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Otras opiniones

El Escorpión

Febrero 13, 2010

 
Me cautiva, me embelesa, me posee, me envenena… así es El Escorpión.

Tendida sobre la cama, completamente desnuda, en la soledad de mi alcoba, de mi cueva, perlada en sudor. Soy como el animal que espera ser poseido. Abandono cualquier tipo de raciocinio…me dejo llevar por mis instintos.

 
                                                                                                       ¿Dónde estás…?
 
Susurro entre las cuatro paredes que me rodean.
 
Mi mano es cálida, intenta hacer el trabajo del Escorpión, pero es imposible. Sólo aviva más mi deseo. No sacia mi sed, la potencia.
 
Necesito mi dosis. El veneno que me da la vida, la sal que me quita la sed. Es infinitamente peor que una droga.
 
Ahí está, me observa desde el marco de la puerta. La luz es suficiente para distinguir su silueta. Ya lo puedo oler…sentir…
 
Lentamente se acerca al borde de la cama. Yo estoy quieta, ni un movimiento, sólo contemplo los suyos.
Me incorporo, y me aproximo a él. Nuestras bocas se buscan desesperadamente, no nos besamos, sólo nos aproximamos. Siento su aliento, su respiración agitada, no más que la mía. Únicamente un albornoz cubre su cuerpo. Es cuestión de soltar el lazo que rodea su cintura. Ambos desnudos, el escenario se acerca a la perfección, no hace falta nada más para tocar la felicidad por unos instantes, puedo sentirla en las yemas de los dedos.
 
Ahora estoy de rodillas, frente a él. Sobre la cama. Mi lengua y su lengua se unen, una busca a la otra…una serie de besos encadenados. Es inexplicable la excitación que sentimos en ese momento, cada beso, cada caricia es una sensación nueva y la imperfección del lenguaje me impide describirlo.
 
¿Sientes lo mismo que yo?
 
Me pregunta entre jadeos. Yo le respondo con un beso. Besos feroces, ansiosos… en ocasiones desearía atrapar su esencia en un frasco de cristal para poder apagar la angustia de su ausencia.
 
Sus dos manos, explorador de mis montes. Es tal el sentimiento que puedo notar su aguijón aproximándose. Mis uñas se clavan en su espalda, nuestras miradas se cruzan, y nos abrazamos mientras él besa mi espalda. Intento recorrer su cuello buscando la esencia, allí donde late más fuerte. Estamos ardiendo, la temperatura de nuestro cuerpo asciende poco a poco. Somos como dos arácnidos que se esconden en su cueva, alejándose del mundo, adentrándose en el suyo propio.
 
Cierro los ojos y le siento sobre mí, el peso de su cuerpo, su torso masculino oprime mi pecho. Está a punto de clavar su aguijón. No puedo evitar lanzar al aire un grito desesperado cuando al fin penetra mi ser. Mis manos toman el cabecero de la cama, apretando con fuerza… deseo que me bese, que no cese, que me posea por completo. Nuestras respiraciones cada vez más profundas, una gota de sudor resbala por su frente y termina sobre una de mis mejillas; él lame su jugo, prueba mi piel.
Ahí estamos, entre esas cuatro paredes, testigos del amor carnal, del darse todo, del perder la vida en un instante y recuperarla con más fortaleza.
 
El Escorpión expulsa su veneno dentro de mí. Soy una vez más su presa. Su presa que corresponde fiel, un escalofrío recorre mi cuerpo, seguido de espasmos, uno detrás de otro, mis músculos agarrotados…un grito ahogado, no puedo apenas respirar. Penetra en mí por última vez profundamente y se desploma sobre mi pecho.
Así permanecemos unos segundos, unos minutos, unas horas…nunca es suficiente.
Es la máxima dicha. Pero el deseo nunca se acaba, el veneno se renueva, la necesidad aumenta. Es una función exponencial que se eleva a infinito.
 
Me cautiva. Me embelesa. Me posee. Me envenena…Me quiere. Así es El Escorpión.