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Otras opiniones

El vacío que deja alguien cuando se va

Marzo 27, 2014

Adolfo Suárez
El médico me lo dijo con una seriedad aplastante. De esas veces en las que tienes certeza absoluta que no ha cogido el informe de otra persona por error, que no hay lugar a dudas. Soy yo, mi interlocutor y el aire entre ambos. El resto del mundo ha dejado de existir por unos instantes. Cada una de sus palabras martillea mis tímpanos, con cierta reverberación.

Y aún me pregunto: ¿tanto le quería?
 

El resto nos preguntamos por el vacío que deja alguien así cuando se va.

 
 Desafortunado
 

– Me pisaste.

– No era mi intención, cariño.

– No, me pisaste el alma.

– Quizás ya estaba muy cerca del suelo.

– Quizás te das la vuelta y te vas por dónde has venido.

 

Se descalzó con cuidado. Se marchó de puntillas para no hacer ruido. Y evitar así despertar su sentimiento de culpa.

 
Cáncer de mama
 

Tatuajes en sus pechos. No lo olvidaría fácilmente. Era tarde, el sol se ponía al fondo del mar. Quedaban pocas personas en la playa, apurando los últimos rayos del día. La piel agradecía este baño seco de poca intensidad, tumbado sobre la toalla en la arena. Y de repente pasó ella, desnuda. No era de extrañar, se trataba de una playa nudista. Pero había tanto arte sobre su cuerpo. Eran dibujos de contornos de flores violetas. Hablaban de ella y de algo que había superado. Estas cosas se reconocen en la mirada del final del día, cuando el sol nos guiña un ojo en señal de complicidad.

 
Sabio inconsciente

¿Por qué seguir esperando a que llamara? La vida hacía tic tac ahí fuera. Su corazón latía con violencia en un reducido espacio entre sus costillas y pulmones. Tenía ganas de verle. También miedo a que no fuera reciproco. Abrió una botella de vino y percibió su aroma. Evocó la campiña y la tierra en su imaginario. Y sintió su mano pulsando la tecla del móvil. Era fácil, una llamada corta. Apretó los dientes. Esperó el tono. Sudor frio en las piernas. Empezó a sonar. El corazón se le salía del pecho. Un pinchazo en las entrañas. Siguió sonando la línea vacía. Se imaginó su voz al otro lado. Sintió pavor. En un acto reflejo, lanzó el teléfono por la ventana.

 

Cautivo</font>

 
Agazapado en una silla al fondo de la sala, donde nadie pudiera percatarse de mi presencia, escuchaba la conversación de una mesa contigua. Una señora de avanzada edad le decía a una joven que no debía dejarse cortejar por las propuestas poco decentes que recibía, y tampoco dar esperanzas con insinuaciones tácitas. La joven la observaba como si fuera una extraterrestre llegada a su mesa. Luego se giró hacia mí. Me sorprendió. No pude apartar la mirada ante tanta jovialidad que expresaba. Entonces me guiño un ojo. Sonreí como sonríe un hombre cuando se convierte en cordero camino de la muerte.

 

© Javier González Cantarell