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Otras opiniones

El secuestrador de Cleveland: un sádico aparentemente normal

Mayo 12, 2013

La plaza del 2 de mayo, en Madrid, es un hervidero de gente, más cuando las temperaturas suaves invitan a invadir las calles. Este fin de semana le di varias vueltas, de noche y de día. Fue un caminar suave, pausado, en el que escruté cientos de rostros. Miradas, cejas, pómulos, bocas, expresiones… Trataba de discernir si entre todos los allí congregados había algún delincuente y si la maldad brotaría de alguna forma en su rostro. Especulé con algunas personas, por su simple apariencia por sus rostros lombrosianos y me reñí a mí mismo por dejarme guiar por clichés estúpidos basados en caducas teorías criminológicas debidamente falsificadas.

En la plaza algún ladrón, algún delincuente debía haber, seguro, pero fui incapaz de identificarlo.  Paseaba con alguien con quien suelo compartir mis pensamientos en torno al crimen.   Me miró y muy seria me contestó: “Los psicópatas no llevan una etiqueta en la frente. De tanto mirar al abismo al final nos va a devolver la mirada. Por cierto, la frase es de Nietzsche y no de cada uno de los ridículos autores que se copian unos a otros creyendo que la frasecita es de Robert Ressler. Y dame un respiro el fin de semana. ¡¡Estoy saturada!! Quiero tarta de fresa en un sitio cursi a más no poder”. Y yo paré, claro. Un rato.

Quise desarrollar este pequeño experimento para sostener una teoría en torno a Ariel Castro, el secuestrador, torturador, violador y no se cuantas cosas más de Cleveland. Durante los aproximadamente diez años que ha tenido cautivas a tres mujeres, se cruzó con cientos de personas, con algunas charló, incluso a algún amigo invitó a casa. Ninguno, absolutamente ninguno pudo reconocer en su rostro, en sus manos, en su tono de voz al diablo. Su verdadero yo, el sadismo, solo brotaba en la intimidad. Dejaba ver su rostro deforme, sediento de placer y sangre, terrible, salvaje tan sólo en el sótano de su casa.

De víctima a verdugo
 

Dice Ariel Castro que su padre lo golpeaba cuando él era pequeño. Y que llegaron a violarlo. Probablemente haya utilizado estos argumentos como una justificación de cara a sus interrogadores, pero aún así me lo creo. El hecho que se haya descubierto que Castro era un salvaje verdugo no impide que en el pasado fuera una víctima de las barbaridades de otro. Lo dicen las estadísticas. Los adultos repiten las conductas aprendidas en la infancia. Además, aquellos hechos y su impunidad, probablemente marcaron su personalidad desde una temprana edad.

Sentía la necesidad de disfrutar de una sexualidad que rompiese las barreras de lo convencional. Seguro que exploró alternativas masoquistas de pago, pero incluso en esas sesiones había límites y su sed de sadismo no conseguía ser atenuada. Por eso secuestro a tres niñas: Michelle Knight, Amanda Berry y Gina de Jesus. Sólo la primera era mayor de edad. Tenía veinte años y una situación personal desestructurada cuando desde el coche la invitó a subir para llevarla a casa. La convenció diciéndole que era el padre de un trabajador de la hamburguesería en la que ella acaba de terminar su jornada.
Doblegando voluntades

Michelle fue la primera, probablemente la más rebelde, las más consciente de su situación. Amanda y Gina tenían 13 y 11 años respectivamente cuando fueron secuestradas: mucho más dóciles. Ariel las doblegó a todas. Durante diez años las tuvo encerradas en pequeñas habitaciones del sótano, atadas a cadenas y cuerdas. Las violaba cuando tenía apetito, como los animales. Guiado por su necesidad de satisfacción las golpeaba, humillaba, cortaba, hería para conseguir excitarse. A Michelle incluso le devoró parte de la cara a mordiscos. La deseaba tanto, desde un punto de vista patológico, que le arranco trozos de carne para poseerla.

Llegó el momento en que Amanda Berry quedó embarazada. Que se sepa cinco veces en diez años. Cuando Ariel lo detectaba dejaba de alimentar durante quince días a la joven y su tripa era objeto de salvajes sesiones de puñetazos y patadas hasta provocar el aborto. Esta actitud, sin embargo, era instrumental. La violencia que ejercía no era sádica, no obtenía placer sexual. Tenía un problema a la vista, un bebé que podía dejarlo al descubierto y había que eliminarlo.

Amor y temor

No sabremos si a Ariel Castro se le pasó, si intentó que Amanda abortara una sexta vez y no lo logró o si aún sabiendo que estaba embarazada la dejó llegar a término. Si fuera el último caso, lo más probable es que en vez de secuestrar estuviese tratando de hacer crecer su pequeño harén de esclavas sexuales sin tener que arriesgarse en un nuevo secuestro. Un despiste y esa necesidad de poseer a otras mujeres fue su perdición.

Desde el primer momento aleccionaba a sus cautivas. Doblegaba su moral y poseía sus voluntades. Les dejaba la puerta abierta mientras vigilaba para comprobar si trataban de escapar. Si alguna se asomaba un poco o trataba de huir la linchaba a palos. Ya nunca sabían cuando podían abrir la puerta porque sospechaban que siempre era una trampa. Hace unos días a Ariel se le olvidó cerrar las puertas y Amanda decidió arriesgarse. Su instinto de supervivencia estaba impulsado por el temor y el amor. Amor a su hija, fruto de las violaciones de Ariel, y temor a que su padre diera pronto rienda suelta su sadismo con ella. Ya tenía seis años.

Fue Amanda la que apuntó con el dedo y dio el nombre de su secuestrador: Ariel Castro. Los testigos que vieron su detención, los que estaban junto a él, jamás pudieron imaginar que aquel tipo era el diablo. La negrura de su alma estaba escondida dentro de una fachada de normalidad.  

Nacho Abad