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Otras opiniones

El destino

Noviembre 9, 2010

¿El destino se hace o se nace con él?
Conocí a Julio Antonio López aproximadamente hace un año en una cena de amigos. Me lo presentaron como el astrólogo de la revista Más allá y el mejor vidente del país. De forma distendida le pedí amablemente que me echara las cartas del tarot. A decir verdad yo nunca había creído en esas cosas pues siempre las he relacionado con gente inculta e insegura que se refugia en un futuro de ilusiones para no vivir un desafortunado presente.
          Un hombre del pasado se vuelve a cruzar en tu vida y no tendrás escapatoria.
Al día siguiente de regreso a mi despacho decidí tomar una café en Embassy cuando inesperadamente escuché una voz muy familiar que me llamaba por mi nombre:
          ¿Eloísa…?.
Por unos instantes reflexioné sobre si debía darme la vuelta o no. Conocía perfectamente el tono grave y masculino de esa voz inconfundible pero no quería creer que después de diez años fuese a escuchar otra vez mi nombre proveniente de su boca. Era él, Juan Pedro.
Era el año 2001 cuando mi corazón se derrumbó a la par que las Torres Gemelas. Según Nostradamus el fin del Mundo tendría lugar en ese año y desde luego conmigo no se equivocó. Mi maravilloso mundo finalizó para siempre en septiembre del año 2001 al mismo tiempo que mis pronósticos de boda con Juan Pedro,  la casa de mis sueños y de los niños monísimos que íbamos a tener antes de que yo cumpliera los treinta.
Mis sueños se desvanecieron el día que una esposa en las formas, que no en el fondo, decidió hacer chantaje a un hombre utilizando como escudo a tres niños pequeños que pusieron a su padre en una encrucijada vital de imposible solución.
No hace falta fallecer físicamente para morir, sólo es necesario que muera la ilusión y que se instale en tu alma la pena y la nostalgia de lo que pudo haber sido y no fue. No hay peor muerte que morir asfixiado y ahogado por tus propias lágrimas. Existe una canción de Víctor Manuel cuya letra viene a decir “A donde fueron aquellos besos que no se dieron” y durante diez años la he escuchado reconfortándome en la creencia de que se han ido al Universo en forma de energía reciclable para que alguien los pudiese utilizar cuando fuese la ocasión.
¿Se puede querer tantísimo a alguien? ¿Se puede morir de amor?
La década de mis treinta comenzó y finalizó a solas con tristes amagos de encontrar simulacros al que fuese el amor de mi vida. Todo pasaba por encontrar similitudes en una mirada, en los gestos, la manera de reír, su forma de vestir… Sin embargo de vuelta a la realidad y en mi aceptada solteronería me resistía profundamente a que aquellos flirteos sin importancia pudiesen adquirir tintes de seriedad, y mucho menos que algún inocente quisiera repetir aquellas proposiciones un día vírgenes pronunciadas hacía una década.
          Hola  Juan Pedro ¿Cómo estás?
Quise salir corriendo pero mis piernas no respondían las órdenes de mi cerebro. Mientras tanto, miles de escenas olvidadas hacían cola para salir de mi mente y revivir una mezcolanza extraña de escenarios formados por recuerdos, olores, sabores, abrazos y besos. En un instante el Mundo se paralizó para dejarnos solos en aquel teatro sin público y sin otro guión improvisado que el que sugería el momento.
Ahí comenzó el Destino que mi querido y sabio Julio me pronosticó acertadamente en sus cartas. A partir de ese día y en pocos meses comencé a coincidir con Juan Pedro por los sitios más inusuales; en la oficina de una traductor de persa; en el bar de la esquina de mi despacho, en la Ciudad de la Imagen a la salida de un programa televisivo, en el auditorio….Les puedo jurar bajo la promesa que mi profesión de abogada me permite que si en diez años no lo encontré nunca en seis meses el azar nos hacía los encontradizos hasta hartarnos…
Justo  ayer recibí un sms en mi BB con el siguiente tenor: Juan Pedro se ha divorciado ¿me das otra oportunidad?
Y… ¿Ahora qué hago? Me pregunto yo. Sigo las señales que me marca el Destino o decido no hacerle caso y cerrarle la puerta. ¿Y si aún así todo me lleva indefectiblemente a él? Y qué más da si el presente ya es el porvenir y el olvido. Viviré la vida sin darle tantas vueltas a pensamientos que no me resuelven nada y siguiendo el camino que me marca el corazón.
El Destino no sé si será válido para guiar mi futuro pero yo cuento con tipex para borrar lo que no me guste llegado el momento.



Teresa Bueyes