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Mi Tribuna

El hundimiento de Podemos

Noviembre 9, 2015
CIS

A Podemos le duele el CIS, pero la encuesta más oficial de todas no deja de reflejar una tendencia esperada. No se puede ocultar que la irrupción de esta formación en el escenario político español generó determinadas expectativas muy asentadas en lo que fue el boom de las manifestaciones del 15M. Pero poco queda de ese espíritu renovador, agresivo, cuya transformación en un partido hizo tambalear las estructuras de la política convencional con los resultados de las últimas elecciones europeas y la explosión novedosa que hoy se está difuminando.

Es cierto que esos ramalazos de Podemos con seudónimos han situado en las dos principales capitales de España a alcaldesas ligadas a su movimiento. Pero todo producto de los cambalaches postelectorales y nunca de un triunfo rotundo como podían pronosticar esas expectativas post europeas que, unidas a encuestas contagiadas del fervor del momento, poco menos que preparaban el traslado de Pablo Iglesias de su piso de Vallecas a La Moncloa.

Oliver Hirschbiegel dirigió magistralmente la película que en España conocimos como El hundimiento para retratar las últimas bocanadas de un agónico Hitler en la locura de su poder. El hundimiento de Podemos ha tenido su propio guión y la película ya la estamos viendo todos los españoles porque no son solo los puntos que ha descendido en este último estudio del CIS, sino las sensaciones que ya no irradian optimismo ante la nueva forma de hacer y entender la política.

El hundimiento

Bastaba esperar a transformar la teoría mitinera en la realidad de la gestión. Todo ello unido a la pureza de sus ideólogos que se fue apagando cuando los ilusos seguidores y defensores de sus causas conocieron los trasiegos económicos de Monedero con Venezuela o esa manera de enchufarse un sueldo por no hacer nada de Errejón. Al menos Pablo Iglesias mantiene las apariencias como si estuviera emulando la genial interpretación que hizo Bruno Ganz del fhürer en su diáspora final cuando ninguno de los suyos creía en su mensaje al tiempo que apreciaba su decadencia mental. Pablo Iglesias soporta el peso de un partido que ahora se reprocha internamente muchas maneras de actuar poco ligadas a su ideario inicial; un partido que se atreve a llevar en sus listas al profesor que enchufó a Errejón en la Universidad de Málaga para que cobrase por no hacer nada; al hermano de Wert o al militar superior que ejercía con Zapatero. Caben todos y eso no está mal, pero no es lo que contaban. Tampoco lo que están haciendo ahora en ayuntamientos y diputaciones cuando tienen la posibilidad de tocar pelo en el poder. Por eso, y otras cosas, les condena el CIS.

Paralelamente, este hundimiento morado ha padecido la evolución imparable de Ciudadanos como verdadero partido emergente. No es comparable, por mucho que los políticos tradicionales tachen de novatos a los naranjas de Albert Rivera. Sus años en Cataluña, ejerciendo de contrapeso ante la amenaza del secesionismo han sido precisamente el mejor aval que ha respaldado su manera de hacer las cosas. Se ha convertido en la segunda fuerza política de Cataluña y, ahora, es el partido con mayor margen de crecimiento hasta el punto de transformarse en la llave para la gobernabilidad futura de España, en cualquiera de las dos direcciones que señalen los resultados de PP y PSOE.

La autocrítica de Podemos les lleva a reflexionar sobre la agresividad de su mensaje, pero no hablan de las incoherencias de sus promesas. Al contrario, la estrategia de Ciudadanos siempre fue mucho más buenista; primero porque supo rentabilizar las calabazas de UPyD que han enterrado a este partido y apartado de la política a Rosa Díez. Qué tiempos, muy cercanos, en los que el partido magenta se erigía como flotador de la regeneración y no admitía más tripulantes en su nave. Aquel episodio de la unidad que no se produjo fue la mejor campaña nacional de Ciudadanos, que supo pescar en el desencanto de muchos militantes de UPyD para comenzar su crecimiento aunque sea a costa de no tener los mejores filtros que impidan la entrada de indeseables en sus filas.

Pero Ciudadanos sube, como la espuma, y Podemos desciende hasta el fondo de sus expectativas preguntándose dónde, cómo y por qué está fallando para no poder captar algo que antes tenía sin preguntar: la ilusión de los desencantados. Estos  desencantados también han mutado hacia otro color que les ofrece, quizá, un mensaje más creíble.

Félix-Ángel Carreras Álvarez

@fcarreras68