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Otras opiniones

El niño que ya es niña

Enero 14, 2010

Entiendo, pero no apruebo, la polvareda mediática que se ha levantado a resultas de la aprobación de la operación de sexo de un menor de edad que nació niño y ya es niña. El debate es de lo más pretencioso, pero a su vez rezuma una especie de tufillo retrógrada que a mí me cansa. Es cierto que llama poderosamente la atención que alguien tan joven haya tomado una decisión tan importante, pero nadie se ha parado a valorar la necesidad de la operación para ese joven que, en manos del cirujano Iván Mareño, volverá a ser feliz.

Se comenta con cierto entusiasmo bañado en incredulidad que el adolescente, ahora de quince años, llevara sintiéndose mujer desde que tenía cuatro. Lógico, con esa edad ya eres consciente de que vistes pantalón, falda o de si, de mayor, te gustaría tener el aspecto de mamá o de papá. Hay medios que tratan con frivolidad un asunto que no sólo es importante, sino que además provoca fuertes depresiones e intentos de suicidio en las personas que lo sufren. Quienes hemos tenido casos cercanos, sabemos de la dureza de los tratamientos farmacológicos, hormonales y psicológicos, y de lo que supone socialmente cambiar de sexo.

A pesar de que esas mentalidades fascistoides -que ya de por sí repudian a los homosexuales como si de apestados fuera- les cueste asimilarlo, hay verdaderos dramas ocultos tras las miradas de adolescentes que viven atrapados en cuerpos que nunca les han pertenecido. Puede sonar a topicazo putrefacto, pero es una realidad cada vez más evidente. Esos que critican la transexualidad, deberían vivir durante varias jornadas con familiares y amigos directos de quienes sufren y lloran desconsoladamente. A ellos les preguntaría qué harían si sus hijos les explicaran que su envoltorio no se corresponde con sus sentimientos y que desean cambiar.

Es tremendamente duro tener que calzarse todas las mañanas un corsé de plástico para intentar disimular los pechos o, por el contrario, intentar vestir con ropajes anchos o desgastados para aparentar más masculino. Yo he visto como quinceañeros con grandes motivaciones han derramado lágrimas de sangre porque eran unos incomprendidos. En sus colegios e institutos les golpeaban con saña por ser y sentirse diferentes. He presenciado cómo gamberros de medio pelo insultaban a un transexual por una céntrica calle madrileña y cómo su gesto se iba desmoronando por momento. Éstos, los que encienden la mecha, son los causantes de que día tras día, nuestros periódicos recojan casos de apaleamientos por incomprensión social. A más de uno me gustaría que viviera semejante situación.