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Otras opiniones

El morbo

Noviembre 10, 2010

En la entrevista que Gorka Rodríguez me hizo en Extrarosa.com, no tuve reparos en declarar que Kiko Hernández me despertaba un morbo inenarrable. No me equivoqué, a pesar de que muchos me han preguntado abiertamente sin estaba sometido a algún tratamiento farmacológico que desnivelara los valores sexuales. Fui del todo sincero. Y no porque confundiera términos. No, el morbo no significa atracción. El morbo es una especie de interés sexual que poco o nada tiene que ver con el físico del que te lo despierta. El morbo va más unido a lo que le rodea, a su cargo, a su estatus o, simplemente, a lo que representa. Por eso no es de extrañar que haya quien, ante una persona de aspecto huraño, inapetente, algo misterioso e incluso tétrico, se excite sobremanera.
 
Tampoco sería raro que  alguien con el que nunca mantendrías una relación sexual, te provoque un interés inusitado. Sin embargo, el morbo tiene muy poco de real. El otro día, charloteando con mi compañera Blanca, llegué a la conclusión de que el morbo es efímero. Excesivamente efímero. Es como una especie de fantasía que anida en el interior pero que, cuando se materializa, se esfuma para siempre. Podría decirse que es una especie de engañabobos que, en un momento determinado, puede hacer perder la cabeza.
 
El término morbo, no obstante, admite un montón de posibilidades. No es necesario que se limite a una persona. También es habitual que una situación, escena o paraje lo despierte. Por ejemplo, las relaciones sexuales a tres bandas, los coitos lésbicos –vistos por un heterosexual- o un ascensor son lo más recurrido cuando se trata de morbosear. En fin, seguro que leyendo este escrito muchos de los colegas que me han señalado como un bicho raro, entenderán el motivo por el que Kiko Hernández me despierta morbo. ¡Ay!