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Otras opiniones

El impostor de Robin Hood

Mayo 24, 2010

La desamortización de los bienes de la Iglesia se llevó a cabo en dos etapas consecutivas: los bienes del clero regular fueron nacionalizados y su venta ordenada en 1836, y los bienes del clero secular en 1841.
Sin embargo, no iba a ser hasta 1851, con la llamada Ley Madoz o de “desamortización general”, cuando se iba a llevar a cabo la gran operación liquidadora. Se hablaba de desamortización general porque se trataba ahora no sólo de los bienes de la Iglesia, sino de todos los amortizados; es decir, de los pertenecientes al Estado y a los municipios también. Se trataba, en definitiva, de vender en pública subasta todos aquellos bienes raíces que no pertenecieran a individuos privados.
A pesar de lo que se indica en los libros de texto españoles, que intentan adoctrinar y manipular a nuestros jóvenes de una manera tosca y clamorosa, la desamortización no supuso una ley “Robin Hood” como quieren creer muchos ingenuos.
Atendiendo únicamente al argumento inocente, esta suponía poner en el mercado las tierras y bienes no productivos en poder de las llamadas «manos muertas»; es decir, la Iglesia Católica o las órdenes religiosas y territorios nobiliarios -que los habían acumulado como habituales beneficiarias de donaciones, testamentos y abintestatos-, y repartirlas a los más necesitados, creando la falacia de que esto significaría aumentar la riqueza nacional y crear una burguesía y clase media de labradores propietarios.
Las cosas no han cambiado
Nada más lejos de la realidad. Los bienes desamortizados no se redistribuyeron con arreglo a ningún criterio de equidad, sino con el fin de maximizar los ingresos y minimizar el tiempo de su obtención. Los bienes nacionales se vendieron en pública subasta, al mejor postor. Esto implica, por tanto, que los compradores habían de ser gente de posibles para poder pujar y sobrepujar. Ello hace suponer, en consecuencia, que los campesinos pobres -los más necesitados de tierra-, no la recibieron por medio de la desamortización. Simplemente la propiedad cambió de manos. Fue una estrategia mediática de la época para explicar la creciente deuda del Estado español y su forma de solventarla.
Mayo de 2010. Las cosas parece que no han cambiado mucho. Aparece un señor de legitimidad dudosa que explica a los ciudadanos que va a crear un “impuesto para los ricos”. Un impuesto que grave a las rentas más altas por razones de equidad y para responder al electorado socialista. Parece mentira que la Historia se vuelva a repetir de una manera tan llamativa, volviéndonos  a encontrar ante una medida populista, demagógica y adulterada.
No nos equivoquemos señores, vivimos en un mundo globalizado y competitivo donde medidas como esta provocan la fuga de capitales y dañan objetivamente a aquellas personas que han trabajado y sufrido mucho.
El robo del arquero de Sherwood
¿Cómo responderá una persona que lleva esforzándose toda su vida, corriendo riesgos y creando empleo cuando le vengan con esta deyección colosal? Señores políticos, comiencen por reducir sus sueldos, eliminar cargos innecesarios y subvenciones ridículas. Y cuando cabalguen con el ejemplo de un  cortés caballero, podrán tomar medidas rigurosas y atentas con todas las esferas sociales.
Sólo encontraría justificado el robo del arquero de Sherwood, si las partidas fueran única y exclusivamente a pagar becas para estudios, mejorar la sanidad pública o desarrollar proyectos ambiciosos para cambiar el modelo productivo de este país llamado España. Pero como dudo enormemente de la credibilidad de sofistas tramposos cuyos únicos objetivos son perpetuar su mandato indefinidamente, cobrar la pensión vitalicia, enriquecerse gracias a los cargos que ostentan, prefiero que las cosas discurran como están.
Seamos sinceros: aquí y en la China, los verdaderos ricos no tributan. Por ello, si queremos tomar medidas de esta envergadura, tendremos que ponernos todos los países de este planeta de acuerdo para que no existan refugios fiscales. En caso contrario las medidas propuestas por el ejecutivo son ineficaces y tramposas.

Alejandro Serrano es estudiante de Derecho, Económicas y Políticas