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Otras opiniones

El Salobral ¿Quién tiene la culpa?

Octubre 28, 2012

Las sombras invadían la calle. Mi amiga Ángeles (nombre ficticio), enfundada en un abrigo negro y con una bufanda enrollada en la garganta caminaba con la mirada fija en el suelo. Eran las seis de la mañana. La hora de entrar al trabajo. Llegaba tarde y andaba a paso firme dejando tras de sí un halo de vaho en el ambiente. De repente, notó un brusco tirón del hombro. Tardó sólo un instante en darse cuenta de que un joven, muy joven, se había colgado del asa de su bolso y trataba de arrancárselo.
 
El asalto duró tan sólo unos segundos, pero la retina de mi amiga consiguió captar e incrustar en su memoria una gran cantidad de información. Al mismo tiempo, los pensamientos le inundaban la mente como el río que casi se desborda cuando la exclusa de la presa se abre. Sabía que lo mejor era ceder. Entregar el bolso. Cuántas veces me había escuchado decir a mí que el dinero no merece la pena ante la amenaza de una cuchillada mal dada. Pero ella se resistió. El segundó tirón la arrojó a la mitad de la calle. El menor había mordido a su presa y no pensaba soltarla.
 
Uno se encoge de hombros
 
Un coche con tres individuos, compinches del asaltante, observaban el atraco a escasos metros para darse a la fuga en cuanto lo hubiese conseguido o ayudarle si era menester. Otro individuo miraba la escena, paralizado, desde detrás de una valla. Pero Ángeles se aferraba a su bolso como si en ello le fuera la vida. Dentro, entre otras cosas, llevaba las llaves de casa y el DNI y en el anverso del carné de identidad figuraba en letras mayúsculas la dirección de su casa. Pánico. Sus hijos a esa hora seguían durmiendo. “¿Y si van y les hacen algo?”, me contó después que había pensado. Esa idea fatalista la enrabietó y a pesar de estar tumbada sobre el asfalto sacó fuerzas para tirar del bolso y lograr que el joven se diera por vencido. Cuando consiguió levantarse, el coche ya había huido y sus pantalones estaban mojados porque ante el nivel de estrés y el miedo había olvidado controlar sus esfínteres. Empapada en su propio orín se encontró con la mirada del hombre que había visto de refilón detrás de la valla. Era un guardia de seguridad de la empresa al lado de la suya. El tipo protegido por los barrotes se encogió de hombros y se dio la vuelta.
 
Le cuento este episodio porque desde hace unos días hay una idea que me ronda la cabeza y me incomoda sobremanera. Ya sabe usted que en El Salobral un hombre de casi 40 años mató a dos personas a tiros. Una de ellas una niña de tan solo 13 años con la que había mantenido una relación sentimental. Nadie se pone de acuerdo sobre cuando se inició semejante aberración, aunque la propia madre de la menor apunta en una de sus denuncias que en mayo de 2011, cuando Almudena sólo tenía 12 años.
 
¿Qué podemos hacer?
 
No le quiero hablar del comportamiento de la menor ni el del asesino ni el de sus respectivas familias, porque ya tendrá su propia opinión construida. Me quiero centrar en el entorno del pueblo de unos 1.200 habitantes. Allí todos sabían lo que ocurría y nadie hizo nada. Al revés, con el tiempo, con la habitualidad acabaron normalizando el hecho de que pudiera existir una relación entre dos individuos con una diferencia de edad de 26 años. Pero es que Almudena ¡¡¡sólo tenía 13!!!
 
Ahora el debate se centra en si la Guardia Civil hizo bien su trabajo, que lo hizo, en si debemos cambiar el Código penal para elevar la edad en la que una menor puede mantener relaciones sexuales voluntarias con un adulto, en si los Servicios Sociales deberían haber actuado….
 
Las culpas de los demás
 
Cuando el “yo inquisidor” empieza a dar la lata, lo mejor es expulsar y dirigir las culpas hacia otros. ¿No se pregunta usted porque no hicieron nada los habitantes del pueblo? Cuando los veían pasear de la mano ¿Qué pensaban? ¿Qué era normal? ¿Mejor no meterse? Porque la relación la conocían casi todos y sobre ella cotilleaban y probablemente hasta se escandalizaban. ¿A nadie se le ocurrió llamar si quiera de forma anónima a los Servicios Sociales? ¿A nadie se le ocurrió hablar con sus profesores del colegio? Cuentan que los amigos de Juan Carlos, el asesino, hasta le reían las gracias. Incluso, hemos podido ver en un video como cogían prestadas sus armas para disparar en mitad del pueblo contra un contenedor de basuras. ¿Nadie escuchó las detonaciones de los disparos? ¿Nadie pensó en llamar a la Guardia Civil? En el video sólo se oyen risas.
 
Ninguno de nosotros somos la Ley. Pero dejemos de plantearnos qué deben cambiar los políticos y la Justicia, que sin duda deben de tomar cartas en el asunto, y comencemos a cuestionarnos nuestro papel. ¿Qué podemos hacer cada uno de nosotros? A un maltratador, a un delincuente, la Justicia le debe condenar, pero la sociedad debe hacer notar que su comportamiento, sea delito o no, es incorrecto, para que entienda que su conducta debe cambiar. Porque sino entendemos eso, el guardia de seguridad seguirá tranquilo en su caseta pensando: “No pasa nada, ni a mi ni a la empresa para la que trabajo nos han robado”. Y el pueblo de El Salobral se centrará en solicitar que la edad penal para que una menor mantenga relaciones sexuales aumente. Las culpas siempre de los demás.
 
Nacho Abad