Menú Portada
Otras opiniones

El Inquilino

Marzo 15, 2010

Pasé el último año de universidad en una habitación alquilada en Barcelona, en casa de una mujer viuda de unos cincuenta años. Roser había sido realmente bella en su juventud, era elegante y cuidaba su aspecto a pesar de su escasa vida social. Sus palabras hacia mi apenas pasaban del “bon día”, o “bona tarda”.

A partir de las ocho de la tarde se encerraba en su habitación, silenciosa. Desconozco si leía, si escribía, si cosía, si hacía puzles… tan sólo podía suponer e imaginar. El misterio me desconcertaba, lo prohibido.
Intenté mentalizarme, apagar el deseo de lo desconocido, de lo imposible. Mi cuerpo y mi mente se contradecían. Me metía en la cama sintiendo a Roser tan lejos y sin embargo tan cerca. Cuando el sueño estaba a punto de vencerme lo volvía a escuchar.

Unos tacones golpeando el suelo, de un lado a otro. De pronto, silencio. Y entonces comenzaba el sonido de la máquina de afeitar. Solía durar cerca de media hora, después, de nuevo…silencio. El silencio y la oscuridad teñidos de soledad.

Al día siguiente de nuevo ella. Salía vestida de su habitación, no se dejaba ver sin arreglar, sin taparse. Ninguna parte de su cuerpo al descubierto, se protegía de mis ojos en todo momento. Quizás por eso la deseaba tanto, tanto que cuando quise darme cuenta y encontré mis sentimientos ya era demasiado tarde.

Y así fueron pasando los meses, hasta el mes de enero, cuando regresé de mis vacaciones de navidad en familia, una fría noche. Abrí la puerta y la encontré de pie, frente a mí. Juraría que vi un ligero brillo en sus ojos. Me dedicó una sonrisa, como si quisiera decir: bienvenido a casa, pequeño…

Su silueta, perfecta combinación de curvas cubiertas por un vestido negro, ceñido, de cuello vuelto. Unas medias oscuras y zapatos de tacón fino. Tenía los brazos cruzados, se acercó lentamente y me besó en la mejilla. Recuerdo el palpitar de mi corazón, jamás lo escuché tan profundo.

Me preguntó por mis vacaciones, nos miramos, sonreímos como si fuese la primera vez que nos veíamos. Y se dirigió a la cocina. Aproveché para dejar las cosas en mi habitación, me puse el pijama y al volver al salón me esperaba con la mesa puesta. Nunca antes había tenido ningún detalle similar. Cenamos, charlamos, reímos y lo más importante, nos conocimos.

Siempre la vi hermosa, pero aquella noche estaba simplemente espectacular. Después de cenar cuando el silencio ocupó la habitación, cuando ya sobraban las palabras y sólo quedaba sentir, se levantó y de camino a su habitación susurró: “bona nit…”

Yo me quedé pensativo, abducido. Escuché los tacones, faltaba el sonido de la máquina de afeitar. Escuchaba el minutero del reloj, y seguía faltando aquel sonido.

Me armé de valor, llamé a su puerta y abrió semidesnuda, con un camisón largo, blanco, de seda. Con una luz tenue, y la sorpresa impregnando su rostro, me lancé sobre ella sin pensar, sin dejar tiempo para que reaccionara. La abracé, la estreché entre mis brazos hundiendo mi nariz en su pelo. Y lo más sorprendente, ella me correspondió.

No me lo esperaba, realmente no esperaba nada. De no ser así no habría llegado mi atrevimiento hasta tal punto. Besé su cuello, una y otra vez, esa piel ansiada mil veces deseada, estaba al fin a mi alcance. Y me impregné de su aroma. Besé su frente, sus mejillas, sediento de su ser. Llegué a sus labios y quise permanecer allí indefinidamente.

Nos besábamos sin cesar, con tal pasión y desenfreno que parecía la última vez, el último suspiro. Sin embargo con una dulzura y ternura sublimes. Acaricié su cuerpo, masajeando sus senos que respondían a mis caricias. Sentía su dureza entre mis dedos, bajo la tela del camisón.

Su piel era tersa, aterciopelada, más suave si cabe que la seda que vestía. Ella sentía, lo decían sus gestos. Tropezó con algo, y escuché la máquina de afeitar. Al agacharme a cogerla encontré un consolador, vibraba entre mis manos casi tanto como ella. No pude evitar reirme.

Nos desnudamos mutuamente, sin dejar de sentirnos ni un solo segundo y caímos en su cama uno encima del otro. Nuestros cuerpos temblaban, nuestras manos jugaban, exploraban los rincones del otro. Se descubrían los secretos y desaparecían las máscaras.

Abría las piernas lentamente, invitándome a entrar en su cueva. Penetré en su cuerpo de la misma manera que lo hice en su vida unos meses atrás. Gemidos interminables, suspiros, más que palabras. Todo encajaba, mientras el tiempo seguía pasando al otro lado de las ventanas, nosotros nos sumergíamos en lo aparentemente prohibido.

Sellé sus labios antes del clímax, y mirándome fijamente a los ojos tocó las estrellas. Su mirada me decía “no te vayas”, sus palabras fueron otras cuando llegó junio.

Medio año, seis meses, ciento ochenta días nos amamos a oscuras. Cerca de cuatro mil horas, que dan sentido a toda una vida o a una que aún está por llegar. Mi primer amor, su último amor…

Mary Lou