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El juego (Parte III)

Septiembre 26, 2010

Los párpados me pesaban, el calor se hacía insoportable y una sensación de hormigueo me recorría el cuerpo. La respiración de aquel extraño personaje al otro lado de la línea telefónica  me causaba tranquilidad y ansiedad. Me veía en aquella playa, rodeada de nadie, de millones de granos de arena bajo mis pies y una sombra de alguien a quien daba la espalda.
La sudoración en mis manos se intensificaba sutilmente, ambos estábamos dispuestos a seguir jugando, a dejarnos llevar por el torrente infinito de sensaciones mutuas. No sabía su nombre, ni conocía sus gestos, ni tan siquiera sus ojos. Pero su voz había calado en mí como quizás nadie lo había hecho antes, aún gozando de las ventajas del directo.
Entonces su voz se convirtió en un eco casi ensordecedor, que de nuevo acaparaba todos mis sentidos, impregnándose, empapándose de mí.  Me dejé caer en el abismo de la locura y dije: – ven, por favor…ven.
Perdí la noción del tiempo y escuché la puerta, repetidos golpes impacientes. Bajé descalza, tal y como estaba. El corazón quería atravesar mi pecho, podía sentir las palpitaciones en mi sien. Puse mi mano sobre el pomo de la puerta, y giré sabiendo todo lo que ese pequeño gesto conlleva a veces.
Era él, recorrí su cuerpo con la mirada. Desde los pies, percibiendo cada una de sus curvas al detalle. No quería perderme ni un solo milímetro. Es cierto lo que decía, mis ojos son curiosos y querían verlo todo, palparlo todo. Y el olor… un aroma exquisito, penetrante como no existe perfume sobre la tierra, capaz de seducir a cualquiera en la primera inspiración.
Estaba a punto de llegar a sus ojos, y perderme en sus secretos mejor guardados cuando dio un paso al frente y se colocó justo delante de mí, cerrando la puerta tras de sí. Nos separaba un milímetro, su respiración ahora no sólo la escuchaba, sino que la olía, la percibía, llenaba mis pulmones.
Una mezcla explosiva de percepciones, todos, absolutamente todos mis sentidos estaban puestos en él. Descubrí como se puede tocar sin haber rozado. Su piel en las yemas de mis dedos sin haberlo palpado. Sus labios prensando los míos sin haberlos catado.
Y el silencio posiblemente era la mejor melodía, la mejor banda sonora para todos los gustos. Y aquel desconocido acercándose a mi cuerpo mientras yo daba pequeños pasos hacia atrás. Mi ropa descubriéndome al deslizarse. Casi sin darnos cuenta dos cuerpos unidos, dos tipos de piel bebiendo la una de la otra.
Imposible negarse a este juego, tentación de tentaciones, cadena de inspiración. Me hacía tambalearme sobre mis pies, perdiendo el equilibrio. Aquellos momentos que no existen a no ser que dejemos a un lado la cordura, descubriendo que somos cuerpos cargados de terminaciones nerviosas.
No había palabras, tan sólo hechos. Paseó por mi cuerpo, largo recorrido, me enseñó rincones que ni yo misma conocía. En una palabra, y para que se entienda: viví. ¿Qué es vivir sino sentir?
Y entorné los ojos. Miré a mí alrededor y estaba tumbada en mi cama, con el mismo calor empalagoso, mi cuerpo perlado en sudor y el teléfono a mi lado, sobre la almohada. Me senté rápidamente, cogí el móvil y busqué… busqué entre las llamadas perdidas. Queriendo, deseando encontrar un número de teléfono, algo… un camino hacia la persona que dejé al otro lado cuando me quedé dormida.
Ni rastro. Un número oculto, dos horas antes. Me pregunté entonces amargamente, qué tendrán los sueños que la realidad no puede superar, o quizás, qué tendremos nosotros que somos incapaces de realizar lo que deseamos. Dónde quedan nuestros deseos más profundos… aquellos que nunca llegan a existir.

Mary Lou
marylou@extraconfidencial.com