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Otras opiniones

El juego (Parte II)

Septiembre 19, 2010

Sabía perfectamente que aquella voz no me hablaba de un juego de niños. Sabía que estaba justo en la delgada línea que separa a un paso la vida cotidiana de la boca del lobo. Aunque también es cierto que no podemos meter a todos los lobos en el mismo saco, porque siempre existe la excepción que confirma la regla.
Aquella pregunta palpitaba en mi interior, un eco intermitente que me llamaba a lo prohibido. Me levanté de la silla con cierta flojera en las piernas, que hubiera sido más acertado llamar temblor. Incluso tropecé ligeramente con la alfombra y me dirigí hacia mi cama. La voz había dejado de existir en aquel instante pero la respiración al otro lado no cesaba.
Si hubiésemos pretendido acompasar nuestras respiraciones no lo habríamos hecho mejor, parecía un mismo latir separado por quién sabe cuántos kilómetros. Separado por días, años quizás.
– Aunque lo desees en ocasiones, el tiempo no se ha parado para nosotros. Mira el reloj de tu mesilla. ¿Notas como corre el segundero? Si lo deseas, podemos dejarlo para otra ocasión…
– No. Me apresuré a decir. Creo que no existiría un mejor momento. Sí quiero jugar, ¿cuáles son las reglas?
– No hay reglas. Tan sólo una condición, no está permitido no sentir. Fácil ¿no?
– Sí…
– Tampoco me vale que quieras, he de saber que lo deseas. Que todos tus sentidos lo desean, estamos a punto de comenzar un viaje sin retorno
– Lo deseo, lo sabes.
– Bien, lo primero que quiero que hagas es quitarle la pila al reloj de tu mesilla, descuelga el teléfono de casa, desconecta la luz. Hemos de crear una atmósfera sin interferencias, sin ningún sonido abierto.
Mi cabeza decía: no tiene sentido todo esto. Sentido… mis sentidos ya habían volado, él sabía perfectamente cómo controlarlos, era consciente de su gran poder de seducción. En ocasiones cuatro palabras bien dichas pueden cambiarlo todo. Hice exactamente lo que me pidió, aunque podría haber fingido hacerlo, pero realmente me apetecía la aventura en ese momento, hacer algo distinto por una vez.
– Ya está todo. El hilo de voz que recitó esta frase me sorprendió a mí la primera. Estaba nerviosa.
– Perfecto, túmbate en tu cama. Quiero que te despojes de todo cuanto te moleste. No te estoy pidiendo que te desnudes, sería algo demasiado… típico. Demasiado normal, rompería el encanto en menos de un segundo.
Estaba completamente descolocada, quizás porque nos acostumbramos demasiado a lo estándar, a los tópicos e inconscientemente es lo que esperamos en todo momento.
– Despójate de cualquier cosa que ahora te esté molestando, tanto física como psicológicamente. Aparta tus preocupaciones, tus penas, no las necesitas. No en este momento.
Ciertamente no necesitaba nada de eso, uno de los principales motivos por los que me hallaba en tal situación era por evadirme. La principal manera de desaparecer del mundo es el sueño, dormir plácidamente durante horas, pero ni siquiera eran las ocho de la tarde y además estaba cansada de dormir. Dejé de pensar en todo aquello que de alguna forma me amargaba, me quité los pendientes, las pulseras y demás parafernalia. No había nada más que me molestara, tan sólo me cubría un pantalón corto y una camiseta de algodón.
– Estoy preparada, pero ¿y tú? ¿en qué consiste el juego para ti?
– Yo reparto las cartas, también estoy jugando contigo. No voy a preguntarte por aquello que has desechado, me parece bien cualquier situación en la que te encuentres, vestida o no, eso es lo de menos. Mi principal preocupación es que te sientas cómoda, que no haya absolutamente nada que desvíe tu concentración.
– Estoy tumbada, mi única visión es el techo en penumbra. Las persianas están echadas, no escucho nada más que tu voz y tu presencia.
– Entonces estamos en el punto clave. Cierra los ojos, el techo no es una visión demasiado agradable. Esbocé una sonrisa, dentro de una tranquilidad inexplicable. – Céntrate en mi voz, visualiza una playa, desierta. En la que sólo estás tú. Hace calor y puedes notar la humedad en tu piel, miras al horizonte, intentando buscar el final del mar. Sin que puedas percibirlo, yo me he acercado a ti, por tu espalda…
Mi concentración en la imagen descrita era extrema, hasta tal punto que incluso podía sentir el olor a mar, la arena cálida en las plantas de los pies. Notaba ligeros escalofríos en brazos y piernas, como si alguien fuera a tocarme en cualquier momento.
– Estoy besando tu hombro izquierdo, es una sutil forma de saludarte. ¿Puedes poner una de tus manos en la nuca?
Lo hice, y me estremecí profundamente mientras la voz decía: es el tacto de mi aliento junto a la brisa marina. Ciertamente noté esa humedad, ese vapor, esa presencia. Su voz mezclada con el sudor de mis manos habían creado un escenario irreal cargado de la realidad más intensa que se pueda llegar a imaginar.
Mi pulso se aceleró por momentos, me estaba poniendo muy nerviosa. Ya no sentía la relajación y tranquilidad de cinco minutos antes. De pronto me vi a mi misma deseando a aquel personaje al que ni siquiera había visto la cara. Necesitaba girarme y contemplar su imagen.
– Percibo que te gustó mi saludo personal, en tu hombro. El oído nos causa sensaciones extremas y el tacto a solas puede recrear grandes escenas. Pero los ojos son muy curiosos y tú quieres ver más. Y yo sé que nos separan pocos kilómetros.  ¿Seguimos jugando?

Mary Lou
marylou@extraconfidencial.com