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Otras opiniones

El triunfo de las buenas maneras

Mayo 24, 2012

Los abogados solemos tener un trato exquisito entre nosotros. Dando por supuesto que debemos defender intereses casi siempre contrapuestos –y dejando de lado los normales desencuentros derivados de ello-, nuestras relaciones profesionales suelen ser impecablemente correctas. Sin embargo, se están encendiendo las alarmas. Cada vez son más frecuentes los ejemplos de todo lo contrario. Brusquedad innecesaria, ausencia de diálogo tranquilo y situaciones anormalmente tensas. Estos casos, por fortuna siempre minoritarios en relación con el conjunto, nos muestran lo que está pasando en el resto de la sociedad española. La paulatina pérdida de las buenas maneras.        

Desde que el capitalismo explotó con nosotros dentro –implosionó dicen algunos-, hay muy pocas razones para el optimismo. España está triste. Desesperanzados y vencidos, la inmensa mayoría de españoles asiste diariamente a la ceremonia insana de las malas noticias. Nos han borrado la sonrisa de la cara y nos invade el miedo.

Difícil mantener la sonrisa

Y lo malo es que no es para menos porque –del agujero en el que nos han metido-, no se va a salir tan fácilmente. No funcionan los remedios aplicados, y cada vez es mayor la sensación de haberse perdido el control de la situación. Angustia generalizada y un oscuro túnel de lejana salida. En esta situación de desplome moral y material es muy difícil mantener la sonrisa. 

La crisis se ha extendido a las buenas formas. Las buenas maneras tradicionales que, tal vez por esa misma falta general de alegría, están desapareciendo de la vida cotidiana de nuestros ciudadanos. No estoy hablando de esa otra buena educación sólida y profunda, obtenida a través de planes académicos adecuados además de por un buen desarrollo familiar y cultural del individuo. Esa buena educación también falta, siendo su ausencia uno de los grandes problemas endémicos de España. Alguna vez deberemos acometer, con la debida decisión, la solución de ese problema en el futuro. La buena educación es, en este caso, un motor evidente de nuestro futuro desarrollo. Suponiendo, claro está, que tengamos futuro como colectividad organizada.

España está triste
Me estaba refiriendo a las buenas maneras. A esas fórmulas de cortesía que, aplicadas reiteradamente en todas las instancias de la vida social, tienden a facilitar las relaciones humanas mediante las dosis oportunas de amabilidad, suavidad en las formas y cortesía en el trato. Ser amable con tu interlocutor, agradecer las cosas, sonreír… esos hábitos que hacen de la vida algo más tolerable.

Pero España está triste. Y nuestra tristeza se está traduciendo, entre otras cosas, en una progresiva hosquedad en estas fórmulas de relación social. La pérdida de las buenas maneras, cuyo inicio –tal vez-, se pierde en las brumas de nuestro pasado más menos mediato, se ha agudizado a raíz del malestar social que padecemos. Una España malhumorada e infeliz que no desea los buenos días en ascensores, no da las gracias en las barras de bar y restaurantes o no contesta a los adioses o hasta luegos en oficinas o centros de trabajo. Unos ciudadanos esquilmados que, al tiempo de ser despojados de su empleo, de su poder adquisitivo y de sus ilusiones, son también desposeídos de aquellos ritos esenciales de convivencia. Esa nación educada y amable que está muriendo al ritmo de la recesión.

A pesar de todo, mucha gente sigue sonriendo al servir un café o al agradecer que se lo pongan. Sigue existiendo una palabra amable o un saludo al entrar -o al salir-, de algún sitio. Persiste el saludo educado en muchas ocasiones. Siguen existiendo formas amables de relación social. Estas buenas maneras no nos van a solucionar la gravísima situación que atravesamos. Más bien, la solución pasa por el polo opuesto: en señalar con el dedo a todos y cada uno de los que nos han metido en este embrollo y en negarnos –terminantemente y de manera poco afable-, a seguir en el juego… en dar la espalda, de una vez para siempre, al modelo económico que ha provocado este desastre.

Sin embargo, no puedo evitar pensar en todas aquellas personas que siguen esforzándose, allá donde pueden, en hacernos una vida más agradable. Con un simple gesto o con una frase cortés adecuada. Son como fogonazos de luz en medio de la desilusionada oscuridad. Te hacen creer, durante un segundo fugaz, en que pueden venir tiempos mejores y en que todo esto va a pasar. Al fin y al cabo, las revoluciones no tienen porqué ser contrarias a las buenas maneras.

 
Ignacio Toledano es abogado