha sido todo no puede eludir sus responsabilidades.

Ahora es Nicolas Sarkozy quien se prepara para una “rentrée” en toda regla. Y para ello ha diseñado una campaña mediática milimétrica, que comenzó alimentando el interés al más puro estilo “teaser” de los expertos en marketing. Luego, las redes sociales para dar la traca final con la entrevista en la pública France 2 en horario de máxima audiencia. Sarko, pues, parece haber recibido una llamada y asume el privilegio de echarse el futuro del país a los hombros en una estrategia escalonada.

Poner en orden su partido

Porque para poder alcanzar su meta en 2017 primero tiene que ordenar el caos de su partido, la UMP, una tarea en la que habrá de medir meticulosamente cada paso, sobre todo para saber si será él el único con ganas de capitanear el tránsito o si en las filas neogaullistas habrá otros voluntarios, como los ex primeros ministros Fillon o Juppé. Y ya conocemos cómo se las gastan las principales figuras del centroderecha francés cuando ansían el poder.

No renuncian a una filtración o una escucha ilegal para asestar la puñalada certera a su compañero de partido y, a la postre, rival en la carrera interna. Sarkozy apela al orgullo nacional y a la decepción de un país que no puede seguir soportando que el actual presidente de la República sólo cuente con un 13 por ciento de popularidad, unas cifras irrisorias en una nación como Francia donde el jefe del Estado resulta omnipresente.

Refugio para las causas judiciales abiertas

Lo de Nicolas Sarkozy se presenta como una obligación patriótica, como la única medicina para los males que padece Francia, amenazada por la inoperancia y el descrédito de la izquierda gobernante y a merced del auge de una extrema derecha que alcanzaría la segunda vuelta de las Presidenciales si éstas se celebrasen ahora. De modo que Sarko tiene claro que Francia, la cuna de la revolución de las libertades, no puede verse atenazada ni por Marine Le Pen ni por François Hollande. Pero la expresión del pueblo soberano es tan sabia como indiscutible. Así que no hay que desdeñar que más de la mitad de los franceses considera que el eventual retorno de Sarkozy sería una mala noticia. Este paso al frente como si se tratase del primer verso de la Marsellesa tiene, no obstante, una faceta por explicar.

Porque Sarkozy ahora es un ciudadano como otro cualquiera sujeto al imperio de la ley, -todo un valor republicano -, después de haber perdido sus prerrogativas y la inmunidad que le proporcionaba ser inquilino del Elíseo. Los procesos por tráfico de influencias y financiación ilegal, todo ello unido a sus peligrosas amistades, hacen que la verdadera carrera de Nicolas Sarkozy no sea electoral sino judicial. Asegura que la prueba de que no tiene miedo a los togados es su deseo de volver a la arena política. Pero sabe, como lo saben todos los franceses, que su futuro político depende de la celeridad con la que los magistrados hinquen el diente a su acumulación de procesos.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.