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Otras opiniones

El negocio hasta en las bodas

Febrero 19, 2010

Un trayecto de Sevilla a Madrid en AVE da para mucho. Y no sólo para pensar y meditar, sino también para fisgonear en las vidas ajenas y pegar la oreja para intentar conocer los recovecos de tus compañeros de viaje. A pesar de que había decenas de interesantes personitas en el vagón, no pude dejar de mirar a una pareja que me llamó poderosamente la atención. Él era un señor de unos setenta años, español y de físico algo marchito y ella una joven venezolana de mirada traviesa y curvas peligrosas. Él llevaba en brazos a una niña de apenas dos años y sonreía amablemente. Por un instante detuve mi mirada en sus manos y comprobé que ambos lucían alianzas. De repente, pensé en que era un matrimonio de conveniencia. “Es lo que pensaría todo el mundo”, he mascullado sin querer. Me ha sorprendido, sobre todo, ver cómo era él quien entretenía a la niña, el que colocaba las maletas y hasta el que le llevaba sus pertenencias. Debería estar muy enamorado. Eso sí, es habitual que exista este tipo de matrimonios que sólo son válidos a los ojos de la ley. Ni son aprobados por sus familias, ni tampoco por una sociedad que parece algo endemoniada. Y eso que en los últimos tiempos insisten en que el número de enlaces eclesiásticos y civiles con ese denominador común ha aumentado considerablemente. Hay quien lo achaca a la profunda crisis que atraviesa medio planeta y que, sin duda alguna, empuja a que damas de mentalidad abierta hagan de tripas corazón para sacar adelante no sólo su vida, sino también la de aquellos que tienen a su cargo, en ocasiones toda una familia prácticamente en la indigencia. Actitud loable pero que choca irremediablemente con la moralidad de quienes ven traición y mentira en un mero método de supervivencia. Algo lógico, por eso no entiendo el motivo por el que en lugar de poner las cartas sobre la mesa y reconocer que en lugar de amor hay puro interés, muchas de esas mujeres desesperadas envuelven su objetivo con un lazo de sentimiento que no existe. Es ahí cuando se producen desengaños, tristezas y hasta suicidios inevitables. Porque, a pesar de que haya quien no crea en el amor, todavía hay personas, incluso ancianos viudos o divorciados, que siguen confiando en que tras el armazón de huesos, hay corazón y alma. Y eso, en esta época tiene muchísimo mérito.
 
Pero las opiniones son para todos los gustos. Una amiga y confidente reflexionaba abiertamente sobre la frialdad del asunto. Me intentó convencer de que los ancianos son plenamente conscientes de que únicamente son utilizados como vía entre el sueño y la realidad. Insistía en que no hay nadie con dos dedos de frente que no se dé cuenta de que una persona de avanzada edad poco o nada puede enamorar a una minifaldera con toda una vida por delante. Yo le repliqué hasta caer exhausto en el sofá. Sé, y estoy plenamente convencido, de que hay muchas de esas mujeres que no cuentan toda la verdad cuando se enrolan en aventuras similares. De hecho, conocí el caso de una peruana que llegó a España, contrajo matrimonio y mantenía una doble vida, pues en su país de origen mantenía otra relación sentimental y era madre de tres hijos. Afortunadamente, no todos son iguales y hay mujeres extranjeras que llegan a nuestro cortijo –que diría el maestro Jorge Javier Vázquez- con el único interés de enamorarse y ser feliz. Y por eso, todas las anteriores experiencias valen la pena.
 
Saúl Ortiz es periodista y novelista