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El mayordomo

El Poder de la Elegancia

Mayo 8, 2011

La elección del atuendo cobra cada día mayor importancia en las relaciones profesionales y de acertar con ella los beneficios pueden llegar a ser sorprendentes


Cada día se hace más patente el impacto de la apariencia física en las relaciones tanto personales como profesionales. Este hecho hace que el caballero cada día más de mayor importancia a su aspecto y lo cuide como nunca antes había hecho. 

El caballero más actual se cuida mucho más que el de generaciones anteriores y al igual que dedica unas horas de la semana a hacer deporte también acude a su centro de belleza a realizarse la limpieza de cara y ha empezado a cuidar su alimentación. Y todo ello sin tener por qué perder ni un ápice su aspecto más varonil. 

Si bien como ahora veremos es de vital importancia vigilar la vestimenta, también cuidar el aseo personal resulta fundamental. Unas uñas sucias o mal cortadas, un cabello mal peinado, una barba mal cuidada etc., destruirán ese buen efecto que un elegante traje haya podido causar. 

Y si el físico se ha convertido en un arma muy poderosa en las relaciones personales y profesionales al poder atraer o alejar la atención sobre nosotros y nuestro mensaje, el aspecto que imprime la ropa que se vista al conjunto final no hace más que aumentar dicha atracción o rechazo. 

Por ello, ya no sorprende que los personajes públicos, y no solo los políticos, cuenten con asesores de imagen que les recomienden sobre cómo sonreír, moverse, saludar, mostrarse ante las cámaras y como no podía ser de otra manera cómo y qué vestir en cada circunstancia y lugar. 

En un mundo donde la toma de decisiones cada vez es más rápida y donde, tristemente, cada día resulta más difícil profundizar en el aspecto humano de las mismas, el mensaje que cada interlocutor lanza al exterior con su aspecto se convierte en un arma muy poderosa además de muchas veces también decisiva. 

Una de las cosas que se enseña a los estudiantes de derecho es la importancia de recibir a los clientes en un despacho cuidado que transmita una imagen de éxito. Aunque no tenga por qué ser así, de ser recibidos en una sala donde los sillones parezcan viejos o la pintura esté en malas condiciones muchos de nosotros podríamos llegar a poner en tela de juicio el éxito de aquel que nos va a representar. 

Por el contrario, si un letrado nos recibe en un despacho elegante, con muebles y elementos decorativos lujosos pensaremos que para poder haber hecho frente al pago de los mismos el abogado allí presente tiene que representar con gran éxito los intereses de sus clientes. 

Y esto puede ser perfectamente extrapolable a la mayoría de las profesiones. Sin embargo, en muchas ocasiones no tenemos oportunidad de que sea nuestro despacho o nuestro lugar de trabajo el que hable de nosotros y es solo nuestra persona la responsable de lanzar un mensaje u otro al exterior. 

Si nos cruzamos con un caballero donde toda su indumentaria es cuidada con mimo y exquisitez y al mismo tiempo con tal normalidad que parece haber nacido con toda esa ropa ya puesta seguro que podríamos llegar a pensar que acabamos de encontrarnos con un señor de éxito. 

Pensemos por un momento en el desaparecido Giovanni Agnelli. Seguramente la mayoría de los mortales nunca llegó a intercambiar ni una sola palabra con él pero la imagen que recuerdan de él es la de un hombre tremendamente exitoso en los negocios y perteneciente a los círculos sociales más exclusivos. Y a esto qué duda contribuyó mucho su aspecto siempre impoluto. 

No hay mejor tarjeta de visita de un caballero que una buena imagen exterior. El ir elegantemente vestido y aseado lleva implícito una serie de presunciones como éxito, gusto y posición social que de utilizarlas correctamente pueden ser de una gran ayuda en las relaciones profesionales. 

El errar en nuestra imagen exterior nos obligará a posteriori demostrar que detrás de esa borrosa fotografía inicial se esconde una persona bien diferente. Sin embargo, no se puede olvidar que no siempre se tiene la oportunidad de cambiar lo que nuestra imagen exterior ha transmitido en esa primera instantánea. 

Por el contrario, de haber enviado con nuestro atuendo el mensaje adecuado además de hacernos partir en una buena posición también nos da cierta ventaja respecto a nuestros potenciales competidores. Igualmente, siempre resultará más fácil afianzar una buena impresión inicial que no tener que dar la vuelta a una mala. 

Como ya hemos estudiado en esta columna, el ser humano se forma una opinión de los que le rodean en solo cuestión de minutos siendo luego muy difícil que se cambie de parecer. Igualmente, y aunque muchas veces de forma injusta, esa opinión se forma solo en base a la imagen exterior de cada uno. Y es dicha imagen exterior la que hace que, por ejemplo, nos den entrada al local de moda, nos reciba el responsable de un comercio o se nos indique en la calle algo tan sencillo como cómo llegar a esa dirección que no somos capaces de encontrar. 

La superficialidad de las relaciones profesionales obliga cada día más y en todos los ambientes a vigilar tanto el contenido como el continente de los mensajes. No solo son nuestras palabras el mensaje, sino también lo son los gestos, la mirada y, por supuesto, el atuendo que a ellas acompaña. 

Como decía el Conde de Chesterfield: “el estilo es el ropaje del pensamiento; y un pensamiento bien vestido, como un hombre bien vestido, se presenta mejor”.

Jeeves 

elmayordomo@extraconfidencial.com 

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